La siesta

Manuel Alonso

Era, sin duda, su espacio predilecto, un oasis de tranquilidad dentro de una tregua de paz. Su casa de campo era su refugio cada fin de semana. No era muy grande, mas era magnífica, plena de árboles. Una amplia grana cuidadosamente mantenida, con flores y circundada por un discreto río.

Pero era su hamaca la que le proporcionaba un momento solaz como ningún otro. Colgada entre dos corpulentos álamos de generosa sombra, casi a la orilla del riachuelo de suave corriente que hacía las veces de arrullo. Lo acompañaban su libro, una botella de agua, gafas oscuras, unas cómodas chanclas abiertas y sus pensamientos, como un ritual.

Era su tiempo y su espacio. Nadie se atrevía a interrumpirlo. A pesar de que era un devorador de libros, estando en su refugio, apenas alcanzaba a terminar una página cuando caía en un profundo y reparador sueño. Era su siesta. Una siesta milagrosa, pues era increíble la forma en que se recuperaba de sus largas e intensas jornadas de trabajo. La recuerdo desde siempre. Siendo pequeños, después de comer, escogía a uno de sus cuatro hijos y nos invitaba a tomar la siesta. Todos estábamos por debajo de los diez años y para nosotros no era un momento agradable; sin embargo, él no nos dejaba escapar. Nos apresaba entre sus brazos y pretendía que así nos mantuviéramos los 30 minutos que le proporcionaban un cálido reposo.

Recuerdo, que ya en mis tiempos de adolescente, durante las vacaciones de verano, nos llevaba a mi hermano y a mí a trabajar con él. Íbamos a la comida corrida del Sanborns, que costaba solo 12.50 pesos (un dólar). Terminando, nos mandaba al cuarto oscuro de fotografía a aprender a revelar y, si por algún motivo los buscábamos, su secretaria nos decía que estaba ocupado.

Después descubrimos que tenía un closet secreto con un diván donde tomaba su siesta restauradora. Pocos lo sabíamos, pero era muy fácil reconocer cuándo no la había tomado: su humor lo delataba: se volvía poco tolerante y huraño.

Su éxito y su reputación profesional le merecieron ocupar un alto puesto directivo en una multinacional. Ganaba muy bien, aunque las exigencias eran proporcionales. Salía a las 7:30 a.m. de la casa y volvía pasadas las 10 de la noche. Para entonces, los hermanos cursábamos ya la universidad. Como nos veía poco, nos invitaba con frecuencia a comer cerca de su oficina.

En una ocasión, me llevó a conocer su despacho. Estaba en el último piso de un moderno edificio en Avenida Insurgentes Sur. Los privados eran enormes, con ventanales de piso a techo que los iluminaban bien y le brindaban una increíble vista de la ciudad. Pasamos varios cubículos, separados por cristales que permitían ver el contenido de cada uno, y me sorprendí cuando llegué al de mi padre que era notablemente más pequeño que el resto.

Me sentí un poco frustrado; pensé que quizá no era tan importante como me lo imaginaba. Desde luego que le pregunté el porqué de la diferencia. Me contestó con una sonrisa: “Es que yo lo pedí con closet”, y me cerró el ojo.

Esa noche cenamos juntos en casa y me confesó que le había llamado la atención que le pusiera tanto significado a su privado. Y me habló:

“En este país, la gente cree que el éxito se mide por el largo de su coche o por la dimensión de su oficina. No te fijes en eso; sí, desde luego que nos gusta y nos alimenta la vanidad, pero nada tiene que ver con la realización de una persona. Lo más importante es que, en la búsqueda del éxito, nunca traiciones tus valores, a tu familia, a tus amigos, a quien te dé trabajo. No te confundas. Nunca hagas cosas que no te dejen dormir. Incluso la siesta”.

Años después, en nuestra comida navideña (que tenía como sede la casa de campo), llegué tarde y encontré a la familia en la sobremesa. No vi a mi padre; le quería dar un abrazo y entregarle su regalo, pero estaba ya en su típica siesta. Mi madre, contra lo acostumbrado, me dijo que se lo llevara, pues su siesta ya había durado más de lo común.