La pulsera

Miriam G.

—¡Bueno, chicos! Que tengáis un feliz verano y ¡nos vemos en setiembre! —dijo Ana, la tutora de tercero B después de habernos hecho, como cada año, la foto de grupo.

—¡Buah! Creo que he salido con los ojos cerrados —protestó Carla haciendo una mueca.

—No te preocupes; seguro que en la del curso que viene sales perfecta —le aseguré riendo mientras recogía mi mochila.

—Perfecta no sé, pero más alta que tú seguro, ¡enana! —Le saqué la lengua como respuesta; Carla había crecido mucho, pero yo tenía la esperanza de atraparla en unos meses—. Va, date prisa, que tenemos que comprar los globos de agua para la guerra de esta tarde. Deberíamos llenarlos en casa y meterlos en una bolsa de plástico, porque después se forma cola en la fuente, y así tendremos ventaja. —Ella era así: práctica.

Las dos éramos vecinas y mejores amigas desde el parvulario; cada tarde, después de merendar, bajábamos a la plaza a jugar, a veces con otros amigos del barrio; otras veces, las dos solas. Muchas tardes de invierno, nos repanchingábamos en el sofá bajo la manta y mirábamos los dibujos animados, zampándonos la merienda. En clase no nos dejaban sentarnos juntas porque la «seño» nos decía que no nos callábamos ni bajo el agua. Aun así, nos mandábamos notas sin que nos pillaran (casi nunca). Ese día, yo estaba un poco triste porque en verano no coincidiríamos: yo me iba al día siguiente al pueblo con mis abuelos y, para cuando volviera, ella estaría en un camping de la playa con sus padres. Aunque nos habíamos prometido enviarnos cartas y contarnos lo que estábamos haciendo. Carla, en cambio, estaba pletórica.

En la tienda donde habíamos comprado los globos de agua y algunas «chuches», también compramos un par de pulseras de cuerda con nuestras iniciales «C» y «M», y nos las intercambiamos en señal de nuestra amistad.

Esa tarde terminamos todos empapados y con el estómago dolorido de comer dulces y de reír. A la hora de despedirnos, se me hizo un nudo en el estómago:

—Pásalo muy bien en la playa y envíame alguna postal del mar —le pedí intentando sonar  despreocupada.

—¡Claro que sí, enana! Y tú escríbeme explicando cosas del pueblo, y no me cambies por tus amigos de allí, ¿eh? —Me abrazó fuerte, dándome a entender que a ella también le entristecía la despedida.

Las vacaciones pasaron rápido, como siempre, entre amigos del pueblo, cuadernos Santillana, la fiesta mayor, el olor a Aftersun y las cartas de Carla.

Cuando volví a casa, en cambio, el tiempo se ralentizó. No era lo mismo sin ella; seguía

jugando en la plaza con los amigos del barrio, pero me faltaba mi mitad.

Una tarde, cuando ya faltaba poco para la vuelta al colegio, bajé a la plaza con un libro para leer bajo la sombra de los árboles, y allí estaba Carla: sentada en el banco, con sus rizos recogidos en una coleta y un vestido blanco en contraste con su morena piel. Nos miramos y corrimos la una hacia la otra:

—¡No me habías dicho que llegabas hoy! Y mírate, ¡qué morena estás!

—Y tú ya no eres tan enana. Oye, me están esperando mis padres, tengo que irme. Pero quería despedirme de ti.

—¿Cómo? ¡Pero si acabas de llegar! —Carla ya se había levantado, mirándome con una expresión que no supe descifrar. Me dio un abrazo y me dijo—: Adiós, cuídate mucho y recuerda que siempre serás mi mejor amiga. —Tocó mi pulsera con su inicial y luego la suya, y corrió hasta desaparecer tras la esquina del primer edificio. Me quedé pasmada.

No habían pasado ni dos segundos cuando mi madre me llamó desde el balcón para que subiera a casa. Yo entendía nada. ¿Por qué estaba así de rara Carla?

Cuando llegué a casa, mi madre tenía los ojos llorosos.

—Cielo, Carla y sus padres han tenido un accidente de tráfico volviendo de la playa. —Se le quebró la voz.

—Pero no llores, mamá, están bien; acabo de hablar con ella.

—Cariño, Carla ha muerto. —Me abrazó mientras me consolaba y yo lloraba sin comprender. Y no lo logré hasta mucho tiempo después. A día de hoy sigo guardando la pulsera con su inicial como el mayor de mis tesoros.