La otra

Ana Efigenia

Estaba parada delante del espejo. Un espejo que llevaba veinte años en mi habitación, colgado de la pared. Nunca lo había temido. Mantenía los ojos cerrados porque el miedo me impedía abrirlos. Ya no era la misma persona, aunque me lo repitieran una y otra vez, no era la misma persona (ni por fuera, ni por dentro). 

Había pasado mucho tiempo preparándome para afrontar el momento. No me sirvió de nada. Permanecí delante del espejo con los ojos cerrados más de veinte minutos. Después… Sin mirarme, me marché. 

Me senté en la cama y acabé de vestirme. Fui al espejo otra vez. Di varias vueltas sobre mí misma para observar cómo me quedaban las prendas. Me acerqué a este hasta que distorsioné el reflejo a causa del vaho que exhalaban mis fosas nasales. Me retiré un poco para que se evaporara la condensación que salía de mi interior. Cuando el espejo recuperó la nitidez, me acerqué de nuevo para comprobar que el rímel que me había aplicado en las pestañas, había teñido mis párpados, como de costumbre. Cogí un bastoncillo y me froté con este hasta que eliminé su rastro en mi piel. 

El día pasó. Era de noche cuando llegué a casa. Me quité las deportivas en la entrada, las coloqué en el zapatero, cogí los calcetines con suela de goma que guardaba allí, y me los calcé. No me senté para hacerlo. Intenté guardar el equilibrio y lo logré con el pie izquierdo. Hice una demostración de cómo podía dar saltos sobre un mismo sitio, a la pata coja, hasta que lo conseguí. El del pie derecho, no pude, me sujeté en la pared. 

Entré en la cocina para beber agua. Dejé correr el grifo un par de segundos y busqué mi vaso favorito. Siempre que podía lo usaba.

Cuando calmé la sed, subí las escaleras que me llevaban a la segunda planta. Fui directa a mi habitación, me senté en el banco que tengo al pie de la cama y me fui quitando prendas hasta quedarme en ropa interior. Al sentir que se me estaba excitando la respiración, intenté calmarme realizando los ejercicios que usábamos en yoga. Taponé mi fosa nasal izquierda e inhalé por la derecha, a continuación, taponé la derecha y exhalé por la izquierda. Repetí el ejercicio veinte veces, y cuando me encontraba más relajada, lo dejé de practicar. 

Escuché la puerta principal, la que da a la calle, no me hizo falta mirar el reloj, sabía que era la hora habitual a la que llegaba mi pareja. Presté atención a sus movimientos y adiviné cada paso que dio hasta llegar a donde estaba yo. Sonrió al verme, le sonreí. Se acercó hasta que pudo tocarme y me besó en los labios. Me gustó, siempre me gustaba. Se sentó, arrastró el trasero por el banco hasta que se situó detrás de mí y me susurró en el oído: «Eres preciosa», dijo. Se levantó, se dirigió a la parte del armario donde guardaba su ropa, y se cambió mientras canturreaba algo inentendible. Amaba oírlo.

Me incorporé. Centré mi cuerpo en el espejo y comencé la respiración yóguica. Cerré los ojos. 

Estaba de nuevo en el mismo sitio donde había comenzado el día. Esperando. Igual que todos los días de las semanas anteriores.

Me quité el sujetador y abrí los ojos a la vez que giraba la cabeza y me enfrentaba al rostro de mi chico. Me observaba. No se mostraba triste, ni extrañado, ni contrariado… Solo me miraba… Igual que siempre. Respiré hondo y cerré los ojos. Posicioné la cabeza hacia el centro del espejo… y por fin me miré. Lo había conseguido. Y no, no era la misma (ni por fuera, ni por dentro). 

Las lágrimas surcaron mis mejillas. Desvié la mirada de nuevo para encontrarme con los ojos que me contemplaban. Ahí estaba su templanza… y su amor. Volví a mirarme y fijé la vista en el hueco de mi seno ausente. Tenía una cicatriz que cruzaba por mi pecho desde la axila hasta el diafragma. Lloré, lloré. Pero me miré. Ya siempre me miro.