La nota mágica

Roberto Vega

La Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Música de Madrid bulle con la expectación que solo despiertan las grandes ocasiones. En uno de los pasillos adyacente al escenario principal, aspiro hondo: el perfume de mi mujer Laura, y el olor a caramelo de nuestra pequeña Carmen, todavía revolotean en el ambiente. 

Me acaricio las palmas de las manos y siento el suave tacto de las yemas de los dedos. Las noto cálidas después de los ejercicios de calentamiento, pero no sudan; la excitación que siento cada vez que piso un escenario, hace tiempo paralizante, es solo un leve cosquilleo en la base del estómago. También eso ha requerido un duro entrenamiento.

Una joven de voz agradable me anuncia que quedan cinco minutos para que el concierto de comienzo. Desde el coro, escucho el eco de las pisadas de mis compañeros mientras ocupan sus posiciones.

Me gusta disfrutar de este tiempo; unos instantes en los que intento relajar la mente y dejar que mi atención se centre en el suave balanceo del pecho al respirar. Pero en esta ocasión, como una falla de mi inquebrantable disciplina, un escurridizo recuerdo emerge del pasado y me traslada a una de mis primeras clases de piano, cuando apenas era un niño de cinco años.

La temperatura en la sala de ensayo era agradable: los rayos del sol acariciaban mis brazos desnudos, y un familiar aroma a lavanda, muy parecido al que desprendía siempre la casa de mi abuela, lo impregnaba todo a mi alrededor. 

Recuerdo que estaba algo asustado. Todavía podía sentir el suave tacto de los labios de mi madre en la mejilla al despedirse. «Eres muy valiente», —me había susurrado.

Pero yo no me consideraba un valiente, y no quería estar allí.

—Guillermo, ¿has escuchado algo de lo que acabo de decirte? —me preguntó la señora Baulanger, la profesora de piano, sentada a mi lado—. Intenta prestar más atención. Venga, repite conmigo.

—No quiero estar aquí —susurré, y me arrepentí al instante.

La mujer guardó unos segundos de silencio, buscó mis manos y las apretó con suavidad.

—Cuando tenía tu edad, pensaba que las personas como nosotros, los que no podemos ver como lo hace el resto de la gente, no podían llegar a ser pianistas. Al menos, no como lo eran los grandes músicos a los que yo tanto admiraba. Me resistí durante mucho tiempo: no creía, no confiaba; hasta que un día, después de muchas horas de trabajo, encontré la nota mágica.

—¿La nota mágica?

—Sí, la nota mágica. Bueno, en realidad son muchas, pero hasta que no ves la primera, no puedes ver el resto.

—Eso no puede ser, las notas musicales no pueden verse. 

—No exactamente. Estas notas son especiales; no solo se escuchan, también te permiten ver, por eso son mágicas. Pero, recuerda, hasta que no encuentres la primera, no podrás encontrar las demás.

La joven de voz agradable toma mi brazo. Doy un ligero respingo, el recuerdo lejano de mi niñez se desvanece por completo, y mi atención regresa a la realidad.

—Espero no haberle asustado.

—Estoy acostumbrado—digo, e intento componer una expresión divertida—. ¿Cómo te llamas?

—Marga.

—Bien, Marga, estoy en tus manos.

—Pues, adelante —repone ella. Su voz suena firme y risueña. 

 Me siento en la butaca dispuesta frente al piano de cola que hay colocado en mitad del escenario, reposo los dedos sobre las teclas y aspiro suave, el silencio es absoluto. Los primeros acordes comienzan a acariciar las descomunales paredes que arropan la gran sala. La acústica es perfecta: sobria, majestuosa, envolvente. Un escalofrío perfora mis falanges, atraviesa mi cuerpo y, de súbito, el aire a mi alrededor me parece más denso. 

Levanto la mirada. 

Donde un instante antes sólo había oscuridad, una extraña lluvia de color dorado comienza a dar forma a todo lo que hay a mi alrededor. 

«Oh, Dios, cuánta belleza».

Veo las enormes lámparas con forma de platillo volante que cuelgan del techo; sobre el escenario, en escrupuloso orden, contemplo a mis compañeros envueltos en sus elegantes trajes mientras sostienen con dulzura los instrumentos que tocan; en el patio de butacas, y en las tribunas del segundo piso, compruebo cómo miles de personas observan atentas. 

Detengo mi atención sobre la bella comisura que dibujan los labios de Laura, está especialmente hermosa. Sentada a su lado, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, la pequeña figura de Carmen me observa con un destello de admiración.

Cierro los ojos y, rodeado una vez más de una magia que de niño sólo pude imaginar, me siento un hombre afortunado.