La llave | Roberto Vega
La judería estaba desierta a esa hora de la tarde. Leila seguía a Javier por un laberinto de estrechos callejones y pequeñas plazuelas mientras observaba la figura del joven. «Es guapo», había pensado nada más conocerlo hacía apenas una hora. La claridad de la tarde se estaba escapando, y las farolas comenzaron a encenderse, lo que permitió a la joven contemplar las desconchadas fachadas de las casas que discurrían a su paso. Se detuvieron frente a una vieja casa que parecía en ruinas.
—Adelante. —Javier acompañó la orden con una agradable expresión en su mirada—. Mi familia ha dado su consentimiento; bueno, al menos los que deben hacerlo.
Leila acarició la llave que llevaba en su bolso, la extrajo y observó las suaves aristas: estaban desgastadas; el paso de los siglos había pulido su contorno con esmero. Levantó la mirada y contempló la cuarteada madera de la puerta que tenía ante sí: dedujo que hacía mucho tiempo que en aquella casa no vivía nadie.
Introdujo la llave en la cerradura y esperó un instante. Un leve chasquido resonó al girarla, y la puerta se abrió ante la atónita mirada de ambos jóvenes.
—Entonces… todo era cierto —dijo ella en un susurro. Javier, inmóvil a varios pasos de distancia, permaneció en silencio. Los goznes chirriaron de forma escandalosa debido a la herrumbre acumulada con el paso de los años, y Leila entró en el interior, agachándose para evitar una enorme telaraña que cubría parte de la entrada. En el interior no había nada. Aquella casa era como un caparazón: cuatro paredes y un tejado que a duras penas se mantenían en pie. Recorrió la estancia rodeada de pequeñas motas de polvo en suspensión, y un olor a madera descompuesta y a tierra mojada que lo impregnaba todo. Después de unos minutos volvió a salir—. Más de dos meses de investigaciones para llegar hasta aquí, y tengo la sensación de que mi viaje no ha merecido la pena —se lamentó, al tiempo que cerraba la quejumbrosa puerta y guardaba la llave en su bolso.
El joven no contestó inmediatamente; cuando lo hizo, había una extraña intensidad en su mirada.
—Me gustaría que me acompañaras. —Al observar la expresión de sorpresa de Leila, trató de explicarse—: es mi abuelo; él ya es mayor y no podía acompañarnos, pero me pidió que, si la llave que portabas abría la puerta, quería conocerte.
Mientras deshacían el recorrido que unos minutos antes los había conducido al corazón de la pequeña ciudad aragonesa, la joven no dejaba de pensar en aquel extraño viaje. Recordó a su abuela: sus manos suaves y su mirada limpia, recostada en la cama de la clínica la tarde en que todo comenzó.
—Ven cariño, quiero que hablemos —le había dicho la anciana con una voz débil, pero que todavía mantenía la firmeza que siempre la había caracterizado.
—Abuela, los médicos han dicho que tienes que descansar.
—Deja a esos matarifes. Debo contarte algo, y ya casi no me queda tiempo. —La anciana acompañó sus palabras con un leve apretón de su mano—. Lo que voy a contarte me fue transmitido por mi abuela, igual que a ella le fue trasmitido por la suya, y así hasta recorrer varias generaciones vividas por mujeres de nuestra familia.
La mirada de su abuela se perdió a través del enorme ventanal que iluminaba la habitación y, antes de que Leila pudiera contestar, un torrente de palabras —las cuales habían permanecido ocultas durante décadas—, salió incontenible del interior de la mujer:
—Rápido, Haraf, dicen que los Reyes ya han firmado el Decreto de Expulsión. Todo judío que no se convierta debe abandonar el país o será detenido por los soldados. Debemos recoger todo esto; apenas hay tiempo. Un barco que parte del puerto de Valencia en menos de una semana nos llevará hasta Sicilia. Mi padre lo ha arreglado todo; conoce al capitán y hay un sitio para ti, pero debemos darnos prisa. Mi familia nos está esperando para partir.
Haraf no dijo nada; permaneció inmóvil, de espaldas a la puerta, observando a través del pequeño ventanuco que daba acceso a la calle por la que había llegado Miriam.
—¿Haraf? —insistió la muchacha.
—Lo siento, Miriam, no puedo irme contigo.
—Pero, Haraf, ¿qué estás diciendo? no podemos quedarnos aquí; en este lugar solo nos espera la ruina, o la muerte, o ambas cosas. Todo está preparado; cuando lleguemos a Sicilia, mi padre nos llevará al norte de Italia, donde tiene amigos. Podemos empezar una nueva vida los dos. Juntos.
Haraf se volvió, y miró a Miriam, quien dio un paso inconscientemente hacia atrás. En la mirada del joven había pena, pero también determinación.
—Lo siento, Miriam, no puedo ir con vosotros. Aquí está mi casa, un patrimonio construido con sudor y esfuerzo durante generaciones por mis antepasados; no puedo hacerles eso a mis padres.
—Tus padres están muertos, Haraf, que Dios los tenga en su gloria. —Miriam apenas podía disimular su desesperación—. Y yo no quiero perderte; te amo.
—Yo también te amo —dijo Haraf mientras se acercaba y rodeaba a Miriam con sus brazos—. Pero debemos ser fuertes. Yo no puedo abandonar todo esto; sería una tragedia y una traición. Lo tengo todo pensado. —La voz del joven sonaba desesperada por convencerla—. Si, transcurrido un tiempo, todo se calma, iré a buscarte, me casaré contigo y podremos formar un hogar aquí, en nuestro amado Aragón. Si por el contrario la expulsión es definitiva y se cumple el Decreto, abandonaré esta tierra para siempre, y me iré contigo a donde quiera que estés.
La joven se separó lentamente, negando con la cabeza mientras un torrente de lágrimas inundaba sus mejillas. Conocía a Haraf: era leal; sabía que cumpliría lo que había dicho, aunque la vida le fuera en ello, pero también sabía que nada lo haría cambiar de opinión. Metió la mano en el bolsillo de su falda y extrajo dos llaves idénticas, unidas por un cordón.
—Toma —dijo Miriam resignada, separando una de las llaves—, son de mi casa. Mi padre me ha pedido que las arroje al río. No quiere volver a saber nada de este lugar, pero yo no puedo hacerlo. Siempre las llevaré conmigo: este siempre será nuestro hogar.
Miriam entregó la llave a Haraf y salió corriendo de la casa.
—Espérame, Miriam, espérame, te buscaré donde quiera que estés —le aseguró desesperado Haraf, viendo cómo Miriam desaparecía en la oscuridad de la noche.
Leila no podía apartar la mirada de su abuela, que parecía exhausta después del relato. Sin embargo, la anciana, llevada por una extraña fuerza, como quien tiene algo que hacer y le va la vida en ello, continuó hablando.
—El barco que llevó a Miriam a Sicilia naufragó; de su familia, solo ella se salvó. Sin embargo, el encuentro con Haraf nunca llegó a producirse. Fue acogida por la familia del amigo de su padre, y tiempo después supo por unos conocidos que Haraf había sido detenido y encarcelado, pero que, probablemente, había muerto en su cautiverio porque nunca más se supo de él.
»Miriam cumplió su palabra; lo esperó durante años. Pero el paso del tiempo convenció a la joven de que nunca volvería a verlo y, finalmente, decidió rehacer su vida. Era joven, hermosa, y tuvo una vida plena. Se casó y tuvo hijos, pero ella nunca olvidó la mirada de lealtad que desprendían los hermosos ojos negros de Haraf el día que se habían despedido. Siempre lo llevó en su corazón, porque un mismo corazón puede albergar muchos amores diferentes. Y, al igual que ahora yo estoy haciendo contigo, entregó esta llave a una de sus descendientes y le contó la historia que yo acabo de contarte.
La abuela de Leila sacó una vieja llave de metal de debajo de su almohada y se la entregó, cerró los ojos y se quedó profundamente dormida.
—Es aquí. ¿Te encuentras bien?
La voz de Javier sacó a Leila de sus recuerdos.
—¿Eh? Sí, disculpa… es que, bueno, pensaba en mi abuela. Hace poco que falleció y este viaje no deja de recordármela —reconoció, sintiendo cómo le ardían las mejillas ante la intensa mirada del joven.
La casa del abuelo de Javier era modesta. El anciano vivía solo y, a juzgar por su expresión risueña al verlos entrar, no debía recibir demasiadas visitas.
—Vaya, no esperaba veros a estas horas —dijo el anciano al tiempo que invitaba a la joven a que tomara asiento y le ofrecía una humeante taza de café recién hecho.
—Discúlpame, abuelo. El tren de Leila sale en menos de dos horas; no tenemos mucho tiempo y, como me pediste que….
—Bien, bien —lo interrumpió su abuelo—, no perdamos más tiempo, pues. Leila, discúlpame, ¿me permitirías verla?
La joven depositó la llave sobre una mesa dispuesta enfrente de ambos. Él la miró, introdujo la mano en el bolsillo de su bata, extrajo una segunda llave; la colocó al lado de la otra. Eran idénticas.
—Bien, Leila, como ves, son una copia —asintió el anciano ante la expresión atónita de los dos jóvenes—. Mi llave tiene una historia; supongo que la tuya también.
Leila siempre había considerado el relato de su abuela como algo familiar, íntimo. Sin embargo, sentada frente a aquel hombre, en una ciudad tan lejana y cercana a la vez, sintió una irrefrenable necesidad de contar su historia. Intentó ser fiel a las palabras de su abuela y, al finalizar, una agradable sensación de liberación la recorrió. El anciano dejó, entonces, su taza de café sobre la mesa, meditó durante un instante, y su voz comenzó a sonar con un ligero tono de emoción.
—Haraf fue detenido, pero no murió en prisión. Después de varios meses de cautiverio, le permitieron salir. Cuando regresó a la casa de sus padres, esta, al igual que la casa que había pertenecido a la familia de Miriam, había sido vendida y nuevos propietarios vivían en su interior.
»No tenía nada: ni un lugar donde vivir, ni dinero, ni propiedades, pero él nunca olvidó la promesa que había hecho a Miriam. Decidió ir a Sicilia con la esperanza de encontrar algún dato que lo llevara hasta ella. En el camino trabajó en todo lo que le salió al paso; su objetivo era conseguir el dinero suficiente para costearse el barco que debía tomar en el puerto de Valencia. Y lo consiguió. Un día desembarcó en el puerto de Sicilia. Estaba feliz: se sentía cada vez más cerca de Miriam, lo cual le daba fuerza.
»Sin embargo, la más absoluta desolación lo zarandeó cuando se enteró de qué había sido del barco en el que se había enrolado meses atrás la familia de Miriam. Había habido supervivientes, pocos, pero nadie sabía de ellos, ni tampoco conocían a la joven que Haraf, obstinado, describía con infinita desolación a todos los que habían sido testigos del naufragio. Nunca la encontró.
»Pasaron muchos años hasta que Haraf consiguió perdonarse. Después de ese tiempo, como una llamada interior que no puede ser ignorada, regresó al lugar donde había prometido a Miriam una vida juntos y adquirió la vieja casa de los padres de la joven. Pasó el tiempo y, ya anciano, a punto de morir, en un delirio casi inconsciente, como un presentimiento que va más allá de la razón, hizo prometer a sus descendientes que esa casa jamás sería vendida, y que solo podría ser entregada a aquella persona que portara la llave que abriera la puerta de entrada. Porque Haraf, en la completa locura que lo invadió al final de sus días, siempre sintió que Miriam, su amada Miriam, un día regresaría a su lado. El silencio en la pequeña sala era absoluto. Leila observó rozarse las dos llaves juntas , y un escalofrío le recorrió la piel. Todo estaba dicho; el anciano le entregó ambas llaves a la joven, así como las escrituras de la vieja casa que había visitado por primera vez hacía unos minutos—: Es tuya. Te pertenece como descendiente de Miriam; no necesito más pruebas que esa llave, y tu historia de su familia —sentenció.
Leila salió de la casa, acompañada por Javier, y ambos se despidieron del anciano, quien parecía satisfecho.
—Vaya historia, ¿verdad? —concluyó Javier rompiendo el silencio—. Parece que al final tu viaje sí ha merecido la pena.
—Sí —contestó ella algo ausente, mirando el reloj.
—Todavía tienes tiempo antes de que el tren salga —observó él con una sonrisa—, ¿te apetece tomar otro café?
Leila observó los grandes ojos negros de Javier; su piel morena parecía brillar con la oscuridad de la noche que los envolvía.
—Sí —aceptó ella, y al hacerlo, sintió el suave tacto de las dos llaves en su bolsillo.
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