La libertad de Sísifo

Vicente Nadal

Lo que queremos no es la libertad, sino sus apariencias. Es por estos simulacros que el hombre siempre ha luchado. Y como la libertad, como se ha dicho, no es más que una sensación, ¿qué diferencia hay entre ser libres y creer que somos libres?

(Emil Cioran, 1911).

 

 

Marina Encarnación, de 51 años, dejó de estudiar cuando era muy joven. Apenas sabía leer, escribir y las cuatro reglas de matemáticas, aunque su inteligencia natural le sirvió para ganarse el pan de sus tres hijos y para crear un ambiente doméstico más que aceptable.

 

Su pareja, Antonio José, falleció a poco de haber nacido el tercero. Trabajaba de peón encofrador; en aquellos años había mucha oferta laboral dentro del sector de la construcción. Aun siendo su contrato del tipo básico, cobraba un buen sueldo por el riesgo que le suponía preparar los encofrados en los límites perimetrales del edificio. Una tarde, a punto de acabar su jornada, se propuso dejar listo el último “cajón” para que la cuba lo llenase de hormigón a primera hora. Sin la sujeción preceptiva y apretando la última cincha, Antonio resbaló sobre su pie izquierdo y se precipitó desde el sexto piso. El impacto produjo su muerte instantánea.

 

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Nadie mejor que Marina Encarnación puede explicar el sentimiento de derrota y de si la vida vale (o no) la pena de ser vivida. Este sentir profundo la invadió durante los primeros años de viudez con los tres hijos pequeños y sin familiares de apoyo.

 

Gran parte de su valentía estaba fundada en la esperanza en el mañana, a pesar de que este nos acerca más a la muerte.

 

Igual que ella, muchas personas viven como si no tuvieran la certeza de que morir es la única posibilidad segura de toda una vida. Aunque la consciencia, la racionalidad pretenda comprender nuestra existencia en este mundo irracional, jamás lo conseguirá y, entonces, abraza la fe en Dios o se abandona el uso de la razón en favor de tendencias autodestructivas que pongan fin al “atasco”. Marina Encarnación solo una vez optó por suicidarse, aunque fue rescatada de morir in extremis.

 

Admitir la contradicción entre el deseo de la razón, de lo razonable, y el mundo irracional que nos sustenta espanta la idea del “suicidio filosófico”: conclusión a la que se llega cuando desaparece el sentido de vivir la vida a tu alcance. Las limitaciones de la razón y sus límites deben ser admitidos sin tapujos, a la vez que se vive en primera persona el absurdo, la paradoja, en constante rebeldía.

 

Y eso es lo que consiguió renovar en Marina Encarnación su aprecio por vivir. Con su empleo de camarera de hotel, limpiando y recogiendo habitaciones seis días por semana y, en su casa, los hijos, que la esperaban. En fin, lo más parecido al castigo que los dioses impusieron al díscolo Sísifo: subir una pesada piedra a lo alto de una montaña, solo que, a punto de alcanzar la cúspide, siempre se le caía rodando hasta el punto de partida, y debía volver a repetir el mismo trabajo durante la eternidad.

 

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Cuando la cuestión de la libertad humana (en el sentido metafísico) pierde interés para el humano que sufre la sinrazón para seguir vivo, gana libertad en un sentido muy concreto: sin estar ligado a una esperanza por un mejor futuro o por la eternidad, sin una necesidad de buscarle un propósito a la vida o de crear un significado razonable, irremediablemente, el individuo disfruta de una libertad con respecto a las reglas comunes y acepta con rebeldía, libertad y pasión todo lo que este mundo insólito tiene para ofrecer.