La fantasía de Ernesto

Carolina Tena

Eran las cuatro menos cinco de la tarde. Ernesto Cañizares, puntual como un reloj suizo, abrió la elegante puerta de cuarterones de cristal y salió al balcón de su habitación.  

El mar cercano traía con la brisa aroma a pescado y sal, recuerdos de una infancia de domingos en la playa, de gritos, risas felices, neveras repletas de refrescos y bocadillos de mortadela. Pensó en lo ordinarios que resultaban ahora el jolgorio y la vida sencilla de su niñez, desprovista de ambiciones, comparados con la calma exquisita y vanidosa que envolvía el hotelito de la Riviera francesa que lo hospedaba. Incluso el mar que contemplaba enfrente se le antojaba más turquesa y glamoroso, cubierto de destellos de sol, en perfecta sintonía con el refinado ambiente que él solo podía disfrutar como espectador. 

Consultó un instante su reloj de marca, de imitación, de correa de piel cuarteada por el tiempo: Las cuatro.

Igual que todos los días desde hacía una semana, se acercó, con el corazón presa de un palpitar ansioso, a la balaustrada de piedra torneada donde, parapetándose tras unos arbustos decorativos, se asomó lo suficiente para ver sin ser visto y confirmar lo que ya sabía: que ella estaba allí, junto a la piscina, aguardándolo tumbada sobre la hamaca, medio desnuda, con sus gafas de ojo de gato y una imponente pamela sobre su frente.

Desde su mirador, Ernesto acarició con los ojos cada palmo de piel de aquella diosa, expuesta al sol todas las tardes con el fin de activar la producción de melanina. Melanina. No sabía por qué, pero la sonoridad de la palabra le resultaba graciosa, como muchas de las que acababan en “ina”, aquel sufijo que significaba “materia o sustancia de” y que, por loca asociación de ideas, lo había llevado a bautizar a la bella mujer con el nombre de Melania, la materia de la que estaba hecho su deseo. 

Al observarla, la imaginaba insinuándose, abriendo las piernas voluptuosa sobre los cojines a rayas que cubrían la hamaca. Entonces, su vista se nublaba. Arrebatada la razón por una especie de delirio, él pasaba a la acción susurrándole cosas obscenas al oído mientras deslizaba la mano sobre el vientre terso hasta colarla bajo el bikini, aprovechando el minúsculo hueco que dejaba la tela tensada con los huesos de la cadera. Una vez dentro, recorría con calma el surco húmedo de su sexo, disfrutando de la untuosidad entre sus dedos y del tacto blando y caliente de la carne en busca de la perla oculta, hasta que, descubierta, ella se arqueaba demandando más placer, obligándolo a acelerar el ritmo para sacudirla con espasmos y acabar desintegrándola, implacable, en pedazos de puro éxtasis. 

Ernesto despertó de su ensoñación acuciado por el deseo. Medio mareado, volvió a la habitación y se desabrochó el pantalón con prisa, torpe, con las manos temblorosas por el frenesí. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Se relajó un momento, estirando el tiempo. A continuación, bajó la mano y notó su propio calor palpitante en la palma enrollada sobre su miembro. Se impuso un ritmo lento. Más tranquilo, la trajo de nuevo a su mente con el fin de poseerla, haciéndole confesar lo que sabía que nunca le escucharía, separados sus mundos por un abismo. “Vuélvelo a decir”, le pedía él tumbado encima, acercándole el rostro para que ella derramara el aliento caliente sobre su oído. “Te deseo”, contestaba obediente, anhelante, pasando la punta de la lengua por el lóbulo de su oreja. Ernesto se recreaba en la frase, en los labios, en la lengua y en la humedad de Melania. Excitado por la visión, tensando cada vez más los músculos de su brazo, incrementó la cadencia hasta hacerla vertiginosa y, desbordados de amor, ambos alcanzaron por fin la conexión que les negaba la vida.

***

Último día en la Riviera.

Sentado en la cama, con la maleta esperando junto a la puerta, Ernesto volvió a pasar por el visor de la cámara todas las fotos que había sacado, observándolas con detenimiento por enésima vez.

Melania con su amante. 

La prueba irrefutable que necesitaba su cliente para pedir el divorcio. 

Apartó la vista y la fijó en un punto indeterminado de la pared, mordiéndose la parte interna de la boca, rumiando. Pasados unos minutos, con el pulgar sobre el botón de la papelera del aparato, comenzó a eliminarlas una por una, esforzándose en fijar en su retina los rasgos perfectos de la mujer antes de verla desaparecer para siempre, reprochándose, mientras ejecutaba la acción, el haber dudado tanto entre el amor y el deber.