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La decisión | Fátima León

La decisión | Fátima León

La gran decisión, como suele ocurrir con las decisiones más importantes de la humanidad,

llega cuando tienes la nevera abierta y esa luz blanca —esa luz que “lo ilumina todo”—

te señala sin piedad el trozo de merluza que te ha quedado de ayer.

Allí estaba yo, contemplando un trozo de pescado tan pequeño que, si hubiera podido

hablar, me habría dicho con sinceridad brutal: “Sabes que no soy suficiente, ¿verdad?”.

Aun así, mi cerebro tomó la decisión más lógica que podía tomar en ese momento:

“¡Haremos croquetas!”.

Ya sé que no fue una idea razonable. Pero fue valiente. Una decisión que ignoró cualquier

ley aritmética y que, por supuesto, pasó por encima de toda presunción de sentido común.

Porque, claro, la pregunta es inevitable: ¿cómo vas a hacer croquetas de pescado cuando

tienes tan poco pescado? Pues muy fácil: te convences de que lo importante no es la

cantidad…¡es la actitud!

Primero llegó la fase de negación. “No es tan poco”, pensé, mientras le hacía un tour de

360º al trozo de merluza en el aire, como si, mirándolo desde otro ángulo, pudiera engañar

a la realidad y verlo más voluminoso. “Además —recordé—, las croquetas llevan

bechamel”. Ay, la bechamel… Ese comodín maravilloso…. Si algo no tiene suficiente

“algo”, le pones bechamel, y listo. Pura filosofía culinaria.

Piqué el pescado con solemnidad absoluta, como si estuviera tallando una reliquia. Cada

pedacito era una joya destinada a formar parte de mi preciado tesoro. Cuando acabé, el

trocito de merluza había quedado reducido a una cantidad tan pequeña que, en

condiciones normales, apenas alcanzaría para una sola croqueta… pero yo seguía adelante

impulsado por la fuerza más poderosa: el hambre.

Luego, llegó el refuerzo psicológico: la cebolla. Mucha cebolla. Lo mejor de la cebolla

es que no pregunta, que no juzga y que te hace llorar lo justo para que no pienses

demasiado en tus malas decisiones.

Añadí la mantequilla, la harina y la leche con la fe ciega de quien cree que, si remueve lo

suficiente, el universo acabará alineándose. Y, si no se alinea, al menos espesará la masa.

Cuando incorporé el pescado a la bechamel, hubo un momento de silencio. El pescado

desapareció. Literalmente. Si alguien me hubiera preguntado: “¿Dónde está el pescado?”,

yo habría tenido que responder: “¡En espíritu!”. Pero ya no había vuelta atrás. La masa

empezó a espesar, y yo, a entusiasmarme. “Esto va a salir”, me repetía una y otra vez.

Probé un poco. Estaba rica. Muy rica.

Y ahí estuvo la trampa: la masa no sabía a poco pescado…¡sabía a croqueta! Porque todos

sabemos que la croqueta es un ente superior. Un estado del ser. La croqueta no necesita

abundancia: solo convicción.

Tras haber dejado reposar la masa un buen rato —siempre he considerado que toda masa

necesita reflexionar sobre su existencia—, tocaba moldear las croquetas. Y aquí ocurrió

el milagro: donde yo esperaba tres o cuatro bolitas tímidas, salieron doce croquetas

respetables. No grandes, pero dignas. Con esa dignidad que sientes cuando eres

consciente de tus limitaciones y, aun así, te sientes orgulloso de lo que eres.

Después de haberlas pasado por huevo y pan rallado, llegó el momento del juicio final: el

aceite caliente: decidí freír seis. Una a una, las croquetas se fueron dorando. Las saqué,

las puse sobre papel de cocina, las miré… y pensé en esas doce croquetas hechas con tan

poco pescado. Al fin y al cabo, ¿quién era yo para cuestionar un milagro doméstico?

Al morder la primera, lo entendí todo: no eran croquetas de pescado… eran croquetas de

esperanza… de ingenio… de “No tengo mucho, pero con esto me apaño”.

Y lo mejor de haber tomado aquella sublime decisión fue que —contra todo pronóstico—

¡estaban buenísimas!

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