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La curva del tiempo | Bruno Aloisi

La curva del tiempo | Bruno Aloisi

Eran amigos desde la escuela. Tres talentos en fuga: uno soñaba con amontonar dinero, otro con mandar sobre los que lo amontonaban y el tercero con no cansarse mucho. Frankie eligió las finanzas porque le gustaban los números, sobre todo cuando terminaban en su cuenta. Sam juró que construiría algo que cambiara las reglas, aunque no sabía qué. Enzo no juró nada: prefería esperar, con cerveza y música cerca.

Salieron de la escuela con entusiasmo y promesas que no duraron. A los pocos meses, el chat compartido se apagó sin drama. Frankie se hundió en los bancos, Sam se casó con su empresa y Enzo se casó con la idea de no atarse nunca.

Pasaron los años. Frankie vivía entre vuelos, informes y cafés fríos. Su agenda era una pared sin huecos. Sam empujaba su compañía con energía de taladro. Llamaba “equipo” a los empleados, aunque rara vez los escuchaba. Enzo seguía en movimiento: trabajaba donde podía, cambiaba de ciudad cuando le aprendían el nombre y siempre encontraba un bar donde hablar de la vida con quien pasara por allí.

Un día de invierno, el destino se entretuvo. Frankie conducía hacia el aeropuerto, calculando si podía mandar un correo antes del embarque. Sam venía en dirección contraria, hablando con alguien que fingía oírlo. La carretera doblaba sin aviso. Llovía. Frankie frenó tarde. Sam no frenó. Dos coches, una curva, una lección: ni el dinero ni la prisa detienen el metal.

El choque ocurrió en la curva. Los coches se encontraron frente a frente. Todo se detuvo. Los relojes siguieron, pero ellos no.

Los meses pasaron entre hospitales y tiempo que sobraba. Frankie perdió las piernas y descubrió

que las pantallas no reemplazan los pasos. Sam quedó sin movimiento de cintura para abajo y entendió que los plazos ya no importaban. Por primera vez, ninguno tenía prisa.

Enzo, en otro lugar y con la misma suerte de siempre, cayó en la cubierta de un velero y se rompió una pierna. La vida se rió, como suele. Lo enviaron al hospital. Cuando entró en la sala de rehabilitación, los vio: dos figuras en sillas, peleando con sus músculos. Se miraron. Hubo silencio. No hizo falta explicar nada.

Con el tiempo, coincidieron más. Compartían ejercicios, silencios y quejas sobre la comida. Frankie hablaba de inversiones como quien recuerda un sueño. Sam ideaba un sistema que hiciera el trabajo por él. Enzo escuchaba, sin plan ni apuro.

Afuera llovía casi todos los días. Desde la sala miraban el agua correr por los ventanales, como si también entrenara. La lluvia marcaba el paso del tiempo.

Una tarde, cuando las bandas elásticas ya no ofrecían reto, los tres se quedaron mirando la ventana. Frankie ajustaba su silla, Sam peleaba con la suya y Enzo apoyaba la muleta como si fuera un trofeo.

—Ahora que hay tiempo —dijo Enzo—, podríamos vernos más.

Frankie asintió. Sam también. El silencio volvió, con otro ritmo. No había reuniones ni clientes ni jefes. Solo tiempo.

Afuera, la lluvia caía. Dentro, tres cuerpos que antes corrían en direcciones opuestas aprendían otra forma de avanzar. Frankie pensó en invertir en paciencia. Sam calculó una rampa. Enzo se preguntó si el destino también necesitaba terapia.

La lluvia siguió hablando, y ellos, por fin, la escucharon.

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