La cuentista | Ana Efigenia
—Soy Ana, encantada. ¿Tú eres Jorge? —Es más guapo en persona. Sonríe, se pone de pie y alarga la mano con la palma hacia arriba, pidiendo la mía—. ¡Qué guuuuuusto, por favor, tienes las manos ardiendo! ¡Con el frío que hace en la calle! —Me hace un gesto con la cabeza para que tome asiento—. ¿Qué tal? —Tras un silencio más largo que el deseado (en el que no cesamos de mirarnos a los ojos, y él, mi boca), adivino su intención de hacer gestos con las manos—. ¿Eres sordo?
—Sí —contesta con el dedo índice.
—¿Has conseguido aparcar bien? —pregunto en lengua de signos. Se sorprende, lo cual lo muestra abiertamente en su rostro. Su sonrisa se intensifica. Cierra unos segundos los ojos; y al abrirlos, aprecio que le brillan más que antes.
—¿Puedo quitar el jarrón de la mesa? Es demasiado grande y no te veo la boca —me pregunta.
—Espera. —Saco las orquídeas blancas de plástico y las tumbo en la mesa—. ¿Así te parece bien?
—Perfecto. —(…)—. ¿Puedo preguntarte por qué has elegido este lugar?
—Bueno… es una larga historia. Si quieres, te la cuento, pero te advierto que, cuando cojo carrerilla, no hay quién me pare. Soy una cuentista nata.
—No hay problema. Me gustan los cuentos. Y… no te interrumpiré. —Sonreímos.
—¡No sabes lo que dices! Puedo estar horas y horas hablando sin parar, ¡pero tú lo has querido! —Jorge acerca un poco la silla a la mía; es una mesa redonda. Se pone el trozo de mantel que resta sobre las rodillas, y también cubre las mías. Bonito gesto. Es un sitio acogedor (quizás, un poco oscuro para mi gusto, pero forma parte de su encanto)—. Hace unos años prestaba servicio voluntario en un comedor social. Los sábados y los domingos, siempre acudía a cenar Juan, el dueño de este entrañable rincón del mundo. Estuvo años yendo porque el restaurante no cubría gastos. No consintió cerrar para no dejar en la calle a sus empleados. Al haberse quedado sin casa, vivía en el almacén de las bebidas entre tinajas y botellas. Sobre las ocho de la tarde cerraba para dar descanso a sus empleados y después acudía al comedor. Con el tiempo afianzamos nuestra relación de amistad y comencé a trabajar aquí, algunos días, de forma gratuita. Otros, iba, simplemente, a hacerle compañía o a leerle, puesto que apenas mantiene la visión y es un gran aficionado a la lectura. Me he convertido en la voz personificada de sus audiolibros. —Me aplaude, y yo le doy las gracias—. Siempre que ocurre algo reseñable en mi vida, lo comparto con él. Por eso hemos quedado aquí: para que él también te conozca.
—¡Vaya! ¡Me dejas sin palabras! Creo que es un buen lugar, entonces. Me gusta. Y también vuestra historia. (…). Oye… tengo necesidad de saber por qué hablas lengua de signos.
—Soy muy inquieta, me llamaba la atención y comencé un primer nivel. Terminé cursando cinco años. Y no: no tengo ningún familiar, ni ningún amigo sordo por el que me interesara aprender lengua de signos.
—Tengo que ser sincero…
—Creo que debes de serlo.
—Tenía miedo de acudir a la cita. Me sorprende tanto haber quedado con una persona que sepa hablar como yo que estoy tan ilusionado que tengo más miedo aún.
—¡O sea que no te sorprende mi frescura ni mi belleza! ¡Solo que sepa hablar lengua de signos! ¡Pues estamos buenos! —Jorge comienza a reírse, y se acerca un poco más a mí.
—Eres muy guapa, y muy simpática.
—Gracias, tú estás buenísimo. —Vuelve a reírse—. ¿Quieres casarte conmigo?
—Sí— contesta entre carcajadas huecas.
—¡Lo he tenido claro desde el principio: ¡si discutimos, voy a ser yo quien lleve la voz cantante! Me he dicho: “¡Este hombre no se me puede escapar!” —Nos reímos. ¡Qué bien huele! La melodía de fondo y la luz tenue romantizan la velada. Nunca he sentido una conexión tan fuerte con nadie en un primer encuentro, ni en tan poco tiempo.
—Buenas noches, ¿qué van a tomar los señores?
—No te pongas tan serio, Juan: le he contado todo.
—¡Ah! Menos mal… venía a salvarte de nuevo. Si se lo has contado, es buena señal.
Últimos relatos







