fbpx
⚠️ PROMO FEBRERO ⚠️ Accede a PREMIUM por solo 49,90€ 29,90€ ⚠️

La cola de la lagartija | Ana Efigenia

La cola de la lagartija | Ana Efigenia

Aquel día salí a matar. No fui consciente de cuántas vidas había arrebatado hasta ese momento. «¿Qué haces?», me preguntó. Me reí. Llevaba toda la vida haciéndolo. Ella, mi hermana pequeña, no se inmutó. No cambió el gesto de la cara, no parpadeó, no habló, no respiró durante varios segundos… Pensé por un momento que me estaba tomando el pelo. Pero no. Sus ojos hablaban. Sí, me llamaron asesino. Y, entonces, me asusté. Me asusté muchísimo, porque mi hermana siempre me había mirado con devoción. Me fijé en que su barbilla temblaba, y también me fijé en sus ojos: tenían olas dentro.

Me quedé quieto, todo lo quieto que pude, esperando a que ella dijera algo o hiciera algo. Fue un momento horrible. Empecé a sentir cómo mi corazón se movía dentro de mi cuerpo. Hasta entonces, nunca lo había percibido… cómo la sangre fluía por mis venas y cómo estas se hinchaban al paso de los latidos…. cómo la piel se me humedecía y cómo un calor interior me hacía arder. Me quemaban los ojos y las orejas. La boca se me secó y, al cabo de un rato, se me agrietaron los labios de tanto chupármelos con la lengua.

Una lágrima resbaló por la mejilla de Ana. Sin inmutarse, dejó que descendiera, a la vez que seguía observándome. Creo que hasta ese momento no volvió a respirar. Su rostro cambió. Sus labios se curvaron hacia abajo, y se formó un pequeño paréntesis sobre sus comisuras. Se le ensancharon las fosas nasales, y me mató con la mirada. Entonces entendí que cualquiera podía matar.

Solté la lagartija: cayó cerca de su propia cola, que seguía en movimiento. No, la lagartija no se movía porque tenía las tripas fuera. La había rajado con un trozo de cristal que había encontrado en el suelo. Me había divertido al hacerlo. Sí, era un asesino. Por un momento empecé a contabilizar la cantidad de lagartijas que había rajado, la cantidad de cucarachas que había aplastado con piedras, la cantidad de bichos bola que había lanzado con los dedos, la cantidad de langostas a las que les había arrancado las alas, la cantidad de hormigas que había pisado… y eso sin contar el indecente número de flores y plantas que había arrancado. Sí, lo era.

A mis ocho años, era un verdadero asesino. Empecé a ponerme nervioso y a multiplicar la cantidad de lagartijas, de cucarachas, de bichos bola y de hormigas que había matado, por los años que creía que iba a vivir. Me volví a asustar. «Seguro que me condenaban a cadena perpetua», pensé. Y luego me pregunté si mi hermana, en sus cuatro años de vida, nunca había pisado una hormiga o una cucaracha, aunque fuese sin darse cuenta.

Volví a mirar a Ana. Su expresión había vuelto a cambiar. Ahora parecía que no me conocía. Y entonces sí que me asusté. Me dio tanto miedo que me meé encima. Parpadeó muy despacio, y las olas desaparecieron. A continuación, en sus ojos apareció el odio. Comenzó a hacer ruidos extraños que jamás le había oído hacer. Salivaba mucho y soplaba con los labios cerrados. Salían el aire y la saliva, a borbotones, por ambos lados de la boca. De pronto saltó encima de mí y me golpeó repetidamente con los puñitos cerrados. Yo me dejé pegar: era mi hermana pequeña. Cuando mi madre se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, casi me mata… o eso pensé.

Mi padre me rescató del suelo y la regañó. No, papá, no la regañes, soy un asesino y le he enseñado a ella a serlo. Ana lloró tanto que sus ojos se secaron y se enrojecieron. Yo no lloré.

Creo que aún cumplo cadena perpetua. Después de cinco años, no puedo dejar de mirar por dónde piso. O dónde me siento. O si hay niños arrancando las plantas. O lo que hacen mis padres de comer…

Últimos relatos

Últimos relatos

El Arte de Escribir y la Emoción del Entretenimiento Scrivere, Sognare e Giocare Scrivere, Giocare e Sognare AviaMasters - Juega con Dinero Real en el Casino Online Chicken Road - Juega el Slot Online Penalty Shoot-Out Street - Juega con Dinero Real Plinko - Juega con Dinero Real