La casa azul | Aída Vergara
Era la primera vez que Jacky salía de su casa sin avisar, recién llegaba del “cole”, quitándose el uniforme, se puso unos Jeans y salió a toda velocidad en su bicicleta, tenía que pasar con Ximena su amiga por un telescopio que le había prestado. Recorriendo la primer cuadra, fue interceptada por un motociclista, que sin titubear la derribó, subiéndola con él, saliendo del fraccionamiento como rayo esquivando la valla de seguridad del fraccionamiento sin que los guardias alcanzaran hacer nada.
Por fin llegaron a una casa abandonada, descuidada con las ventanas rotas, lo increíble era que la habitación estaba impecablemente limpia, con las paredes, todas en color azul. Un cronómetro digital en la pared azul parecia arder con la intensidad del color rojo amenazante. Tic tac, tic tac ¡un silencio aterrador se hacía presente!
Sentó a Jackie en la silla, con las manos atadas detrás de la espalda. Frente a ella el secuestrador sonreía con sadismo. Alto, delgado, con una figura imponente, de rostro pálido demacrado, ojos hundidos, fríos, vestía ropa oscura desgastada, con un abrigo largo sucio, guantes negros y una mascarilla para ocultar el rostro, acercándose a su víctima con una lentitud deliberada echando andar el cronómetro,en voz baja y amenazante susurrándole al oído le dijo: Pronto,!pronto verás a tu ser querido por última vez!.
El cronómetro marcaba 5, 4, 3…
Jacky cerró los ojos y rezó. Se sentía atrapada sin salida, su mente llena de pensamientos de desesperación y pánico, su cuerpo se tensó en una posición de defensa.
2, 1, 0… sentía como si su corazón se hubiera detenido al escuchar el cronómetro.
La habitación se llenó de un ruido ensordecedor. La pared al frente de Jacky se derrumbó golpeando al secuestrador dejando una puerta de escape que ella aprovechó para salir corriendo.
Logró escapar, pero sabía que nunca olvidaría el sonido de ese cronómetro. Tic tac, tic tac que habitaría por siempre en su memoria.
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