La carta | Graciela FIgueroa
La casa de los Thompson había sido testigo de muchos secretos a lo largo de los años. Pero existía uno que había permanecido oculto durante décadas, guardado celosamente por la matriarca de la familia, la señora Thompson.
La señora Thompson había fallecido recientemente, dejando detrás de si una casa llena de recuerdos y secretos. Su hija se encontraba ordenando las pertenencias de su madre cuando descubrió una carta antigua escondida en un cajón.
La carta estaba dirigida a ella, escrita de puño y letra de su madre algunos años atrás. Emma la abrió con curiosidad y comenzó a leerla.
Querida Emma:
Espero que cuando leas esto, yo ya no esté aquí. Quiero que sepas la verdad sobre tu padre. No murió en un accidente de auto, como te dije. En realidad, un día se fue de la ciudad por negocios y ya nunca más supimos de él.
Al cabo de las semanas nos enteramos que estaba metido en algo turbio. La policía lo estuvo buscando, pero no lo encontró.
A tu papá le gustaba mucho ir a las montañas y pasarse días ahí. Tal vez esté en…
Espera, después te sigo escribiendo, alguien viene y no quiero que nadie se entere…
Emma se quedó consternada por varios minutos. Buscó la continuación en una segunda hoja, pero no la encontró. No sabía qué pensar, qué decir, qué hacer. ¿estará vivo todavía?, se preguntaba. ¿dónde lo buscaré? ¿cuáles serán esas montañas? ¿alguien me podrá decir algo? Ya no vive ningún hermano de mi padre y mi madre era hija única. Tres de mis abuelos ya descansan en paz, y el que sobrevive lleva años que no habita en su cabeza. Una sensación de tristeza e incertidumbre la invadió.
¿Todos estos años viví engañada? ¿Nadie ocupaba su tumba? ¡No puede ser! ¡No lo puedo creer!
Emma buscó una foto de su padre y al tenerla en sus manos lo interpeló:
¿Por qué hiciste eso papá? ¿por qué no trataste de comunicarte conmigo? Decías que era tu niña consentida. Lloré un océano de lágrimas cuando te fuiste. Ahora, ¿dónde te busco?
Los días transcurrieron lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido para darle espacio al duelo que embargaba su corazón. La esquela de su madre había salido hacía varios días, llevando consigo un pedazo de su alma que nunca más recuperaría.
Pero justo cuando pensaba que ya no podía soportar más dolor, el teléfono sonó con un tono agudo y estridente que la sacó de su letargo. Al otro lado de la línea, una voz desconocida le preguntó con tono sombrío: “¿Recuerdas todavía a tu padre?”.
El eco de aquella pregunta resonó en su mente como un trueno en medio de la quietud. Un escalofrío recorrió su espalda y por un instante, el mundo pareció detenerse. Un nudo se formó en su garganta, impidiéndole articular palabra alguna. Y entonces… un silencio ensordecedor se apoderó de la habitación, como si el mismo Universo estuviera esperando su respuesta.
Finalmente, la voz en el otro extremo de la línea se desvaneció…solo se escuchó un… piii, piii, piii.
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