La búsqueda

Ana Arroyo

Desde el momento en que descubrí que todo el mundo lo poseía, quise saber dónde se encontraba el mío. Considerándome un ser humano semejante a todos los demás, era imposible que careciera de este. ¿O me había convertido en un individuo carente de naturaleza humana? Eliminé de mi mente esa idea por inaceptable, y empecé a soñar cómo sería cuando lo hallase, qué color tendría, cómo serían su olor y su textura… Deseaba descubrir quiénes eran las personas que formaban parte de este y que, como le sucedía al resto de los mortales, habían estremecido mi corazón; aquellas a las que yo misma había amado u odiado, con quienes había compartido partes de mi vida. Me fascinaban las reacciones que su mero recuerdo podía provocar en aquellos que lo poseían: sonrisas que me parecían incomprensibles, miradas al infinito, lágrimas cuya aparición se me antojaba fortuita… No alcanzaba a comprender que algo que ya no existía pudiera generar emociones tan intensas. Esa confusión me hacía desearlo aún más; ansiaba hallar y poseer aquello de lo que los demás alardeaban en mi presencia, mientras yo me sumía en el silencio y los escuchaba anonadada.

Pasé varias noches enteras sin dormir, buscándolo sin descanso. Traté de hallar marcas en mi cuerpo que me diesen alguna pista que trajesen a mi memoria pedazos de aquello que tanto deseaba. Pero solo encontré un cuerpo perfecto, intacto, sin cicatrices, sin imperfecciones y sin marcas del pasado. Puro y hermoso. Aún por estrenar. Creyendo que tal vez estaba buscando en el lugar equivocado, empecé a escudriñar cada rincón de mi pequeño estudio. Rebusqué entre los cojines del sofá, bajo el colchón, en los armarios de la habitación, entre las hojas del libro que acompañaban mis noches sobre la mesilla. No habiendo dado con ninguna pista, empecé a mirar en los lugares más imprevisibles: busqué en las tazas de café olvidadas en el fondo del armario, en los bolsos de la temporada pasada, en cajas de zapatos viejos, en los botes llenos de restos de lápices y gomas de borrar a medio terminar. Desenrosqué todas las bombillas de la casa, con la esperanza de encontrarlo en el fondo de algún orificio. Desmonté el televisor creyendo que tal vez había ido a parar allí por descuido. Miré en los agujeros de los enchufes por si se había colado entre ellos. Hallé una baldosa mal colocada en el pasillo y, esperanzada, la levanté. Hasta busqué en el buzón por si acaso alguien, consciente de mi desesperación, había encontrado mi pasado y lo había colocado allí. A medida que transcurrían los días, la inicial curiosidad por el pasado de los demás se convirtió en envidia, y la búsqueda del mío propio en desesperación. Me transformé en una mujer enfermiza que andaba espiando los recuerdos de los demás en su ausencia, reconcomiéndome de celos y, al mismo tiempo, sin poder dejar de observarlos y de imaginar el aspecto que tendría el mío propio. Estuve a punto de fallecer de locura pero, afortunadamente, la naturaleza humana tiende a la supervivencia…

Dicen que, cuando la desesperación se apodera de una persona, esta puede morir ahogada por su propia tristeza o salir a flote impulsada por la rabia. Yo escogí la segunda opción. Empecé a construir mi pasado usurpando los pedazos olvidados de los demás. Me convertí en un animal al acecho del olvido ajeno. Estafaba a los ancianos, haciéndoles creer que sus historias eran inventos de sus mentes seniles para apropiarme de estas. Desvalijaba los álbumes de fotos que hallaba a mi alrededor para crear mis propios recuerdos. Perseguía a jóvenes ebrios a sabiendas de que su mente alcoholizada no recordaría nada de lo vivido. Rastreaba a las parejas que se amaban en las calles para robarles los besos y caricias que algún día olvidarían. Desvalijaba las casas y a las personas de sus propios olores para dotar mi pasado de aromas. Convencía a mis conocidos de la falsedad de sus propias alegrías y tristezas, para apropiármelas sin ningún tipo de reparo.  En el intento por recuperar el sentido de mi vida, había perdido la noción del tiempo, y casi la razón. Llegué a almacenar recuerdos equivalentes al pasado de decenas de personas, un tiempo que superaba con creces mi propia edad. Vivía sumida en la avaricia por los recuerdos ajenos y había dejado de vivir: había renunciado a mi trabajo para crearme un pasado, había abandonado a las personas que algún día me habían apreciado, había dejado de tomar mis propias decisiones, de sentir a través de mis sentidos. Me había convertido en una mujer delgada, huesuda, con el pelo sucio y con la ropa harapienta. Y lo peor de todo es que, al dejar de vivir, dejé de crear mis propios recuerdos, esos que podían ser solo míos. Cuando me di cuenta de eso, era demasiado tarde. Había superado el límite entre la cordura y la demencia; necesitaba de los recuerdos de los demás para sobrevivir, como si de una droga se tratase. Me había convertido en ladrona de pasados. Y ya no había marcha atrás.