Cuando llamaron a la puerta fue su marido quien abrió. Marina estaba en bata y tenía el pelo desenmarañado. En lugar de cabello, parecía tener un nido de pájaros abandonado sobre la cabeza. Miraba fijamente la pared. Era una estatua de piedra anclada al sofá. Destemplada, esquelética y con dos ojeras amoratadas que dibujaban grietas en su rostro insomne, la suya era la vigilia del faro que atraviesa la noche mirando el mar.
Desde la entrada llegaban murmullos. Eran voces de hombres. Su marido los condujo hasta el baño. Al pasar, Marina vio que eran albañiles. Dijeron «Buenos días», pero su saludo que se quedó flotando en el aire sin llegar a alcanzarla.
Vio que llevaban herramientas pesadas para romper azulejos y excavar el cemento. Venían a extraer la bañera como si fuera una muela picada. Su marido quería que la sacaran de casa, que la alejaran de allí. Venían a realizar un exorcismo. En lugar de con Biblia y crucifijo, lo harían con pico y martillo.
Sin apartar la vista de la pared, Marina les oyó entrar al baño. Desde allí sus voces eran ecos rebotando en las paredes como murciélagos alborotados. —Sacadla hoy —dijo su marido—. Quiero que os la llevéis —ordenó. Marina, desde la sala, capturaba fragmentos de la conversación.
Los hombres preguntaban si iban a poner otra pila, una ducha, una sauna… —No, nada. Quiero que os la llevéis —insistía.
Pero no entraban en razón. Le explicaron que iba a quedar un hueco, un agujero en la casa. Tuberías al aire, un baño sin entrañas.
—¡Sacadla, sacadla de casa! —rugió.
No hubo más palabras. Su marido salió del baño y dejó allí a los hombres que sacaban en silencio sus herramientas. Hacían ruidos metálicos. Desplegaban bisturíes gigantes para extirpar un tumor.
Mientras, Marina seguía vigilando la pared. Atenta, con sus ojos sonámbulos sin párpados.
—¿Has podido dormir algo? —preguntó su marido. Ahora más calmado, con voz serena.
El silencio le rebotó en la cara. Quería adivinar qué pasaba dentro de aquella cabeza, asomarse a sus pupilas y fisgar a través de ellas igual que se ve el interior de una casa mirando por una ventana.
Marina no dijo nada. Seguía mirando la pared en su pose catatónica. Su marido se fijo en aquellos dedos pálidos. Se movían como patas de araña. Jugueteaban con aquella prenda vacía, acariciaban los pequeños botones, el osito bordado en la tela, las diminutas mangas rematadas en volantes. Se aferraban a la muda, asfixiaban la prenda vacía, ahogaban el espectro que habitaba la casa.
— ¿Cariño?
Marina giró su cara hacia él.
— Se la van a llevar hoy.
— Vale —contestó con voz moribunda.
Su lengua de trapo se había desacostumbrado al lenguaje. La falta de sueño había dejado sin fuerzas sus pulmones, su garganta y sus ganas de hablar. Mientras, la pared vacía seguía contando su historia. La ausencia de muebles seguía arrojando su sombra sobre los tabiques. Marina todavía adivinaba en su superficie lisa la silueta del caballito, los barrotes de la cuna, el contorno de la sillita. Empezaron los golpes en el baño.
‘Crack, clon, pum’.
Era el estallido de azulejos quebrándose, el sonido de la bañera talada hasta sus raíces. El ruido irrumpía en la casa como si quisieran despertar a un fantasma. Su repiqueteo arrastraba un ritmo.
‘Crack, clon, pum’.
Ahora cantaba una nana. Marina estrechó aún más la prenda. Le embriagaba su olor a ropa recién lavada, al perfume del talco, al aroma de la piel nueva. Su mente volvía a la bañera y al agua caliente, a las caricias del pequeño sobre su pecho desnudo, a la llamada del sueño que la envolvía.
‘Crack, clon, pum’.
Se sentía otra vez rendida, agotada con la criatura en sus brazos. A Marina se le cerraban los ojos. Su espalda resbalaba por la bañera. Juntos caían lentos por un tobogán que les sumergía en el agua y les cubría cada vez más. Ahora hasta el cuello, hasta la barbilla… ya casi hasta la nariz. Dormida, Marina ya no notaba los puñitos que le pellizcaban su carne sin fuerzas, ni el mordisco de las encías sin dientes, ni las burbujas de aire que emergían a su alrededor.






