Kantemó | Lil Fernández
—Vamos a Kantemó, hija —suplicó Fabián mientras se incorporaba para sentarse al borde de la cama—. Me duele el pie. Es un ardor que no puedo describir, como si me enterraran cientos de agujas a la vez.
—Iremos el fin de semana, necesito ahorrar para la gasolina. Está lejos, son casi cuatro horas desde acá. No entiendo tu obsesión de ir a ese pueblo en medio de la nada.
—Ahí hay una cueva. Quiero llevarte ahí antes de morirme.
—No te vas a morir, pa. No todavía. Tienes que seguir las instrucciones de los médicos: controlar la glucosa, tu hipertensión, y el colesterol.
Paulina se hincó para curarle las heridas y cambiar las vendas.
—¿Ya no sientes hormigueo en este pie? —preguntó ella mientras le daba masaje.
—Ya no siento nada. Creo que ese pie ya está casi muerto. Déjalo sin venda, úntale la crema para la resequedad y ponle el calcetín.
En cuanto ella terminó, le ayudó a ponerse de pie, lo llevó a la terraza y lo dejó en la mecedora.
—Gracias, hija. Ven, acércate —le tocó el rostro con ambas manos—, pronto me quedaré ciego, veo todo borroso. Te imagino tan bonita como siempre. Ve con doña Ana y tráeme unos cigarros.
—No puedes fumar, pa.
—Será la última cajetilla, te lo prometo, por favor. Y fíjate, ahí en su pizarrón tiene un poster de Kantemó.
Paulina llegó a la pequeña tienda, tomó los Marlboro, que curiosamente tenían la imagen de un pie ulcerado. El pizarrón de corcho estaba saturado de folletos sobre tours y paseos. Finalmente, encontró hasta abajo el de Kantemó.
—Llévatelo, niña —Doña Ana sonrió mientras le entregaba el cambio de los cigarros.
Mientras regresaba a casa, leyó lo que decía el póster: “Kantemó. Cueva de las serpientes colgantes”. Tenía un mapa marcado con la ubicación del pueblo de Kantemó entre Quintana Roo y Yucatán.
—¿Por qué quieres llevarme a una cueva de serpientes? Ni siquiera puedes caminar bien. Te vas a lastimar —le dijo entregándole la cajetilla abierta. Él le dio unos golpecitos a la caja hasta que sacó el cigarro, lo puso entre sus labios y Paulina le ayudó con el encendedor. Fabián aspiró una bocanada y luego dejó el humo fluir hacia afuera por la nariz.
—Esa cueva es un cenote prácticamente cerrado. La oscuridad ahí es total. Con decirte que en el agua hay un camarón que no tiene pigmentación ni ojos.
—¿Y las serpientes?
—La mayoría son las ratoneras yucatecas, aunque también hay coralillos. Esa cueva es como esos quesos con muchos hoyos, y ahí se meten las serpientes.
—¿Y qué tienes que mostrarme ahí? No entiendo.
—En la tarde cuando se oculta el sol, empiezan a salir de esa cueva miles de murciélagos. Salen cientos a la vez durante más de una hora. Imagínate, es como si la cueva vomitara.
—¡Qué asco!
—Bueno, pues quiero llevarte para que veas qué hacen las serpientes cuando esto pasa.
—¿Qué hacen?
—Se cuelgan del techo de la cueva. Dejan medio cuerpo colgando como una cuerda, esperando el paso de los murciélagos para cazar alguno en el aire.
—¿Y a mí por qué crees que me va a interesar ver eso? Para empezar, no creo que pueda verlo porque todo está oscuro.
—Luz roja. Te ponen un casco con luz roja para que puedas ver sin que molestes a los animales.
—¿Cómo se te ocurrió que eso me interesaría?
—Cuando eras niña estabas obsesionada con el cuento del oso que cazaba salmones en la cascada. Los peces saltaban fuera del agua y el oso los atrapaba al vuelo con la boca. Llorabas por los salmones. Yo te decía que de todos modos estaban en su último viaje.
—Sí, recuerdo ese cuento. Me lo contaste cientos de veces.
—En la cueva ocurre algo similar con los murciélagos. La cueva es como la vida, y tú, como esos murciélagos. Estás saliendo desbocada, pero no ves. Ahí está el peligro, oculto y al acecho. No todas las chicas que salen regresan. No quiero que eso te ocurra porque, ve cómo estoy. ¿Cómo podría encontrarte?
—Papá, lo sé —dijo abrazándolo—. Te prometo abrir bien los ojos.
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