Juguetes rotos

Gonzalo Tessainer

GONZALO

Sobre la mesa del estudio número cuatro de la emisora Radio Sarcasmo, se encuentran un micrófono, un bolígrafo, un cuaderno y unas manos femeninas que acarician una humeante taza de café con leche, con mucha mala leche. La sintonía del programa indica que ya están en el aire y, cuando el técnico de sonido baja el volumen, la voz de una experimentada locutora toma el testigo de la pegadiza melodía. 

–Queridos oyentes, cuando una persona alcanza la fama, corre el riesgo de convertirse en adicto a esta, y le resulta difícil prescindir de esta una vez que desaparece. En los tiempos que corren, tenemos varias clases de famosos, y no todos son merecedores del mismo prestigio que la popularidad les otorga. Están aquellos que son populares por ser “hijos de”, u otros que son etiquetados con el anglicismo de Celebrity por el simple hecho de participar en un programa de televisión de máxima audiencia o por acostarse con alguien más popular que ellos y pregonarlo por los diferentes canales de televisión. Por último, nos encontramos con aquellos que, tras su esfuerzo y trabajo, reciben un reconocimiento popular que acaba convirtiéndose en lo que podríamos considerar una merecida fama. Pero lo difícil no es adquirirla, sino saberla mantener.  En este país nos gusta mucho poner etiquetas a todo y tenemos una para aquellos que, de repente, dejan de poseer el estatus privilegiado de ser famosos. Estamos hablando de los llamados juguetes rotos. En todos los campos, existen estos fugaces inquilinos de la codiciada y esquiva popularidad y, esta noche, en pleno mes olímpico, vamos a hablar del fugaz reconocimiento que puede obtenerse en el ámbito deportivo. Como viene siendo habitual en el programa, nos gusta dar un giro de tuerca a la hora de buscar a nuestros invitados, y por eso no vamos a entrevistar a ningún deportista de élite, pero sí a alguien muy relacionado con el tema que hoy tratamos. —La locutora hace una pausa y dirige su mirada al técnico de sonido que le indica que el entrevistado está esperando al otro lado del teléfono—. ¡Buenas noches, Cobi! Cuenta a nuestros oyentes quién eres, ya que los más jóvenes no te conocerán.

—¡Buenas! Mi nombre es Cobi, como bien has dicho, y fui la flamante mascota de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.

—Pero dinos, ¿cómo conseguiste ser el máximo protagonista de aquel año en nuestro país?

—Bueno, me diseñó Mariscal y, cuando fui presentado oficialmente, no gusté a todo el mundo, aunque al final todos acabaron queriéndome.

—¿Y cómo llevaste la popularidad?

—Si te soy sincero, en aquel momento no era consciente de ello. Nací destinado para ser una estrella, fugaz pero, al fin y al cabo, una estrella. Ver mi cara en camisetas, balones, gorras… en todos los lados hizo que creyera que esa fama sería eterna.

—A los pocos meses de la clausura de las Olimpiadas, pudiste comprobar que estabas equivocado —puntualiza la locutora—. ¿Y qué ocurrió una vez acabadas las Olimpiadas?

–Pues sentí que me tiraban desde un avión sin paracaídas. No me prepararon para el olvido del público. Adaptarme al anonimato me costó mucho.

—¿Podríamos decir que adquiriste tu fama sin tener ningún motivo para merecerla?

—¡Cómo que no la merecía! Estuve en todas las competiciones que se celebraron, en todos los desfiles, en todas las entregas de medallas… ¡Y siempre con una sonrisa!

—Pero, tras los Juegos Olímpicos, no hiciste nada para seguir conservando tu estatus.

—¡Es que no es nada fácil, bonita! Para empezar, siempre he tenido problemas de identidad; nunca he sabido si soy un perro, un gato o un jabalí —responde Cobi exaltado—. Se lo pregunté muchas veces a Mariscal, y ni él sabía la respuesta. Que sepas que, tras años trabajando repartiendo pizzas, me llamaron para participar en Gran Hermano.

—¿Y qué pasó?

—¿Que qué pasó? ¿Me tomas el pelo? ¡Cogieron a Curro, la mascota de la Expo de Sevilla!

—Cobi, te noto muy nervioso. Para finalizar, ¿tienes algún mensaje para las mascotas de los actuales Juegos Olímpicos?

—¡A esos cinco monigotes no los conocen ni en su casa! ¡Fueron olvidados antes de que los dibujaran! ¡Que sepan que…! 

—Como podéis comprobar, queridos oyentes, aceptar la condición de muñeco roto no es sencillo —interrumpe la locutora—. Un consejo: seamos cautos a la hora de vanagloriar a las personas, ya que todo el cariño que un día les damos se puede convertir en veneno al día siguiente.