Involución
José Luis Rivas

Me llaman El Yeti. Mi verdadero nombre se perdió en la nieve de los tiempos. Nadie me ha visto, solo me conocen por el tamaño de mis huellas y la engañosa leyenda. De tanto en tanto hablan de mí como <El abominable hombre de las nieves>.
Vengo de una raza de hombres desconocida, que involucionó. No han podido dar con ella, por eso tanto misterio. Me gusta ser un misterio, me siento importante. Pero ¿por qué abominable? No molesto ni soy un peligro para nadie; son ellos los que me persiguen. Mi hogar es la nieve. Mi compañera y los cachorros, mientras yo cazo, disfrutan de ella. Queremos vivir tranquilos.
Cada vez me arriesgo más a que me vean, porque tenemos que comer. Me alimento como un animal, pienso como un hombre; por eso soy noble y mezquino a la vez.
De un tiempo a esta parte el clima está muy raro. La estación del frío ya no es tan buena para invernar. La primavera es muy bonita pero hace demasiado calor, los pájaros emigran antes de tiempo y muchos animales no han vuelto por aquí, ¿Qué será de ellos? Hoy en día es muy difícil mantener una familia. Menos mal que comemos de todo, como los humanos.
Tenemos que vivir huyendo. No sé qué pasa estos últimos años que hay menos nieve. Nos obliga a escalar montañas más altas para escondernos. Hasta el reino de las águilas, pero allí no hay comida para nosotros.
Nunca antes había visto la montaña pelada; es triste. Me gusta cuando está toda nevada, ¡tan bella!, y es imposible que me descubran porque mi pelaje tiene su misma blancura.
¿Qué harán conmigo si me dejo atrapar? A un oso amigo mío lo pusieron en una jaula y lo llevaron a un circo, donde la gente pagaba para reírse de é. Ya de viejo lo convirtieron en alfombra. Pisoteado por humanos ¡Qué horror!
Cuando estoy aburrido, pongo a trabajar a los hombres. Planto la huella de una de mis patas traseras y vienen volando a tomar medidas, fotos. ¡Rápido antes que el sol la derrita! Son diligentes, parecen ardillas, se rascan la cabeza, no entienden nada. Podrían haberse imaginado que camino erguido y puedo apoyarme en una sola pata, ¿no?
¡Cuidado! he sentido el crujir de una rama. Uno de ellos se apartó del grupo y se puso a curiosear. Que no me vea o vendrán los otros. Hace mucho ruido, no es buen explorador. ¡Silencio, me ha visto!, me apunta con un arma. Hay que actuar. Me doy vuelta y lo enfrento. Abro mis fauces y muestro mis colmillos, rugiendo por lo bajo para que no me escuchen. Suficiente. El hombre echa a correr aterrorizado y cae al barranco. Lo siento por mi lado humano, pero es el precio que hay que pagar.
Los demás científicos acuden a socorrer al compañero. No dejan a nadie cuidando la huella, que se derrite al sol. ¿Les parece inteligente su comportamiento? ¡Ah, los hombres..! Me quedo con mi inteligencia animal (IA).
¿Qué haremos sin nieve los próximos doscientos años? Tal vez tengamos que mutar a otra especie, en eso tenemos experiencia. Sería una pena. Ojalá no nos convirtamos en humanos; si siguen haciendo tonterías, ellos también se van a quedar sin alimentos. ¡Qué pesar!
Me voy antes que regresen. Por precaución, volveré sobre mis propias huellas.







