Sandy Manrique

Imaginaba

 

Llegaste a la empresa un lunes 9 de septiembre. Tú tan café con leche y sonriente que me ablandaste la guardia. Mis manos se relajaron y hasta experimenté algo parecido a la calma. El jefe te presentó en la junta matinal, Lucía.  Yo no estoy seguro de que me haya salido la sonrisa, pero me esmeré en mi postura cuando nos pidió levantarnos para saludarte

 

No me acerqué, no. Te miré de lejos como mira uno a los descubrimientos, con el deleite de saber a lo deseado cerca. Empezarías pronto a reunirte con las chicas de la oficina. Me preguntaba cómo pueden las mujeres hermanarse casi sin razón, quizá por la similitud en la cadencia de sus voces. Yo te miraba encerrado en mis sueños. Quería llevarte a casa como una computadora que necesitaba reparación.

 

Soñaba con decirte que quería sentir tus manos y el calor de tu nuca. Que estaba seguro que tu piel se electrizaría cuando regalara a tu oído un “shhh, shhh” o escucharas el susurro del roce de mis dedos. Hubo un momento en mi vida en que pensé que no conocería a nadie especial, hubo un momento en que me reconocía ajeno al amor. 

 

Por eso el verte aparecer había sido una hecatombe para mí. Tan embelesado quedé que  un compañero de trabajo se burló. Aseguraba que no me atrevería a invitarte a cenar. Yo no contesté. Hacía tiempo que había dejado que los fastidios del mundo desaparecieran sin hacer mella en mi ánimo.

 

Mi mente estaba ocupada creando historias contigo. En una de ellas, Lucía, te pedía que escapáramos de la oficina.  Tú accedías a mi plan. En mi mundo del revés salías encerrada en una valija con ruedas. Ya en mi casa te dejaba salir y estirarte. Te invitaba a que te deshicieras de tus tacones engorrosos y te preparaba la cena.

 

Ayer me esmeré en una nueva fantasía, Lucía. Había decidido  tenerte de una vez por todas solo para mí. Por eso me había visto en la necesidad penosa de haberte cubierto la boca con cinta adhesiva, de cubrirte la cabeza con una bolsa negra y de atar tus manos para que no alertaras a nadie. Esta vez, ya estando en mi cuarto, había podido verte muy de cerca y  contarte todo lo que  había sentido por ti desde que te conocí.

 

Lo que me desconcertaba es que empezabas a llorar. Te decía que no tenías nada que temer porque nada ahí era real, y que en últimas cuentas, si había alguien que tuviera buenas intenciones contigo, ese era yo. Trataba de tranquilizarte, no quería que tus lloriqueos entorpecieran la idea sublime que tenía de ti. No quería que te cayeras para hundirte en la vorágine de lo común.

 

Intentaba distraerte ofreciéndote comida.  Te quitaba la cinta adhesiva, lo hacía mientras ponía música con ayuda de las bocinas para que los vecinos no escucharan tu llanto. Te daba espacio, pero no comías. La historia se iría repitiendo cotidianamente  hasta que un día ya no despertabas.

 

Y yo  ponía tu cuerpo en una cámara de congelación. No quería perderte nunca. Quería seguirte viendo porque después de tanto tiempo me daba  cuenta que quería vivir contigo, aunque tú ya no estuvieras. Pero estabas ¿me explico?. Recibías un beso cálido en la mejilla todas las noches.

 

Y en un día no muy lejano me encontraban azul a tu lado. Porque en este mundo de irrealidad no había podido quedarme en mi cuarto sin ti, porque sabía que necesitabas mi calor y había ido a dártelo.

 

Pero hoy has interrumpido mis pensamientos, Lucía. Has cortado de tajo la tragedia donde tú y yo éramos protagonistas. En el mundo real has venido a mi oficina. Me has sonreído. Me has preguntado si voy a ir a la fiesta del trabajo, te he dicho que no, pero has insistido y has logrado que hagamos un plan para ir juntos. 

 

Esta misma noche entramos juntos a la velada.Todos voltean a vernos. Es la primera  reunión  a la que asisto acompañado. Me he puesto el traje decente que tengo mientras tú iluminas el salón vestida de rojo. Caminas cogida de mi brazo derecho. Por primera vez en mi vida, entiendo a lo que la gente se refiere con ser feliz.