Hybernum Fugit

Alejandra Gómez-Raya

La asamblea de invierno de las hadas se lleva a cabo en un claro del bosque de robles casi desnudos.
Su reina, sentada en un trono de madera de olivo, preside el complejo debate que se repite desde hace algunos años. Las bellas alas de color bronce parecen ser una extensión del traje de gasa del mismo tono que viste. Entornando los ojos y con un ligero gesto de los dedos, concede el turno a Ravén, el Asistente Real.
De pie, a su derecha, Ravén inclina la cabeza. Es un hada de mediana edad de alas rojas. Despega los labios y su voz, que es grave y profunda, resuena en el claro:
―El próximo punto del día es la travesía del hada de invierno: Caillech. Siento ser portador de malas noticias… Parece que la estación del frío llegará con retraso.
Un suspiro generalizado hace patente el desasosiego del auditorio.
―Igual que el año pasado… ―lamenta un hada anciana desde la grada.
―Así es ―contesta Ravén―. Como sabéis, Caillech lleva algunos años iniciando el invierno con demora. Parece que, además, ciertas adversidades meteorológicas han impedido su avance tal y como estaba previsto.
El joven Carlin, de alas doradas, es impetuoso y no espera el permiso de la reina para hablar:
―Preguntadle a los Silfos, las hadas del viento, porqué Caillech aplaza el invierno. Provocan tornados de forma deliberada que la ponen en peligro y enlentecen su viaje.
El silencio se apodera del debate.
La reina, con diligencia, se dirige a Álux, líder de los Silfos:
―Se trata de una acusación muy grave, querido Carlin. Álux, tienes el turno para defender a tu gente.
―Alteza dice el hada del viento con una sutil reverencia. Se toma su tiempo. Se da la vuelta y se dirige hacia la grada―. Es preciso recordar a los aquí presentes que las hadas del aire solo se adaptan a los cambios del clima. El calor es quién las moviliza. No
yo. Los humanos son los que nos arrastran a un «nuevo equilibrio». Sería pretencioso otorgarme tanto poder.
Carlin se remueve en su asiento.
―Será fantasma… ―masculla.
―¿Has dicho algo, muchacho? ―pregunta Álux.
―Tus adeptos dicen que sirven al clima, pero las ventiscas se les van de las manos ―contesta Carlin, poniéndose de pie―. Hablar de «un nuevo equilibrio» es retorcido. He oído lo que dices en tus meetings. Crees que podemos servirnos del cambio climático para reducir la cantidad de humanos.
―El ser humano no necesita ayuda para su propia destrucción ―dice el cabecilla de los Silfos―. Es necio. Egoísta. Su ambición le llevará a la extinción tarde o temprano. ¿Queréis que nos arrastren con ellos?
―Y, por ello, es mejor asesinarlos con tornados y ciclones.
Álux se dirige al público con una voz segura, apacible. Es la voz de un político:
―Si dejamos que el ser humano siga destruyendo el planeta, las tormentas serán solo el principio, Carlin. Todos sabéis que tarde o temprano los animales, confundidos, no hibernarán a tiempo. Sabéis que los hielos se fundirán y que, algunos bosques se convertirán en pantanos. Quizá desaparezcan. Y con ellos, nuestra raza. No podemos permitirlo. Es necesario tomar el control. Pasar al plan B.
La reina, con tono firme, interviene:
―Ya he escuchado suficiente. Carlin, por favor, siéntate. Álux: el fin no justifica los medios. Debemos creer que la Madre Naturaleza tiene sus propios recursos para sobrevivir. Debemos dejarnos guiar por su sabiduría y cultivar la paciencia. Lo que propones es inaceptable. Hablarás con los Silfos y facilitarán el camino a Caillech. Se le concederá al ser humano la oportunidad de progresar. Espero que haya quedado claro.
―Por supuesto, Alteza ―dice Álux tomando asiento.
Pero, en realidad, el silfo conoce bien la idiosincrasia del ser humano. Sabe que nada cambiará. Que es cuestión de tiempo que los cauces del agua suban y que el frondoso bosque se torne árido y estéril.
Él tendrá paciencia y esperará. Entonces, las hadas del aire se harán con todos los rincones de la Tierra y él podrá vestir de gasa en el trono de olivo.