Humilde vasallo orgulloso | Iñaki Rangil
Una vez despierto, tengo claro que algo va a suceder. Así lo siento en cada poro de mi piel. ¿Qué será? No tengo ni la menor idea. Mientras divago entre las dudas, comienzo con mi rutina diaria. Sentado en la cama, me estiro y desperezo. Miro por la ventana abierta, calibro la temperatura a la vez que hago predicción mental de los posibles fenómenos adversos. Ese ritual me permite seleccionar las prendas que portaré. Encamino a la ducha con decisión. Me miro en el espejo, decido no afeitarme, ¡total para hacer lo de siempre sin nadie delante! Me fijo un poco más, ¡hostias, estoy hecho un adefesio! ¿Ayer tenía esas arrugas? No las vi. Para asegurarme, arrastro el dedo por la superficie del espejo, no sea que, alguna mota adherida, distorsione mi imagen reflejada.
¿Qué pasa allí? No siento ninguna resistencia, una sensación líquida al tacto, es más, la punta del dedo se introduce sin ningún tope de freno. Le acompaña la mano, después el brazo. No salgo de mi asombro, mi cuerpo le sigue. ¿Hacia dónde? Buena pregunta a la que intentaré responder. La curiosidad me lleva a continuar ese viaje emprendido hacia lo desconocido. Cada vez más intrigado, quizás un poco ansioso por descubrir qué me deparará la aventura. Algo incierto seguro, imposible de creer, también. Sin embargo, estoy despierto y está sucediendo. Todo comienza a girar alrededor, luces brillantes de colores acompañan en un pasadizo por el que me deslizo flotando en el aire. Es una percepción extraña, como de pérdida de equilibrio, con cierto hormiguillo en las tripas, a la par agradable.
Aterrizo en un camino bordeando una pequeña laguna, junto a un descampado amplio. Miro mis ropajes que desconozco. De hecho, determino como prendas no correspondientes a mi armario, ni al de nadie conocido. Son ásperas en tono neutro de colores marronáceos, más bien indefinidos, prendas muy holgadas sujetas por cordones. No visto interior alguno y mis zapatos parecen un trozo de cuero envuelto al pie sujeto por unas tiras. Todavía no he determinado nada más cuando oigo cascos de caballo aproximándose a galope.
—Aparta de mi camino, patán. Lo pide tu señor —me dirige sus palabras un caballero armado como en las películas de temática medieval. Me arrojo al suelo fuera del alcance de las patas del equino.
—¡Cagüen tu p… madre! —el exabrupto sale sin permiso de mi boca. Y, más rápido aún, me arrepiento. Pero ya ha llegado a sus oídos. Eso o es que el podenco ha decidido finalizar su carrera.
—¿Cómo osas dirigirte a mí de esa guisa? Voy a abrirte en canal y clavar tu cabeza en una pica —dice mientras pincha sus espuelas en los flancos del cuadrúpedo atusándolo hacia mí, con su espada alzada en la mano.
Pienso que de esta no tengo escapatoria sin haberme hecho a la idea ni dónde estoy. Me pliego en señal de humillación. Del mismo modo. agradezco a mi cultura cinematográfica del género.
—Pido humildemente perdón, ignoraba a quién me dirigía. No me ha dado tiempo a verlo con la nube de polvo que ha levantado su esbelto corcel. Mis más sinceras disculpas, vuestra merced —me he metido en el papel. Además, parece haber funcionado porque ha detenido el embiste.
—Tienes suerte que mi jaco sí obedece mis demandas. De otro modo, habría insertado mi acero en esa esmirriada traza —resuelve mientras dirige sus pasos hacia su destino inicial dando por satisfecho el agravio del trance.
Respiro en profundidad, mi resolución me ha salvado. Doy por bueno haber improvisado sin pensarlo y a tantas horas delante de la pantalla. Sin sobreponerme, decido asearme en el agua para estar más presentable después de haber rodado por el polvo.
Al aproximarme a la orilla, veo reflejada mi cara tan estática como si aquel agua fuese sólida. Al sumergir mis manos, una fuerza terrible tira de mí. Para cuando me quiero dar cuenta, me encuentro entero… (Si deseas un final redondo sigue leyendo Opción 1. Si no es así pasa a la Opción 2)
Opción 1
… dentro del mismo túnel por el que rato antes había aterrizado en aquel lugar extraño. La situación es un proceso inverso. En esta ocasión, aterrizo en mi cuarto de baño con muchas preguntas y ninguna respuesta. FIN
Opción 2
… dentro de otro túnel similar al de entrada a ese lugar. Cuando aterrizo, miro perplejo mi vestimenta. Un uniforme blanco y acolchado veo a través de la especie de pecera en la que tengo enfundada mi cabeza.
Últimos relatos







