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Graciela Figueroa | Ojos azules

En el apacible Pueblo del Lago, reconstruido al pie de una montaña solitaria, sucesos inquietantes alteraron la paz. Primero fue la desaparición de los niños que jugaban a orillas del lago, cuyo rastro se desvaneció como si la misma bruma los hubiera borrado. Poco después, apareció un sujeto extraño, alto y delgado, con penetrantes ojos azules que brillaban sutilmente como brasas en la penumbra. Su sola presencia agitó los recuerdos de los ancianos, que murmuraron algo sobre la época en que Belerión, el dragón, dominaba los cielos.

Nadie había visto jamás a un hombre semejante. Andaba por los caminos sinuosos junto al lago, abstraído, oteando el horizonte como si buscara un secreto. Los aldeanos lo observaban en silencio, con temor y desconfianza. Algunos lo creyeron un hechicero, dispuesto a desatar artes oscuras; otros, un emisario celeste, portador de un anuncio funesto.

Con los días, nuevas desgracias cayeron sobre el pueblo. Hombres y mujeres desaparecieron sin rastro, y el bosque que había recobrado su verdor volvía a impregnarse de presagios oscuros. El temor se propagaba como una sombra en el ánimo de la gente.

Una tarde, cuando el sol se ocultaba tras la montaña, el forastero entró en la taberna. El aire se tensó como una cuerda. Las conversaciones se apagaron, todos lo miraron con cautela, solo quedó el crepitar del fuego. Tomó asiento junto a la barra, callado, irradiando una inteligencia afilada que brillaba en sus ojos. Nadie dudaba de que era un hombre poderoso, pero no parecía alguien en busca de amistad, y nadie lo abordó.

Aquella misma noche, un aldeano soltó un grito desgarrador en la oscuridad. Nunca regresó a su casa. Desde entonces, las puertas se cerraban temprano, y los rezos llenaban las ventanas. El hombre de los ojos azules fue marcado indiscutiblemente como sospechoso.

Durante algunos días se esfumó de la vista de todos, hasta que regresó en una mañana húmeda de invierno. No buscó compañía, pidió acceso a los textos más antiguos del archivo. Escudriñó pergaminos y crónicas olvidadas, hasta hallar lo que ansiaba: vestigios de un poder ancestral, un espectro que rondaba las profundidades del lago, invisible y hambriento.

La noche más larga del año, el forastero se adentró en la oscuridad. Descendió hasta la orilla del lago. La bruma reptaba desde el agua, pegándose a su piel como un velo helado. De pronto, un murmullo gutural surgió de las profundidades, y el espectro emergió como humo negro, espeso, y se alzó con la forma de un cuerpo sin rostro.

El aire se volvió irrespirable. Los árboles crujieron en su interior. El espectro avanzó, extendiendo sus tentáculos de sombra. El forastero alzó las manos, y una ráfaga azul destelló en la oscuridad. El choque fue brutal: un relámpago partió el cielo, las aguas se agitaron y, por un instante, el lago entero pareció gritar.

Entonces, la sombra tembló, contrayéndose, hasta deshilacharse en jirones de humo que el viento arrastró hacia la montaña. El lago quedó en un extraño silencio.

Al amanecer, el forastero partió sin decir una palabra. Su figura se fue desdibujando entre la bruma que aún dormía sobre el camino. Desde las casas, los aldeanos lo miraron alejarse: algunos con gratitud, otros con un miedo que no osaban nombrar. Había liberado al pueblo de un mal ancestral; sin embargo, nadie pudo conocer su nombre ni supo de dónde había llegado.

Solo quedó la certeza de que, desde aquella noche, el Pueblo del Lago jamás dejaría de recordarlo.

 

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