Gracias, Mamá

Ángel Climent

Leo levanta la tapa del wáter y grita:

—¡Mamá, ¿dónde tienes el Sanytol multiusos y los trapos de limpiar?!

—¿Ya vas a ver qué te depara tu futuro?

—Sí, quiero saber si le puedo pedir que se case conmigo.

—No hace falta; ya te lo digo yo: no te conviene, no estáis enamorados, ni tú ni ella; lo que tenéis es un calentón. Deja que pase y búscate a otra.

—Eso es lo que siempre me dices; ninguna de las chicas que busco te gustan.

—Y siempre acierto; con esta tampoco me equivoco pero, si quieres usar el poder que tienes para convencerte, adelante.

—Sí, es lo que voy a hacer.

Coge el spray y rocía el asiento del wáter, lo limpia con un trapo y lo seca con otro; se baja los pantalones, el slip y se sienta. Para tener las visiones, su carne tiene que sentir el plástico en sus nalgas.

Una vez sentado, levanta los pies y los coloca encima del bidet, que se encuentra delante de la taza del retrete; flexiona las piernas formando un ángulo obtuso, cierra los ojos y empieza a murmurar. Poco a poco, en su cabeza, van sucediéndose imágenes que va dejando pasar hasta llegar a la que él busca: el día de su boda con la chica con la que quiere prometerse.

Se detiene en la vuelta que están dando los recién casados durante el banquete, de mesa en mesa, para entregar el recuerdo de la boda. Al llegar a aquella en la que han colocado a todos los solteros para que se cumpla el dicho: «De una boda siempre sale otra boda», la visión se ralentiza. Él se fija en una pelirroja con dos mechones azules, de uno cincuenta de estatura; gafas de culo de vaso; más fea que Picio… de la que todos los amigos dicen que «se va a quedar para vestir santos». Ella se fija en un amigo del novio: uno ochenta, moreno, ojos azules, pecho atlético y tableta de chocolate envidiable en el torso; al cruzarse las miradas, los cuatro sonríen y sus ojos dan vueltas haciendo chiribitas, como lo hacía Marujita Díaz.

Acaban de repartir los regalos; regresan y se sientan en el centro de la mesa principal, donde los esperan los padres. Suena la marcha nupcial, y el maître del salón entra con el pastel de bodas, mientras todos, de pie, cantando, agitan las servilletas al aire, dándolas vuelta; se levantan los dos, se miran y dicen al mismo tiempo: «Tengo que hablar contigo».

—Tú primero —dice él.

—No, tú.

—Mira, Loly, creo que lo nuestro no va a funcionar.

—Eso te iba a decir yo.

—Ha sido en la mesa de los solteros; he visto cómo han brillado tus ojos al presentarte a Juanra.

—Lo mismo que te ha pasado a ti cuando has conocido a Reme.

 

Se levanta, se sube el slip y los pantalones y, una vez en el comedor, le dice a su madre:

—Tenías razón, mamá.

—Ya te lo decía yo: tú ves el futuro, pero yo soy gata vieja y tengo mucha experiencia. ¿Qué has visto?

—Que, si nos casamos, tanto ella como yo vamos a llevar más cuernos que un saco de caracoles, y acabaremos separándonos; lo mejor es dejarlo estar. Voy a hablar con Milagros. 

Coge el móvil del mueble del recibidor, busca el número y llama; al tercer tono, contesta, sin gana, una voz:

—Sí, mi amor, dime, ¿qué quieres?

—Verás, te llamo para invitarte a cenar esta noche.

—¿Esta noche? Uf, no sé…

Tranqui, reina, que no te arrepentirás.

—Bueno, si tú lo dices, pero…

—Venga, no te hagas de rogar, yo llevaré a mi amigo Juanra y tú, por favor, invita a Reme.

—Está bien, ¿a qué hora quedamos?

—A las ocho en el Rey de la Gamba. ¿Okey?

—Okey.

Deja el móvil en el mismo cajón de donde lo cogió, se dirige hasta donde está su madre y, abrazándola, le dice:

—A veces, al futuro hay que darle un empujón.