Gotelé | Verónica Sancho
La pintura se ha desconchado
junto al marco de la puerta
de tu habitación.
El portazo mefítico. O el aire estridente.
Cansada de los gritos
y no poder taparse los odios.
Dime dónde tienen orejas las paredes.
Tal vez el gotelé ha sido el llanto
del pecho y las alas
y debajo hay esperanza.
O el amarillo, de los locos, le dicen
ha agriado el tono de nuestra casa.
O se ha rendido.
¿Nos rendimos o damos una nueva capa?
Verónica Sancho
Nuestra casa es pequeña, perfecta para dos. Entramos, tras su entrenamiento de baseball, y me quedo apoyada en la puerta mientras le observo. Camina por el pasillo con las uñas rascando la pared como si quisiera arrancar la pintura. ¿Hay algo que no quiera desgajar de la casa, del mundo o de mis entrañas? Estas que le retuvieron cuarenta y dos semanas.
Avanzo por el pasillo acariciando la pared porque temo que el hogar está empezando a dar acuse de la falta de mimo. Un enchufe del salón descolgado, la puerta de su armario condenada a una muerte próxima en cuanto falle la única bisagra que la sostiene. Los corazones, el Dvd, el calcio de mis huesos, su hostilidad. Tengo que ocuparme de tanto…
Y solo recibo malas caras.
Quiero comprenderle, la edad de cambios, de conocimiento propio, el enfado con la vida. La teoría, perfecto. Pero en la práctica, no lo soporto.
Al menos respetaba las comidas, pero hoy ha soltado un matricida “esto huele a pantano podrido, ya no sabes ni cocinar”. Una de las alas abatibles de la mesa se ha abierto de repente alejándome del impacto, arrastrando la silla, él ni se ha enterado, ha separado el plato y se ha encerrado en su habitación. No consigo cerrar la mesa. Ni la pena, aunque esta vida no la merece. Hay días que pienso en rendirme, pero soy su madre y me atormenta más sentir que lo abandono que seguir lidiando con su desprecio. Es la edad, me digo, y cuando pienso que a veces siento odio por mi propio hijo me duele tanto la matriz que tengo que acostarme encogida.
Su mejor amigo es Julio, se conocen desde la guardería y a menudo viene a comer y se encierran a jugar a qué sé yo. Pero es un chico encantador que parece llenar de brisa el hogar durante un rato, siempre me pregunta cómo estoy, me sonríe, pero claro, dudo de si será así también con su madre o son todos extraterrestres que mutan ante el olor de la sangre de su sangre.
Hace mucho que Julio no viene, en la cena le pregunto qué ha ocurrido entre ellos, él grazna un “a ti qué te importa, joder” que hace que se despliegue la otra ala de la mesa. Esta vez me arrastra contra la pared y me aprisiona, no consigo respirar y le miro desde esta distancia tan absurda entre seres amados, y no me ve, o si lo hace no le importa que me quede sin aire. Se marcha de nuevo a su cueva y la mesa me libera lo suficiente como para que consiga aspirar todo el aire que me rodea para soltarlo en un suspiro sonoro.
Hoy he comprado un nuevo Dvd y ha venido el manitas y el pintor, tendré que ocuparme de lo que sí que puedo; qué dóciles son los objetos con las manos que saben tratarlos, qué amables. Menos la mesa, ni entre los tres hemos conseguido cerrar las alas abatibles, así que continuamos comiendo con la distancia de este mueble que solo abría cuando celebraba sus cumpleaños, para que le rodeasen todos sus amigos.
̶ Podrías invitar un día a Ana a comer, he visto que habláis mucho.
Me arrepiento al instante de ese comentario porque va a ser inevitable que me conteste que si le estoy fisgando que quién me creo que soy que ojalá no viviese conmigo…pero como un milagro, sonríe algo ruborizado y dice que ya veremos. Una de las alas de la mesa se cierra y una de las mías se despliega, la silla acorta la distancia y el cosquilleo que esto me provoca en el estómago, como una atracción de la feria, hace que sonría. Al verme, entorna los ojos al techo y se sonroja una poco más.
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