Gilberto Naranjo

Fugaz Vida

Estoy en una silla de madera noble, con gesto seco. Los labios pegados como un sello, ligeramente caídos por los bordes. Mis ojos cristalinos reflejan tu féretro. 

Está al fondo, perpendicular a mí. Algunas coronas sin gracia lo rodean. Mis tíos, tus hermanos, no dicen nada. Creen que soy demasiado pequeño para comprender.

Me evaden. Su vergüenza les impide dirigirse a mí. Se trata de una ceremonia en la que hay que aparentar: atender a las escasas visitas, salir del paso y volver a sus vidas vacías.

Siempre estuve pegado a ti, desde que formaba parte de tu propio cuerpo. Tu piel cetrina y tu larga osamenta me envolvían: me guardaban en tu cofre.

Tengo impregnado tu olor a esfuerzo, a sudor acre, fruto de la abnegación. Recuerdo cuando llegamos, me llevabas pegado a tu pecho, envuelto en un chal azul.

Desde entonces, ellos ya están demasiado ocupados. Aceptas el trabajo de masajista porque es el único en el que no preguntan. Sin seguro, sin contrato, al contado.

En la trastienda calientas las verduras en un infiernillo de butano, en los tiempos libres. Y me las das a cucharadas, como un avión que aterriza en mi boca.

Me miras y dices sin hablar. De bombardeos, de miedo, de llanto, de desolación. De hombres de verde, con casco, oliendo a gas-oil, a vodka.

Sus ojos no miran, no son los suyos. Te fijas, y son niños rubitos, con la inocencia truncada. Arrastrados por la marea que los lleva a la crueldad, sin saber por qué. Sin preguntar.

Te apoyas en el puesto fronterizo, bajas la mirada y me ocultas dentro de tu chal azul. Uno sin cara mira a tu pecho y me tapas más adentro.

Luego toca tu piel brillante, hunde la punta de su fusil obsoleto M-1891, descubriendo tu escote. Te giras de espaldas y me envuelves como si volviéramos a ser uno.

 

Ahora clava su arma debajo de tu espalda y bajas la cabeza. Sin preguntar, abre la barrera. Me llevas en tu regazo, aún no puedo comprender.

***

Tengo once años, sigo en la trastienda. Entra un cliente. Tiene tensión en el sóleo. Se quita los pantalones y se sienta en la camilla. La luz amarilla brilla sobre la pierna derecha.

Tiene el pelo rubio, va sin afeitar. En su cara está dibujada la soledad del alma. Te mira con un dolor viejo. Le pides que se recueste boca abajo. No se mueve.

Se inclina hacia la pierna brillante y se la desencaja. Es una prótesis. Por debajo de la rodilla, un pedazo de piel cerrada. Parece un codo de pan de pueblo.

Le repites que se recueste, como si nada. Y empiezas a masajear la otra pierna. La untas con aceite y trabajas el músculo con habilidad. Emite murmullos de alivio.

Como si por un corto espacio se borrara la barbarie que ha cometido. Como si no hubiera ocurrido. Continúas con la toalla caliente, para acabar.

Te mira, y en un susurro te habla. Señala para la otra pierna, la que no está. Te dice al oído que también le duele. Lo reconoces, pero no dices nada.

Actúas sobre la otra acariciando el aire. Te esmeras mucho más. Marcas en la nada los contornos, desde la rodilla real, hasta el talón imaginado.

Ahuecas otra toalla humeante. La sostienes simulando la pierna que no existe y te mira. Llora. Exhala sonidos que quieren ser palabras. Le tapas la boca con delicadeza.

También quieres llorar, pero no puedes. Hace mucho que no tienes lágrimas. Hay una rabia sepultada bajo mil escombros que no tiene sitio por donde salir.

Se incorpora en silencio y se viste. Se te acerca con un ligero cojeo y te desliza un billete de cien por debajo del hueco de tu mano. Tus ojos se encuentran con el brillo de los suyos.

Reprime una nueva lágrima. Esta vez le rebosa de su boca un escueto: «gracias». Guardas el billete en el sujetador, sin pasar por caja. Sale calle abajo.

***

Hoy te miro a través del ataúd, aunque sé que ya no estás. Te hablo para que sepas que te veo. Lo que queda de lo que fuiste está en mí. Soy yo. Gracias. bando.