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Fue | Noelia Cuadrado

Fue | Noelia Cuadrado

Cerré la puerta de mi casa después de haberte visto desaparecer por el pasillo. Una bola de ardor se creó en mi estómago. Un nudo espeso atascó mi garganta. Me senté en la cama; miré el infinito con la mente aún en shock. Creo que una paliza de veinte matones me hubiera dolido menos que tus palabras. No fueron duras en sí, ¡para nada!, sino más bien… frías. Intenté asimilarlas. Siempre fuimos una relación de tres: tú, yo y ella. Y esta vez no me elegías a mí.

 

Desde ese momento, mi mente salta imparable de una emoción a otra: me enfado, te quiero, te odio, te echo de menos, me enfado conmigo misma, me doy pena, me das pena… Es complicado. Entiendo que yo soy puro fuego, pura ansiedad. Tú, en cambio, aparentas ser calma (o, más bien, una especie de desgana); la extraña y engañosa quietud que refleja la depresión, la que representa ella: tu mente, la elegida en este trío, la que te genera creencias equivocadas respecto de los sentimientos. Te lo expliqué una y otra vez; intenté abrir tus ojos, aliviar tus heridas para que no me salpicara la sangre. Pero te fuiste, y lo dijiste frío. Ahogado, pero frío.

 

No sé nada de ti: cómo estás, qué sientes, qué ocurre en tus días desde entonces. Por lo tanto, mi mente crea películas para rellenar esos vacíos de información, y me castiga y te imagina divirtiéndote, sin atragantarte con nudos de lava, como yo; cerrando el cajón del olvido con mi nombre dentro. ¿Seré una más ya? Imagino que querer de una forma menos apasionada hace más fácil olvidar. ¿Acaso piensas en mí? ¿Sientes, como yo lo hago, mi cuerpo tocar el tuyo? ¿Te acuerdas de mis besos, de mi risa y de lo que la provocaba? ¿O también has echado todo esto al cajón? 

 

Recuerdo mi brazo rodear tu cuerpo cuando nos íbamos a dormir, tumbados en paralelo, lateralmente; tú tomabas mi mano entre las tuyas y la llevabas más cerca de tu pecho, lo que hacía que nuestros cuerpos se juntaran más. Mis labios se aproximaban a tu espalda, y rozaban suavemente ese mundo de montañas y mares tan sutil que tienes grabado en esta. Separaba los labios, y mi mente susurraba: “Te quiero”. Pero mi boca no lo pronunciaba: sentía que sería demasiado; más de lo que ella podría soportar, más de lo que tú podrías reconocer (que no digo sentir…). Esos ojos almendrados y su forma de mirarme… siempre acababas acariciándome la frente con los nudillos y sonriendo. Lo consideraba como una correspondida respuesta a mi callado susurro nocturno.

 

¿Recuerdas cuando no te dejaba dormir por mi verborrea nocturna? Siempre llevamos ritmos diferentes en todo, está claro. Cuando te metes en la cama, ¿aún extiendes el pie para encontrarte con el mío y acariciarlo mientras lees? ¿Me echas de menos? ¿Alguna vez me atreveré a enviarte esta carta?

 

“¿Para qué?”, me pregunto cada vez que la idea me ronda la cabeza. Tomaste una decisión: seguir una vida en la que yo quedaba fuera; priorizarla a ella, tu mente, la tercera en discordia; solucionar y ordenar tus pensamientos, tus heridas… Y no quisiste que yo te acompañara en este proceso. Aún sigo sin entenderlo bien…

 

El hecho de generar ideas de las que sé que pertenecen a una realidad distorsionada, que no son del todo verdad, alimenta mi temor a que todo lo vivido haya sido falso y… ¡qué quieres que te diga!, a veces, me ayuda. No sé odiar a aquel a quien todavía amo; no puedo enfadarme con alguien que no ha hecho nada malo, sino solo no poder quererme de la manera que yo quiero. Enfocarme en algo, tergiversarlo, hace que mi enfado aumente y, con ello, mi fuego interno. Allí es donde quiero estar, hoy al menos (mañana volveré a echarte de menos, sin más). Estar quemando recuerdos es el punto en el que necesito estar, echando emociones a la hoguera. Si no puedo arder de pasión, de placer, de amor… al menos, que el malestar me abrase. Porque, si para algo nací, fue para incendiarme en sentimientos. La frialdad tendrá que esperar a mi fin para poseerme durante el resto de la eternidad.

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