Frenar | Sandy Manrique
La notificación de un mensaje de texto interrumpe el trayecto. Tin Tin. Segundo mensaje. Tin Tin. Tercero.Tin Tin. Ella no regresa a mirar su móvil, no hace intento de responder.
—Contesta, le dice él.
— No es importante.
—Frena. Me bajo aquí.
Voz como rugido sale del pecho de Adamo. La camioneta de su mujer se desliza unos metros más antes de detenerse por completo para dejarle bajar. Lena siente el aire helado en el rostro cuando él desciende en una calle desconocida, la nieve cubre las llantas del vehículo que recorren esa superficie pegajosa.
El fuerte portazo de Adamo parece sellar toda posibilidad de conversación. Se aleja a pie sin voltear a mirar a su esposa. Tras sus labios se asoma una mueca de disgusto que terminará diluyéndose en el paisaje lechoso.
Lena observa montículos de nieve por doquier, los ve extenderse hasta donde llega la vista, en medio va ese hombre del que se enamoró hace años, caminando con prisa aunque la nieve le atrase las pisadas. Su rostro emerge del cuello de piel de zorro de su abrigo invernal. Con la barbilla levantada, no se detiene, mira adelante, como si tuviese una ruta que completar, una meta.
Pegada al volante, Lena aprieta el embrague y luego lo suelta con suavidad hasta alcanzarlo. Su esposo parece no notar que ella se ha emparejado. No voltea, continúa en su andar ausente. Lleva una expresión de dolor.
Las palabras de Lena le llegan como la brisa que podría helarle las mejillas si estuviera consciente de las bajas temperaturas. Aísla la la voz de su mujer como si se tratara del maullido de un zorro en medio de la noche, aquel que escuchaba desde casa escondido bajo las sábanas. Esto de no escuchar le había servido para protegerse desde que era niño.
—¿Esto qué significa, Adamo?
El hombre sigue caminando con pasos firmes, moviéndose casi con rabia, a una velocidad que ella no veía hace mucho. Las ruedas del vehículo siguen girando, lentas como si su movimiento pesara. Los rines siguen empapados de lodo y agua.
Ella sigue avanzando en la camioneta al paso de Adamo, sin darle tregua. La calle ya se ha vuelto un muladar que contrasta con la pureza de la nieve.
— ¿Regresamos juntos a casa? ¿qué pretendes?
A él se le ha cubierto el cabello de copos de nieve que brillan al lado de sus canas, casi inadvertidos en su abrigo blanco. Sus pestañas amenazan con congelarse. Ella sabe que él está molesto. Lo sabe por sus botas golpeando el pavimento, el sonido de la nieve hundiéndose bajo sus botas, slush sin descanso.
Ella lleva las ventanas abiertas mientras conduce y lo acompaña en silencio. Avanza por varios metros, minutos pausados, hasta que las botas de invierno de Adamo se plantan en ese hielo. Está cubierto de nieve, completamente blanco y con la mirada perdida, su imagen frente al parabrisas parece la de un fantasma.
— ¿Por qué me sigues?
Adamo golpea el cofre sin guantes, azota la superficie con las manos abiertas, una, dos, tres veces. Clang. Clang. Clang. Sus pupilas parecen acompañar la vibración del metal.
—Quiero una explicación— dice ella con voz firme desde el asiento de conductor.
Él golpea repetidamente el lado de la puerta en donde ella se encuentra con un rostro desencajado que ella desconoce.
Ella se baja del auto y lo encara.
—Calma— le dice cerrándole el paso a su esposo, acercando la mano para intentar tocarle el rostro.
Adamo se abalanza sobre ella como una ánima, le da un empellón limpio.
—¿Qué te pasa? Grita ella luchando por mantener el cuerpo firme.
—No me pasa nada. ¡Lárgate! dice él con voz de estruendo. Sin dilación suelta una bofetada que deja a Lena en el suelo. Se le encarama con una expresión que ella jamás olvidará.
Hundida en la nieve, mientras sus cabellos flotan en el agua mugrosa, arroyo que se crea cuando la nieve se deshace, se percata. Él lo sabe. Sabe lo que ella había ocultado con tanto sigilo y había decidido olvidar. Lena se protege con las dos manos.
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