Fíjate bien, Efrén | Iván López
El crudo frío de la sierra terminó despertándolo. Se puso encima su sarape, aunque sintió que no le cubría nada. Afuera, sentado en una piedra frente a una fogata, estaba Don Silvestre. También vestía su jorongo y un sombrero, aunque fuese de noche, quizá pa cubrirse la cabeza y las orejas del frío. Se
sentó a su lado, consciente ya de que aquello era un sueño, porque Don Silvestre había muerto hace décadas. El silencio entre ambos era amortiguado por el crepitar de las ramas, hasta que el anciano trató de hablarle, pero de su boca no salían más que melodías ininteligibles en otomí, su lengua materna. Efrén no se sorprendió, el propio Silvestre le dijo que, aunque pudiera aparecerse en sussueños, al estar en otro plano le sería imposible comunicarse con él. Entonces las llamas se apagaron y en medio del silencio nació el llanto de un bebé recién nacido, al oírlo, los ojos bien abiertos de Don Silvestre se clavaron en su rostro y él, lo entendió todo.
Despertó con el alba, sabiendo con claridad lo que aquellos ojos habían querido decir. Desde aquella fría mañana en la que el gallo cantó diferente al asomarse el sol, Efrén fue capaz de notar algo distinto. Notó también que los animales se arrejuntaban inquietos en los corrales, que el agua del río
rumoraba una melodía distinta al pasar por el pueblo. Notó que los grillos cantaban frenéticos y ansiosos, que el aroma dulce de la tierra cuando llovía se había extraviado. Se percató también del sabor que ahora tenían los duraznos y las granadas que siempre se daban en abundancia durante la época, era un ligerísimo cambio, apenas una nota más ácida de lo que acostumbraba tener el sabor de esas frutas.
Todos esos cambios eran indicios, señales sutiles de que algo se acercaba. Pero donde la rareza era más evidente, donde Efrén no podía dejar de notar los cambios era en el aire, el pesimismo y la hostilidad inundaban las calles aletargadas del pueblo, un silencio incómodo se adueñaba de la atmósfera y con el simple respirar del aire, el viejo Efrén notaba algo distinto.
Y cada vez que percibía una extrañeza, Efrén recordaba a Don Silvestre y su aparición en su último sueño, y su voz le llegaba a su mente casi como una imagen, recordando algunos consejos que le dio en vida. “Fíjate en el canto de las aves, Efrén, en el sabor de los frijoles y las tortillas, en las canciones que te
canta el viento, fíjate si son canciones de gozo o de lamentos. Fíjate en el andar del cacomixtle y en la prisa que lleven las hormigas. Fíjate bien, Efrén”
Recordaba sus ojos, negros y redondos como las piedrecillas que lanzaba al río de niño, esos ojos bien abiertos que le dijeron todo: “Fíjate bien”. Ahora, a cada instante buscaba entender el mensaje, traducir las señales que la naturaleza enviaba.
Cuando estaba por caer la noche, mientras Efrén vagaba por las faldas de un cerro, sintió el cimbrar del suelo y el crujir de la tierra, además de presenciar como una única grieta nacía de sus pies con dirección a la casa de Lucía. Sin pensarlo dos veces, corrió en dirección a esa casa, las manifestaciones eran obvias, no era cuestión de escuchar, sino de observar a la naturaleza y la sabiduría de su lenguaje.
Al llegar a la pequeña casa, encontró a la mujer sola y a punto de dar a la luz, aunque no sabía nada, Efrén recibió a la criatura al mundo, al hacerlo reconoció en el llanto de la niña, el mismo tono y potencia del que había escuchado en sus sueños. Dejó a la pequeña en brazos de su madre, quién se deshacía en elogios con el viejo por haberla ayudado, pero él apenas y la escuchaba. Con la mano en la barbilla, trataba de interpretar todo lo que había sucedido, pero no entendía nada. Sólo sabía que aquella niña sería importante y algo tenía que ver en esta historia.
Salió de la casa y una vez más abrió bien los ojos y aguzó los oídos, en busca de entablar un nuevo diálogo con la tierra de aquel pueblo.
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