Estrujus Trulurujus

Jimena Vallina

Me fui despertando debido a movimientos externos. Despegué el rostro de una textura áspera, y noté un leve picor en la cara interna de mis muslos. Permanecí un rato en un estado hipnagógico a causa del hambre y de la sed. Fui consciente de qué era aquello que me cargaba a sus espaldas cuando mi legañosa mirada fue haciendo un recorrido muy, muy largo. No sabría decir cuánto medía ese pedazo de cuello pero, sin duda alguna, mi medio de transporte se trataba de un Apatosaurus. Tensé el cuerpo con el fin de mantener el equilibrio, lo cual fue suficiente para que el cuellilargo se diese cuenta de mi presencia. Se detuvo y, en un solo movimiento, enroscó el cuello y volteó la cabeza, como si el primero estuviera hecho de gelatina.

Su belleza era excéntrica, sujeta a la subjetividad. Parecía una serpiente con patas y sus escamas seguían el gradiente de colores fríos. A pesar de sus imponentes dimensiones, no sentí miedo; es más: sentí amparo.

Me sobraban razones para quedarme quieto; me faltaban para saltar. Al fin y al cabo, el tacto de su lomo era mejor que no encontrar tacto en absoluto. Llevaba semanas —o tal vez meses— sin sentir el roce de un ser vivo, así que su calor fue de agradecer.

Dio un salto, y nos elevamos hacia el cielo. Entonces caí en el error cometido al asignar la especie de mi acompañante. Se volvió a girar como para confirmar que seguía ahí. Y ahí estaba yo, aunque a duras penas porque, en la subida, su cuerpo se dispuso perpendicular al suelo, lo que para mí fue una dificultad imprevista. Me aferré contrayendo los músculos al máximo.

Volaba sin servirse de alas, con movimientos ondulatorios. El viento, azotándome la cara en los desvíos bruscos, me hacía sentir increíblemente vivo, teniendo en cuenta mi escaso reservorio de energía física y mental.

Miré hacia abajo, y oteé el desorden arquitectónico que era la ciudad a la que no tenía ninguna gana de volver. 

Otra vez, sin avisar, cambió de posición para bajar en picado. Parecía uno de los meteoritos que a punto estuvieron de acabar con todos nosotros hacía siglos.

Aterrizamos en terreno árido, y tuve una mala sensación al vislumbrar un grupo de personas acercándose entre aspavientos y voces intensas.

—Muchas gracias. ¡Estamos contentísimos con la empresa! Escribiremos la mejor de las reseñas —aseguró extasiada la mujer que me estrujaba contra su pecho. Luego se dirigió hacia mí—: Un día se me parará el corazón por tu culpa.

—Ni se te ocurra volver a escaparte —añadió con severidad el hombre que permanecía al lado de ella.

La criatura voladora se fue, y unos niños, cuyas caras comencé a recordar, empezaron a manosearme con un cariño bastante mal transmitido.

Al llegar a casa, sacaron agua y comida en abundancia. Una vez nutrido, me dirigí por inercia a uno de los cuartos y, nada más entrar, el sentimiento de familiaridad con aquellas paredes aterciopeladas me invadió. Había, en una de estas, un objeto rectangular que reflejaba todo aquello que se encontraba enfrente. Me puse delante.

Un bicho con ojos extraordinariamente grandes que brillaban en demasía me miraba perplejo. Su cuerpo rosado, pequeño, redondeado y peludo daba sensación de suavidad extrema. Bajé la mirada:  la apariencia de mi brazo no distaba mucho de aquello.

En ese momento de confusión, escuché unas voces que venían de fuera. Me asomé y ladeé la cabeza para facilitar la llegada del mensaje hacia mi oído izquierdo.

—¿Se encuentra el Estrujus Trulurujus número 5968 con ustedes? —preguntó una voz madura y masculina.

—En estado deplorable, pero sus emplesaurios lo han traído a tiempo —respondió la mujer del afecto excesivo.

—Es improbable que vuelva a suceder. Los Estrujus, después de ver el riesgo que conlleva seguir los impulsos de libertad, aceptan su condición y aprenden cuál es su sitio.

–Aquí sabe que no le faltará  nada —aseguró ella finalmente.

Mi memoria se encendió, y recordé aquel día en que la única opción era huir al mundo salvaje.

No estoy seguro de si mereció la pena, ni tampoco sé si volveré a intentarlo. De momento, lo único que me pide el cuerpo es restregarme contra las paredes de terciopelo.