En época de lluvias

Sara Roig

Ha anochecido en Diakhao. A las afueras del pueblo, en una cabaña de un único espacio, la pequeña Nasha se acuesta en un colchón de paja.

Mam bou djiguen, cuéntame otra vez el cuento de mi ángel.

Diatou, que acaba de recoger el cacharro donde ambas han cenado, se acerca lentamente hacia ella. Se sienta en el colchón, levanta la cabeza de la niña y la acomoda en su regazo. Sus manos, ahora ya temblorosas, acarician en silencio el pelo de la pequeña. Nasha cierra los ojos unos instantes y siente el calor de las piernas de su abuela en la mejilla. Con su hablar grave y rasgado, Diatou le cuenta:

 

—Hace algún tiempo, en Diakhao, vivía una chica enérgica, inteligente y bonita. Tenía las caderas y los hombros anchos, las piernas largas y la cabeza siempre alta. Era fuerte, de cuerpo y espíritu. Sus ojos eran oscuros como las noches de luna nueva,  pero su mirada, viva e intensa. Día a día, crecía en su vientre una nueva vida. La promesa de su descendencia. Y, con esta, la necesidad de forjarle un camino mejor que el suyo. —Hace una pequeña pausa para comprobar si la pequeña aún sigue despierta. Al ver que sí, prosigue—: Pero las cosas nunca son fáciles para la gente humilde. Y ella, como nosotras, era tremendamente pobre. Por todo el país resonaban las historias de éxito de algunos senegaleses que se ganaban la vida en Europa. Pero todos sabían que los que perecían en el intento eran muchos más. Para ella, sin embargo, no existía alternativa. No iba a poder perdonarse el no haber intentado conseguir un futuro mejor para ambas. Así, su valentía la llevó a contactar con los grupos que organizaban los transportes y, tras haber hipotecado su presente y su futuro, consiguió un pasaje para emigrar. Sabía que se mezclaba con individuos de la peor calaña, pero ella estaba convencida de que las cosas más maravillosas de la vida requieren grandes sufrimientos. Como siempre, en este punto de la historia, el nudo en su garganta empieza a formarse—. Y, pasados unos meses, se marchó. Aquel día, sus vibrantes ojos azabaches eran felicidad y temor por partes iguales. Pero, aun así, se fue con la mayor de las sonrisas. La primera parte del viaje fue por carretera. Viajaron tres noches consecutivas, nueve horas sin paradas, escondidos en la parte trasera de un camión. Iban de pie y, cada vez que creía desfallecer por el peso de la barriga, el calor y el olor, las pataditas de su pequeña le mandaban fuerzas desde las entrañas que la hacían revivir. En algún punto de la costa marroquí, los esperaba una barca hinchable para la última parte del viaje. Nada más subir al bote, sufrió la primera de las muchas contracciones que estaban por venir. Y, como los espasmos, el temporal no hacía más que empeorar. La barca, cargada con excesiva tripulación, se alejaba cada vez más de la ruta programada y en algún punto el combustible dejó de alimentar el motor. El pánico, el terror se contagió como la peste entre los emigrados. Y, durante aquella tormenta, mientras el cielo se abría sobre la barca que iba a la deriva, cuando los truenos rugían con mayor intensidad, en mitad de aquella desesperación, y tras un grito inaudible en mitad del océano, llegaste a este mundo. —Llegado a este punto, tiene que parar. La emoción la domina, le tiembla la voz, las manos, y siente que el nudo en la garganta aprieta más fuerte. Pero, al bajar la mirada, vuelve a ver aquellos ojos negros que se marcharon, esta vez en la pequeña Nasha. Respira profundamente y consigue continuar—: Encontraron la barca muchos días más tarde y a bordo quedaban pocos supervivientes. Tu madre, que había perdido mucha sangre, te cuidó durante toda la travesía, invirtiendo las pocas fuerzas que le quedaban en ti. Su último aliento fue para que me encontraran, y revelar tu nombre, Nasha: la que nace en época de lluvias. Ella siempre será tu ángel. Y mi heroína. Porque los héroes son los que protegen contra viento y marea a los suyos.