En el desván

LeMo

Cuando era pequeña, tenía por costumbre, cada vez que íbamos a casa de mi abuela, subir al desván y pasar horas y horas jugando con mi hermano. La primera vez que lo descubrimos, fue por casualidad. Enrique, mi hermano (que medía lo suficiente como para coger las frutas de lo alto de un cerezo sin ayuda alguna), me contó que había descubierto, en una de nuestras partidas al escondite, una trampilla situada al fondo del pasillo, en la habitación de nuestro difunto tío (que había muerto en extrañas circunstancias, con más o menos nuestra edad).

Teníamos prohibida la entrada a su cuarto. Cuando la abuela nos descubrió, nos riñó, pero le prometimos que no íbamos a tocar nada, que lo único que queríamos era divertirnos en el desván.  Le prometimos que, así, no desordenaríamos el resto de la casa, y, a ella, esto la convenció. “Deja el baúl del tío en paz”, me advirtió.

Y era que, en el desván, la abuela guardaba verdaderamente todo (escondido bajo sábanas amarillentas, cansadas por el tiempo).  Había un armario de impresionante capacidad, que albergaba todo tipo de vestimentas de lo más chirenes, como boas de plumas, abrigos largos, vestidos con flecos… Enrique y yo nos disfrazábamos a menudo y hacíamos juegos de rol: yo era una espía rusa vestida como en los años locos del veinte, y él hacía de policía alemán. 

Cuando nos cansábamos de hacer lo mismo, Enrique solía pasar horas perdidas intentando reparar el viejo gramófono del abuelo. Y yo, mientras, me divertía con lo que en su día había debido de ser un magnífico tocador de madera de roble, con su espejo en el centro y con los cajones repletos de piezas antiguas, como cepillos de púas suaves, lazos, joyas de fantasía, e incluso maquillaje que por algún tipo de milagro seguían intactos y conservaban un cierto olor a esencia de rosas. 

 

—¿Qué crees que habrá en el baúl del tío Fede? —preguntaba Enrique—. Me pica mucho la curiosidad.

—Ya sabes que la abuela no quiere que lo toquemos: es un recuerdo sentimental. 

—Me pregunto… y si lo abrimos, ¿se dará cuenta de que lo hemos hecho? 

—Si lo haces, no cuentes conmigo para cubrirte.

—¡Vale, miedica! Oye, ¿no tienes sed?, ¿te importaría pedirle a la abuela que nos prepare una naranjada?

 

                                                                       ***

—¿Dónde te has metido? Tanta sed que tenías y … —Enrique no contestaba: estaba sentado de espaldas a mí, mirando el interior del baúl—. ¿Qué has hecho?, ¿por qué has desobedecido?

—Cuando me quedé solo, oí un estruendo que provenía de su interior, y me acerqué para ver qué había dentro.

—¿Y qué hay?

—Unos cochecitos de juguete, unas canicas y algo de ropa. 

 

Fue entonces cuando oímos unos lejanos sollozos de un crío, como cuando lloras dentro de una almohada: nos miramos sorprendidos y, sin pensarlo un instante, empezamos a sacar su contenido hasta dejarlo vacío. No había nada, pero el ruido no cesaba, y cada vez era más claro: pedía comida.

Perdidos entre miedo y dudas, cerramos el baúl, lo cubrimos con su correspondiente sábana y nos sentamos encima.

—¿Has oído lo que decía? —pregunté.

—¡Pues claro!, igual que tú.

—¿Crees que la abuela esconde al tío dentro? 

—El tío se murió hace más de treinta años…

—Ya, ¿y por qué la abuela no quiere que abramos el baúl?

—¿Quieres que lo abra de nuevo?, quizás tenga doble fondo. Tengo miedo pero, sea lo que fuere, lo que está ahí encerrado necesita ayuda. —Enrique se incorporó, y yo hice lo mismo; volvió a abrir el baúl y empezó a dar golpecitos mientras agudizaba el oído—. Aquí suena a hueco. Mira la lengüeta: sirve para acceder al fondo… 

—Abre a la de tres: una… dos… y tres.

Los dos nos miramos boquiabiertos: era un muñeco de esos que hablan, lloran, y hasta hacen pis. Y nosotros que pensábamos, durante un corto instante, que la abuela había escondido al tío Fede en su interior…

Bajamos a ver a la abuela; no íbamos a contarle lo sucedido por miedo a sus represalias. Pero era la hora de la cena, y empezaba a tener hambre.

—Hola cariño, ¿qué tal te lo has pasado? No sé cómo puedes pasar tanto tiempo allí sola metida.

—Ya sabes, abuela, que tengo mucha imaginación.

                 

“Serán cosas de hija única”, pensó la abuela