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Ella | Ana Patricia Martínez

Ella | Ana Patricia Martínez

Fue así, de golpe. No hubo grandes cambios en nuestra rutina. Ella estaba ahí, como siempre, haciendo lo que sabe hacer: cuidar, acompañar, nutrir, administrar y entregarse a sus tareas diarias. Evadía mi mirada. Todo tan igual, pero todo tan diferente.

¡Qué ciego estuve por tanto tiempo ¡Su sonrisa y su ponerse al final de todos era algo que sentía seguro! Estoy orgulloso de poseer una esposa como ella, alguien que antes confiaba tanto en mí que me daba paz, hogar. Con eso debía ser feliz. La excluí de mis salidas de diversión, de darme mis gustitos bastante caros, pero es que, en realidad, ella no pide mucho. Pasó aburrida sus mejores años.

Con las cosas familiares caminando a la perfección fueron transcurriendo los años, ella ahí sola la mayor parte del tiempo. Pasando por etapas de crianza de los hijos, alegrías y tristezas como el cuidado de su abuela y sus padres hasta el final. Esas enfermedades y duelos en donde no estuve presente porque le huyo al dolor ajeno. La vida es tan corta que tengo que disfrutarla ¿verdad?

Yo, mientras tanto, disfrutaba con mujeres mucho más jóvenes que yo. De esas que se arreglan mucho y son muy buenas compañeras de borracheras. De las que mienten y adulan por conseguir cosas. A las que visitas presentando tu mejor cara y esas, igual fingen un nidito de amor muy alejado de la rutina de la vida real. Más no importaba porque a ella la tenía siempre encerrada en casa, esa casa que, por ella, caminaba a la perfección. Iluso, me sentí el más atractivo, pensando que eso llenaría los vacíos de mi infancia.

Claro que me justificaba con tonterías. En mi casa me portaba malhumorado y desconectado y si eso ocasionaba algún reclamo, yo lo tomaba como un permiso implícito para ser infiel. Mentí, mentí por años sintiéndome muy listo. Volvía a casa después de pasar horas con otra mujer inventando reuniones con amigos, clientes, viajes de negocios, etc. Ella confiada cuidaba de mí. Sí quería saber un poco más de las historias que yo inventaba, me ponía irritable y contestaba de mal modo. Claro porque tenía que elaborar más mentiras y ponerme a pensar. Daba versiones diferentes o me hacía el digno y me callaba.

Alguien le avisó por mensaje de mis infidelidades. Me cuestionó y, por supuesto, lo negué. Enamorada y creyendo que eran chismes de alguien celoso de la felicidad en que creía vivir, siguió conmigo. Sus valores no aceptarían la traición que quiso negar.

Pasaron años, solamente que una pequeña semilla de duda iba creciendo. Y fue cuando entró la llamada de mi amante de varios años, en la madrugada. En esa pantalla se dibujaba la cara de una mujer que podría ser su nieta. Una puñalada helada atravesó su corazón.  Lejos estaba de saber que la otra usa de perfil sus fotos de hace veinte años. Ahora noto lo ridícula y descarada que es. Una cuarentona sola a quien no le importa que pudiera ser mi hija. Soy su salvación. Y cansada de mis embustes del matrimonio por apariencia decidió hacerse presente para propiciar mi divorcio. La muy tonta no sabía que yo sólo jugaba y que nunca sería mi nueva esposa. Fui ruin con ambas.

Por conveniencia, la negué sin saber que mi esposa investigaría. Siguió la localización de mi teléfono y descubrió la verdad. Yo, acorralado por las dos, terminé mi romance furtivo…

 

Ahora pretendo que me trate con el mismo amor, respeto y confianza. No entiendo por qué no basta con que ya no salgo con otras. Veo poco a mis amigos. Claro que no me arrepiento ni he confesado nada, sólo lo poco que ella alcanzó a descubrir. Le dije la clásica historia de que es mi amiga, que la cuidaba como a la hija que nunca tuve y que pasaba horas en su departamento solamente para cuidarla pues está casi moribunda. Puras incoherencias.

Ella sigue conmigo porque me quiere, pero está triste, rota, no duerme, dice no saber con quien ha vivido estos cuarenta años. Y yo jamás contaré la verdad.

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