Elesedé

Andrés García

Me despierto en mi cama, pero algo en el ambiente es diferente. Las paredes de la habitación se estiran como gomas, y los muebles danzan en un vals sin música. Me levanto y me encuentro con mi reflejo en el espejo, pero en lugar de mi rostro, veo el de un gato sonriente con un sombrero de copa.

Sin perder la compostura, decido salir e ir a mi trabajo, “me despertaré en el camino”. Al abrir la puerta, un viento suave me levanta del suelo y me lleva a través de los campos, como si fuera una hoja en una corriente de aire caprichosa. En mi viaje, paso por un cielo de nubes en forma de relojes, donde el tiempo se derrite en una masa viscosa.

Finalmente, aterrizo en el centro de la ciudad, donde mis pies parecen disolverse en el empedrado de las calles. Los edificios se retuercen, creando una arquitectura imposible con ventanas que lloran y puertas cantando opera. Los transeúntes lucen cabezas de animales y torsos de humanos, mientras que los automóviles se desplazan por las vías con patas de araña.

Busco despertar antes de llegar mi trabajo, me adentro en este laberinto urbano y me encuentro con una galería de arte flotante. Al entrar, soy recibido por una multitud de pinturas que cobran vida. Las imágenes de Salvador Dalí bailan en el lienzo, con sus relojes goteando en cascada hacia el suelo. Max Ernst emerge de una de sus pinturas, con su cabeza convertida en un pájaro y sus brazos extendiéndose en ramas retorcidas.

En una esquina de la galería, Leonora Carrington pinta en un caballete gigante, sus pinceles se convierten en serpientes que se deslizan por el lienzo. Con cada pincelada da vida a criaturas que se escapan del cuadro y corren por el suelo de la galería.

A medida que avanzo por el laberinto de arte, me encuentro con una puerta que parece conducir a la oficina. Sin dudarlo, la abro y me encuentro en la sala de juntas. Mis compañeros son peces y el jefe, con cuerpo de jirafa y una corbata que se convierte en una serpiente colores brillantes. Me asigna una tarea absurda: contar las manchas de la esquina superior del cuadro.

Confuso, acepto cumplir la tarea, subo a una escalera interminable que parece conducir hasta el sol. A medida que asciendo, las manchas se multiplican y se convierten en lunares en la piel de una gigantesca mujer que sonríe desde lo alto.

 Decido volver sobre mis pasos, pero en lugar de regresar a través del laberinto, encuentro un portal que me lleva de vuelta a casa.

Me acuesto agotado y cierro los ojos, esperando despertar de este extraño sueño. Pero cuando abro los ojos, me encuentro cara a cara con Breton y  Apollinaire, quienes me miran.

«¿Estás listo para embarcarte en otra travesía?», pregunta Breton.

 Sin dudarlo, asiento y me dejo llevar.

Breton y Apollinare me llevan a través de un pasaje oculto detrás del cuadro en la pared de mi habitación. El pasaje nos conduce a un mundo paralelo donde las leyes de la realidad están invertidas. 

En este mundo, las flores hablan en susurros melodiosos y los árboles bailan al compás del viento. Mientras que el suelo es un lienzo en blanco donde los pensamientos de las personas se convierten en dibujos que cobran vida.

Me encuentro rodeado de seres fascinantes. Veo a una mujer con alas de mariposa volando directo al punto ígneo en el fondo de la pecera.

Junto a ello, están unas pinturas vivientes. Salvador Dalí emerge de un mar de relojes y comienza a pintar figuras oníricas utilizando su característico bigote de tirabuzón. Max Ernst pinta paisajes en el aire con su pincel, mientras que Leonora Carrington teje tapices con hilos de arcoíris.

En la travesía, descubro un espejo que me transporta al mundo de Alicia. Allí, con cada paso que doy creo cascadas de luces brillantes.

La aventura culmina en un baile frenético en donde nos movemos al ritmo del silencio. Me dejo llevar y me convierto en un torbellino de sensaciones indescriptibles.

Finalmente, cuando In A Gadda Da Vida comienza, me despierto en mi cama, pero algo en el ambiente es diferente…