El prado de la dulcera

Ana Efigenia

Zumo de limón 

Permaneces sentada sobre sus raíces, en el ácido que cubre el suelo manchado por su jugo. Apoyas tu espalda y tu cabeza en su tronco; notas las arrugas que delatan los muchos años que lleva dando limones. Mueves la cabeza despacio de un lado a otro y cierras los ojos.  

Inhalas profundo y retienes el aroma cítrico en la pituitaria; intentas recordarlo para alargar el placer que te produce. Rememoras la cantidad de veces que has recogido sus frutos y los has convertido en zumo.  

Tres limones exprimidos. 

Un litro de agua. 

Dos cucharadas soperas de azúcar morena. 

Todo bien removido y refrigerado.  

 

Mermelada de cerezas 

Acudes a regarlos todos los días del año mientras recitas preciosos poemas. Esperas la llegada de sus flores para adornarte el cabello. Lees mientras descansas sobre la tierra que los sustenta y te distraes admirando cómo danzan las florecillas al lanzarse desde las ramas cuando se cansan de embellecer. Sueles derramar alguna lágrima al ver cómo se marchitan, pero la satisfacción de saber que volverán a nacer te devuelve la sonrisa.  

«¡A ramas peladas, frutos rojos!», has dicho siempre. Y llegan con su brillo desmesurado, armando un revuelo en el campo que te embriaga. Disfrutas del sabor agridulce de su pulpa, de roer el hueso hasta pulirlo y del tono con el que tiñe tus labios. Cuando no sabes qué hacer con tantas cerezas… las eternizas. 

Un kilo de cerezas. 

Medio kilo de azúcar. 

Un zumo de limón. 

Quitas los huesos, mezclas todos los ingredientes y los cocinas durante veinticinco minutos. Finalmente, lo trituras.  

 

Compota de manzana 

Adoras observar el árbol domesticado que ofrece flores reinas que terminan convirtiéndose en delicias de distintos colores. Eres conocedora de que han mutado tanto que hay más de mil variedades. Te gusta indagar sobre sus clases y probar cada uno de sus sabores. Tienes suerte: te gusta el manzano verde doncella, y hay uno. Con paciencia esperas cada otoño y paladeas su compota.  

Un kilo de manzanas. 

Una ramita de canela. 

El zumo de un limón. 

Cien gramos de azúcar. 

Agua al gusto. 

Pelas las manzanas y las descorazonas, las cortas en daditos, añades los ingredientes y cocinas durante veinte minutos. Dejas enfriar y lo trituras con un tenedor o con un pasapuré. 

 

Dulce de membrillo 

Sueles cubrirte para hacer las visitas pertinentes, pero no te importa. Dejas tu vestido “membrillero” cerca de una raíz caprichosa que sobresale del suelo. Es amarillo apagado, tan dulce como el sabor de la fruta. Y tan bello como su color. Lo que no te gusta tanto es lo pegajoso que está… y lo pegajosa que te deja. Absorbes su fragancia y te embadurnas de esta; te lleva a la niñez, al hogar, a la felicidad.  

Quince membrillos (un kilo y medio de carne limpia). 

Un kilo y ciento veinticinco gramos de azúcar.  

Un vaso de agua.  

Escaldas los membrillos, los pelas y los cortas. Añades en una olla la carne con los demás ingredientes.  Cocinas durante una hora a fuego muy lento. Después trituras con la batidora y lo repartes en recipientes, que pones a enfriar en la nevera.  

 

Atraviesas una verja oxidada que en sus tiempos debió de haber sido blanca porque, el óxido que la cubre exhuma restos descascarillados. Sabes que invades una propiedad privada, pero eres incapaz de dejarlos morir. No te importa hacer varios viajes para poder regarlos. También atesoras los momentos que vives junto a estos. Los veneras. Recuerdas el momento cuando te descubrieron y te prohibieron volver. Al tiempo, estaban moribundos. No desprendían aromas ni ofrecían belleza alguna. Agonizaban de tristeza. Un día regresaste y cantaste hasta quedarte sin voz, los abrazaste y los consolaste hasta agotar tus fuerzas. Paseaste entre sus copas y te sentaste sobre las raíces de cada uno de estos. Te despediste.  

 

Cuenta la leyenda que a una vieja loca le dio por hacer semilleros con los frutos de los árboles de un caserón abandonado y que, cuando arraizaban, los plantaba en una pradera que hoy rebasa de árboles frutales. Dicen que el olor que desprenden dio lugar a su nombre: “El Prado de La Dulcera” y que, cada año, en la romería que se festeja, los lugareños se abastecen de sus frutos, a la vez que cantan, pero el que no canta y los muerde… enloquece.