Hoy los frutos amanecieron rojos. Los ves por la ventana. Es tiempo de cosecharlos antes de que se echen a perder. Te levantas de la silla y sales al jardín. Las ramas delgadas del calistemo se mecen y te rozan la cara. Las apartas para llegar a los arbustos de las guayabas miniatura, que están detrás de él, pero antes de alcanzarlos ves una araña plateada colgando de su hilo. El viento la mueve de un lado a otro, como un pequeño péndulo.
«Un péndulo», piensas. Y ese pensamiento te lleva al reloj, más grande que tú, que viste en aquella mansión, y cuyo «tac-tac» nunca vas a olvidar, porque te movías con él; tu cuello de niña se inclinaba ligeramente. Era un «tac-tac», estás segura, no un «tic-tac». Tu mente guarda imágenes y sonidos precisos en la memoria. No sabes cómo, pero conecta los recuerdos, porque también te lleva a la secundaria, muchísimos años atrás, cuando el profesor mostró en la clase una esfera pulida de metal unida a la varilla de suspensión que se movía de un lado a otro. Sin decir una palabra, te quedaste viendo el péndulo hasta que dejó de moverse. Y de pronto, ahora, sientes que toda tú eres un péndulo. Un pequeño ser atado a un cable invisible. Algo te mueve de aquí para allá. Llegas a la derecha y te asustas, pero no tienes tiempo de entender la causa, porque el péndulo oscila a la izquierda, donde en vez de asustarte, te enfureces. Y de nuevo te aproximas a la derecha: la línea del horizonte se ve repleta de personajes sanguinarios. No es necesario que empujes, eres un péndulo y regresas al otro extremo: encuentras, esta vez, personajes macabros, tiburones pintados como peces de colores.
Anhelas el centro, un término medio, para huir de la «de» y de la «i», tal vez en ese lugar haya algo que valga la pena. Pero, ¿cómo saberlo, si hoy todo es un engaño? Y te preguntas por qué. ¿Es ahora o fue siempre así? ¿Es la época de las cabezas vacías? Lo niegas, pues sabes que siempre han existido, siempre han estado presentes. Podría ser el número, de repente. Es que han crecido de forma exponencial. Cada una atada al rectángulo luminoso de última generación.
Prefieres, entonces, oscilar en otro sentido, en el de la juventud y la vejez. La parte tuya que no pesa nada, tira hacia la «jota», se siente cómoda ahí. En cambio, la parte pesada se desplaza hacia la «ve». Y sientes que este péndulo no está calibrado, o que ha dejado de ser un péndulo, para convertirse en otra cosa, en un barquito de papel bajando por una quebrada y que no sabe a dónde llegará. Tal vez, en estos días de incendios, nadie, aunque sea un péndulo perfecto, lo sabe.
La cesta que cargas está vacía. Distraída, no has cortado nada aún. Los frutos piden a gritos que los separes de las ramas, pero los dejas en su lugar. Te acercas y te conformas con el aroma. Hay pájaros hambrientos esperando que los dejes comer.






