7 am. Sacas del bote la pastilla negra y amarilla y la observas, sin parpadear. Siempre quisiste ser esta persona: ver tu reflejo y sentirte hermosa. Hermosa de manual. El tipo de belleza innegable de las actrices clásicas. Te pueden gustar más o menos, pero todos reconocen que son mujeres bellas.
Tragas la pastilla con el vaso de agua y levantas la mirada hacia el espejo. Tus ojos recorren cada milímetro de tu cuerpo. Es como cuando ves a alguien que te resulta familiar, pero no acabas de reconocerlo.
Bajas la mirada rápido y respiras hondo.
«La pastilla dosificará la medicación en tu cuerpo durante el día y, en el momento en el que tu cerebro entre en fase REM, comenzará a activarse. Los cambios serán paulatinos, pero los resultados empiezan a apreciarse a los pocos días», te explicaron.
Recuerdas la euforia del principio. El diseño que te mostraron de cómo “quedarías” era todo lo que siempre habías soñado. Layla, tu mujer, te apoyó, aunque para ella no hacía falta que cambiaras. Ella siempre te había encontrado maravillosamente imperfecta. Hace unas semanas que también está tomando las pastillas. Pero ¿y quién no? Quisiste convencerla de que no lo hiciera, pero ella pensó que no querías que fuera hermosa como tú. No podías decirle la verdad.
Cuando comenzaste el tratamiento aún no estaba comercializándose. Tu mejor amiga, Laura, te habló de ello. La farmacéutica donde trabaja estaba desarrollando el fármaco y tú pediste ser parte del grupo beta. Laura no dijo nada más que: «¿Estás segura?». Y lo estabas.
Intentas pensar cuándo dudaste por primera vez. Lo sabes, pero es doloroso recordarlo. Estabas en la cocina, preparando el desayuno para tus peques. Sofía, la mayor, te saludó contenta. Cuando te giraste, su cara cambió un segundo. «Mamá, estás un poco diferente», dijo. Reconociste el tono: no era de admiración, era de inquietud y preocupación. Intentaste quitarle importancia. Le dijiste una media verdad sobre el tratamiento. Pero la sonrisa no volvió a su cara.
Hace varios meses que tú misma has visto el cambio en amigos y vecinos. Jamás pensaste en lo que sería que la pastilla llegara a las farmacias. No está al alcance de todos, por supuesto. Sabes que la gente se está endeudando, trabajas en un banco. Pero la campaña de marketing ha sido brutal. Se ha vendido como una ayuda a la sostenibilidad, al gasto en sanidad pública. «Gracias a la píldora Beautifyme, las personas tendrán menos problemas cardiovasculares asociados a la obesidad. Habrá una reducción en el gasto en salud mental gracias a la mejora de la autoestima. La industria de la moda necesitará utilizar menos fibras y tejidos para la confección de prendas, lo cual ayudará a la sostenibilidad y al ahorro energético».
Te ríes internamente. Tu gasto en ropa se ha duplicado desde que tu cuerpo empezó a cambiar. Al principio, con la novedad, comprabas ropa casi a diario; es la primera vez que puedes ponerte absolutamente todo lo que se te antoje.
Bajas la tapa del váter y te sientas. Te llevas la mano a la boca, como si quisieras ahogar un grito, y recuerdas la conversación de Sofía y su amiguita en la habitación el otro día. «A mí no me gusta nada mi nariz, pero en cuanto cumpla dieciséis me tomaré la pastilla y ya está. Seré tan guapa como mis madres, ya verás. Voy a pedir que me pongan el pelo un poco más rubio, además, y la piel un poco más morena». Tienen once años.
Echas de menos tu pequeña barriga; tus ojeras después de un fin de semana de poco dormir; las arrugas al reírte. Sabes que no hay vuelta atrás. Estar en el grupo beta tiene sus ventajas: has visto lo que les ocurre a las personas que abandonan el tratamiento…
Miras el bote de pastillas encima de la estantería. Recuerdas las fotos que te enseñó Laura. La piel cayendo a jirones. Los huesos tratando de volver a una forma que ya no recuerdan. La imagen de esas personas atrapadas en medio de dos cuerpos.
Coges el móvil con decisión y haces un nuevo pedido.






