El otro lado del sueño | Aída Vergara
Abres los ojos y no reconoces nada, ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano, que parece surgir de un lugar imposible. Todo es blanco demasiado blanco. No hay arriba ni abajo, sólo un resplandor blanco que te devora la mirada., parpadeas, o crees hacerlo. El aire entra con dificultad, áspero, cómo si llevara metal.
Hay un pitido que se repite, paciente, inhumano. Voces, pasos, un roce. Todo suena demasiado lejos, o demasiado cerca.
Intentas moverte, pero algo te sujeta: una cinta. El propio cuerpo, pesado y ajeno, manda una señal:mover el brazo, girar la cabeza,pero la orden se pierde en algún punto entre el pensamiento y la carne.
No sabes qué haces aquí. No recuerdas haber llegado. Ni siquiera estás segura de haber despertado. Los sedantes aún corren por tu sangre, arrastrando los últimos restos de sueño. Una sombra se acerca. Dices su nombre, o lo piensas, no lo sabes. Nadie responde.
El tiempo allá afuera, parece moverse sin ti.
La puerta se abre con un clic suave. Una figura entra, blanca, recta, olor a alcohol y látex. El sonido de los pasos te resulta familiar, aunque todo en este lugar parece repetirse igual: las máquinas, los pitidos, las voces que van y vienen.
-Buenos días-dice la figura.
Le miras el rostro, la mandíbula marcada, los ojos hundidos. Hay algo a su voz que te recuerda alguien. Tardas unos segundos en encajar: tu primo. Claro es él. Siempre tan serio, fingiendo que entiende todo.
-¿Qué haces vestido así?-murmuras, apenas audible-
¿Vienes a jugar al medico conmigo?
El hombre levanta la mirada, perplejo, trae bajo el brazo una carpeta con tu expediente.
-Soy el doctor que la operó responde, con una seriedad que no esperabas. Su ceño se frunce, como si tus palabras le dolieran más de lo que deberían.
Tuvo suerte añade, vuelve la vista otra vez a los papeles. Fue una intervención complicada, doce horas en el quirófano. Dices algo más, un chiste torpe que se te escapa entre la lengua pastosa y el cansancio. Él suspira. Aún está desorientada dice, su voz se vuelve más distante, profesional-. Pero debe saberlo. Guarda la carpeta bajo el brazo.
El derrame cerebral afectó la médula, quedará con secuelas de hemiplejia,
no sé si volvera a caminar. Sin esperar la respuesta, se da la vuelta, sale.
Te quedas mirando la puerta cerrarse. El silencio se vuelve, espeso, eléctrico. No sientes miedo ni rabia, sólo una introspección absurda. No era él, piensas. No era tu primo. Ni siquiera te conocía.
Las palabras que dijo flotando en el aire te rozan apenas, como una corriente tibia. No las crees. No las aceptas.
En tu mente, todavía estás en pie, caminando hacia alguna parte, corría el mes de julio, segura para septiembre estarías ya festejando el grito de independencia. Ja ja ja ilusa, y el tiempo pasa, y pasa y pasa… y tu postrada en una cama enfrentando tu nueva realidad, te convertiste en una persona con capacidades especiales de un día a otro, una pausa ineludible se hizo presente.
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