El natural

Darío Jaramillo

Era un tema del que no se hablaba en voz alta; iba en contra de los valores olímpicos de hermandad y equidad entre las naciones, pero las ganancias por patrocinios y altos ratings de televisión habían orillado a los comités nacionales a explotar de lleno la ingeniería genética. Ahora. nadie que no fuera programado desde su nacimiento para ser un atleta de alto rendimiento había participado en unos Juegos Olímpicos desde los Juegos del 3020.

 

Julio lo sabía y, a pesar de no haber sido diseñado con un corazón ligeramente más grande, fibras musculares resistentes o una altura por encima del promedio, su sueño era medirse ante esos especímenes. Pero antes tenía que lograr su pase, algo que ningún natural como él había intentado en por lo menos siete décadas. Nadie quería ser usado como carne de cañón si milagrosamente llegaban a clasificar.

 

A él no le importaba eso; en su interior sabía que podía lograrlo. Había entrenado arropado de la altura de sus montes; sus pulmones y corazón se sentían fuertes. Pero lo más importante era que él se sentía vivo cada vez que subía a una bicicleta.  En la clasificación, contra todo pronóstico, logró la marca mínima requerida por la Unión Ciclista Internacional para lograr el pase a los Juegos Olímpicos.  

 

El día de la carrera, los medios se agolpaban a las orillas de la salida; nadie quería perderse este evento. Era el primer natural en formar parte de una competencia olímpica, y el morbo de ver cómo actuaría dominaba todos los programas deportivos.  

 

El disparo de salida indicó el principio de la competencia; rodaron juntos los primeros 50 kilómetros. Nadie se decidía a lanzar el primer ataque; estadísticamente, hacerlo antes del kilómetro 60 era inadecuado. Pero Julio no era parte de la estadística, así que se fugó.

 

El natural inició el ascenso a Mount Du Chat en solitario, pero no iba solo: lo acompañaba el recuerdo de  la primera bicicleta que había montado. No tenía asiento ni llantas, pero los rines de metal eran suficientemente fuertes para soportar el peso del cuadro; la cadena funcionaba bien y tenía pedales, así que no necesitaba más.

 

Su alma vibraba con cada pedaleo y, aunque los músculos de sus piernas parecían destinados a desgarrarse en cualquier momento, él evocó la memoria de su abuelo, que le había regalado aquella bicicleta y quien hasta el momento de su muerte había sido su mayor soporte y fanático número uno. Juntos soñaron con ese momento; le tocaba a él hacer su parte.

 

Cuando Julio logró mantener la distancia que había abierto desde la fuga a pesar del brutal ascenso, la confusión se apoderó de los atletas que recibían por radio la noticia de que seguía rodando. Esto ocasionó que abandonaran la estrategia que tenían hasta ese momento y fueron tras él. Patrick Irving, de Estados Unidos, fue el primero en lanzarse a la persecución. Tras él, Dieter Baden, de Alemania, y los hermanos Abe, de Japón.

 

Fueron recortando la distancia, y los 11 minutos de ventaja con los que contaba el natural fueron recortándose a 9, luego a 7 y finalmente a 5.  Julio lo supo cuando escuchó el rugir de las motocicletas que anunciaban siempre al pelotón persecutor. 

 

No le quedaba mucha fuerza en las piernas; la boca estaba seca, pero no iba a detenerse. O cruzaba la línea de meta o se lo llevaban en una ambulancia tras colapsar sobre la bicicleta. Se aferró y comenzó a devorar los 1500 metros que lo separaban de la meta.

 

Detrás de él, Baden e Irving no daban crédito; sus cálculos les habían indicado que para este momento no solo deberían haberle dado alcance, sino que tenían que haberlo rebasado.

 

«¡Increíble momento, señoras y señores, el Percurino se escapa; no nos dan las matemáticas!», gritaba el locutor durante la transmisión.

 

El alemán y el estadounidense checaron sus monitores cardíacos; su ritmo era incompatible con esta parte de la carrera, así que bajaron la velocidad para ajustarse. Los cálculos de los japoneses ya daban como virtual ganador al natural, así que desistieron de la persecución.

 

Julio atravesó la meta pedaleando por instinto y colapsó unos metros después debido al esfuerzo. La televisión mostraba la imagen sonriente del percurino tendido en el suelo. El júbilo de ver a un natural en primer lugar encendió una poderosa llama que incentivó a miles de niños naturales a perseguir el sueño olímpico.