El hostal

Olvido Lorente

Sebastián regaba las plantas de  la entrada del Hostal que regía su hijo, antes había barrido la terraza y limpiado las mesas y sillas, cuando un todoterreno negro aparcó en la entrada. Pensó en la posibilidad de que fuera un nuevo cliente. Del coche bajo un joven rubio con gafas de sol, camisa blanca de manga corta y pantalones pesqueros beige. Se acercó a Sebastián.

Good morning1 —saludó quitándose las gafas.

Sebastián, pensativo, se rasgó la cara, y le dijo:

—¡Qué carajo dice, buen hombre!

Goog morning —repitió.

—¡Saturnina, Saturnina! —llamó a su mujer a gritos.

El recién llegado, sorprendido por la intensidad de la voz, se tapó los oídos. Salió una señora con un delantal de flores.

—¿Qué pasa, Sebas? —no dejó responder a su marido ante la visión adónica del recién llegado—. ¿Qué guapo el señor? ¿Qué quiere?

—Por eso te llamo…

Good morning ma’am!2—le saludó.

El matrimonio ayudaba a su hijo, Pedro,  a llevar el hostal, Saturnina se encargaba de la cocina, había heredado de su madre y de la tierra la destreza para preparar los guisos de la zona.

—¡Sebas, que me ha “llamao” mamá! —comentó alegre—. Tiene cara de angelito…

—“Mujé”… —la reprendió su marido— No exageres.

—¿Estás celoso? —le preguntó al tiempo que le hacía unas carantoñas.

—“Mujé” que no estamos solos, ¡qué va a pensar el joven! —exclamó azorado ante los cariños de su esposa en público.

—Mira qué cara de simpático ha puesto nuestro recién “llegao”.
I ask for Peter..3

—¡¿Dice que se pira?!… “Mujé” le has “asustao”, ¿no creará que esto es un putiferio?

Saturnina miró a su marido sorprendida por lo que acaba de oír.
My name is Heineken.4

—“Marío”, no entiendes…  Lo que quiere es una cerveza.

Mientras Sebastián entraba en la casa a por la bebida, su mujer cogió del antebrazo al recién llegado y le acomodó en una mesa de la terraza.
—Siéntese usted, buen mozo. Ahora le trae Sebas una cerveza.
El hombre  llegó con un botellín de cerveza y  una jarra fría que había sacado de la nevera junto con  unas patatas fritas en un bol, y le dijo excusándose:

—“Pos” no hay “n’a” más que Mahou.

It’s hot.5

La cara del matrimonio cambió al escuchar de nuevo al joven que saboreaba la fresca cerveza.

—¿Has oído Sebas? —dijo la señora asustada acercándose a su marido—. ¿No ha “sonao” muy nazi? Ha dicho “Jai”6… ¿Será un espía?
—“Mujé”, ves muchas películas, ha dicho que le gusta. ¿No ves cómo se relame?

¿It’s Peters’s hotel?7

—¿Dice que está harto?

—“Marío”, ahora eres tú el que no entiendes: le gusta el Hostal.
—Ya tenía que estar aquí Pedrito.

—Qué poco “pacencia” tienes, y no llames así a tu hijo delante de los clientes.
—“Mujé”, no entiendo “n’a”.

—“Pos” anda que yo… Sebas.

El matrimonio miraba al recién llegado disfrutar tranquilo de la cerveza como si fuera un bicho raro.

—Tu hijo tenía que haber vuelto ya. No se tarda tanto en comprar, ¿no?  —protestó el hombre— Yo sigo con lo mío, zapatero a tus zapatos. —Refunfuñaba mientras cogía de nuevo la manguera.

—“Pacencia” no tienes “n’a” de “n’a”. Nuestro hijo está al caer.
Detrás de ellos sonó una gran carcajada: Pedro había presenciado el encuentro de sus padres con su amigo Heineken. El matrimonio se volvió, y al verle, suspiraron relajándose. Había llegado pronto y había entrado por la puerta trasera para colocar la compra en la despensa. El forastero se levantó y fue hacia Peter. Después de darse un abrazo entre los dos y un beso en los labios, que dejó a sus padres con la boca abierta,  le presentó:

—Mi novio, papás.