El granicero | Lil Fernández
Era la tercera vez que Oscar se subía en “La Bestia” para ir a Estados Unidos. Ahora llevaba a su sobrino Andrés, de tan solo tres años. Su hermana le había suplicado que se llevara al niño a vivir “al otro lado”. Irse, era una tradición. Casi la mitad del pueblo había migrado a Texas.
Sobre el lomo del tren, Oscar iba sentado con las piernas cruzadas mientras el pequeño dormía entre sus brazos. Llevaban varios días viajando, y ya se les había terminado el agua. Los otros, que iban en el mismo techo del vagón, también estaban sedientos.
—No se preocupen —les dijo Oscar—, pronto estaremos en Orizaba y haré que llueva —dijo en tono tranquilo, mientras se amarraba el cabello.
Un adolescente de cabello rizado, le preguntó cómo lo haría, porque solo los del noticiero de la tele saben cuándo lloverá.
La mujer, seguramente madre del chico, dijo que bastaba ver la forma de las nubes para anticipar una lluvia:
—Esas nubes no están cargadas, son de frío —dijo ella señalando al cielo.
—Los animales, sí que saben del clima —agregó la hermana del chico—, he visto a las hormigas apresurarse a llevar comida y sellar las entradas de sus nidos antes de la tormenta. También las aves lo saben bien. Dejan de cantar, y buscan las ramas más bajas. Están mejor conectados con la naturaleza que nosotros.
—No estoy hablando de predecir la lluvia, sino de controlar el clima. Soy granicero —dijo Oscar en tono solemne, tronándose los dedos.
—¿Qué es eso? —preguntó el chico.
—Soy el Teotlazqui, un conjurador de meteoros. Puedo provocar lluvias o desviar el granizo. Protejo la milpa de los temporales.
—Y, ¿cómo es que te volviste granicero? —preguntó la mujer.
Oscar cambió de postura y recostó al niño a su lado y tapándolo con la chamarra.
—Mi madre viajó en este mismo tren cuando estaba embarazada de mí. Iba con mi padre, y justo cuando pasaron por Medias Aguas, Veracruz, hubo una tormenta eléctrica. Aunque no les cayó ningún rayo encima, mi madre decía que yo me retorcía en su vientre con el sonido de los truenos. Empezó a tener contracciones y esa noche dio a luz aquí, bajo lluvia. Se le rompió la fuente al cielo y nací.
—¿Y luego? —preguntó el joven.
—No podía hablar. Fui un niño muy tímido y asustadizo. En las noches, tenía pesadillas relacionadas con la lluvia. Entonces, un anciano le dijo a mi mamá que yo había sido “tocado” por Tláloc, que debía iniciarme como granicero, que me mandara a Oaxaca o a Toluca, donde podían enseñarme. Así que regresé a México y aprendí todo sobre el mundo de los señores de las aguas. Finalmente, logré hablar. Ahora soy como un ave, estoy conectado con el viento, con el agua y el sonido del cielo.
—¿Cómo harás que llueva? Tengo mucha sed —dijo la mujer.
—Pronto lo verás. Primero uno debe llamar al clima, ofrendar algo y esperar a que responda.
El tren redujo la velocidad al pasar por Orizaba. El sol empezó a bajar, y las nubes negras parecían subrayar el horizonte. El pequeño Andrés despertó llorando, preguntó por su madre, y pidió leche. Oscar trató de contenerlo y se lo pasó a la mujer. Sacó de su mochila unas ramas de palma y empezó a agitarlas con los brazos hacia cada uno de los puntos cardinales. Murmuró palabras extrañas y bailó. Luego, sacó un bote de plástico y lo utilizó para golpear el techo del vagón de manera rítmica. Los demás lo imitaron. Pronto, todos los migrantes hicieron lo mismo. Al cabo de unos minutos, cayó la primera gota, y luego otra, y luego una cortina de agua les alació los cabellos. Todos estaban felices. Parecían polluelos con los picos abiertos hacia el cielo. Iban “de mojados”.
Oscar se levantó de nuevo, empezó a zapatear, pero su pie se atoró con la correa de la mochila, trastabilló, se resbaló y cayó desde el lomo de La Bestia hacia el precipicio como un ave herida. Todos se quedaron en silencio. Intercambiaron miradas. La mujer abrazó al pequeño. La lluvia cesó y dio inició un concierto de rayos y truenos.
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