Ana Fortuny

El dueño del Volkswagen beige

Estimado señor del Volkswagen beige:

Desconozco su nombre, pero me atrevo a escribirle porque lo vi ayer cabizbajo, sentado en una silla de ruedas.  Tomaba el sol y leía el periódico frente a las buganvilias.  Hacía más de cuarenta años que no pasaba por este lugar, desde que mi familia se mudó a las afueras de la ciudad. ¡Cómo pasa el tiempo!  Vine de nuevo, porque una amiga se trasladó a este barrio y quise visitarla porque está enferma.  Se llama Irene Rodríguez.  Lo más probable es que usted no la conozca, pero quién sabe.  Siento mucho lo de Irene, y me apena sentir un dejo de alegría, porque si no hubiera sido por eso, tal vez no habría tenido la suerte de volver a verlo.  

Escribo estas líneas para agradecerle.  Sin querer y sin saberlo, me hizo feliz.  Tal vez nunca se percató de mi presencia. Yo, en cambio, lo observé muchas veces, cuando limpiaba su escarabajo Volkswagen, mientras yo pasaba frente a su casa de camino al colegio.  Usted tendría unos diecisiete o dieciocho años, y yo, trece.  Al verlo de perfil, recordé al joven de pelo largo, con jeans y zapatillas de basquetbol que pasaba el trapo con afán sobre los vidrios del auto beige.  

En esa época, su presencia me hizo consciente, por primera vez, de la danza rítmica de mi corazón.  Está aún fresca en mi memoria, como una cajita que guarda un pequeño tesoro. Nunca hablamos y no pude averiguar su nombre.  Lo pasaba viendo de reojo y me bastaba.  Subía al bus de lo más contenta.  Mi agitación y yo, viajábamos durante una hora, sin sentir el tiempo.   “Hoy llevaba una camisa azul.  Lo vi, lo vi”, pensaba, y su imagen, pegada al auto, rotaba 360 grados, como en una película hecha solo para mí. 

Ahora usa el pelo corto y ha perdido varios mechones.  Tiene unas canas preciosas, y ese perfil arrugado, envejecido, con trazos perfectos.  Ya no hay películas que lo hagan girar.  Está firme en esa silla, pero eso también tiene su encanto.  Su casa no ha cambiado, salvo por el tono gris en los ladrillos y por el Volkswagen abandonado en el fondo, con las llantas desinfladas.  Era un auto precioso, siempre limpio y brillante.  Sin duda, lo quería mucho y lo recuerda de esa manera.  Yo los recuerdo a ambos.

No sé si sale con frecuencia a tomar el sol.  Espero que sí.  Guardaré la carta en mi bolso, pasaré otro día, y cuando usted esté cerca de la verja, si tengo suerte, dejaré la carta sobre el periódico.  Si tan solo estas líneas lograran divertirlo un par de minutos, me sentiría satisfecha.  No quisiera incomodarlo para nada. Le dejo un abrazo sin la fuerza que hubiera tenido en esa época, pero un abrazo al fin.

Irene

P.D. Mi amiga y yo tenemos el mismo nombre