Hipermnesia

Ramiro de Dios

Sebastián T. fue concebido por la vía natural. Mientras estuvo en la penumbra de la cueva uterina, anegada de líquido amniótico, permaneció inmune a cualquier estímulo procedente del exterior y a su recuerdo.

 El alumbramiento puso en marcha la grabadora (el ombligo era la tecla REC; solo habría que cortar el cordón umbilical para activarla). A partir de ahí, Sebastián T. sería capaz de interiorizar  y reproducir todo cuanto viviera, desde sus más íntimos pensamientos hasta las sensaciones más prosaicas. Su cerebro tenía un diseño peculiar, formado por pequeñas celdas hexagonales que se superponían integradas en un tejido sin intersticios. Cada celda contenia una unidad de pensamiento o sensación y podía conectar con las adyacentes por uno de sus lados (seis puertas de entrada y salida). Esta estructura estaba formada por un material de un átomo de espesor en una gran capa plegada sobre sí misma, en láminas superpuestas  (tipo Contessa). El material se denominó biografeno en honor al grafeno descubierto al principio del milenio por Noveselov y por Guerin.

Sebastián T. podia activar a voluntad todos los caminos posibles entre casillas y reproducir, con fidelidad, el recuerdo de una imagen, una conversación, lo escrito en la página 136 de un tratado de Microbiología que había leido hacía más de veinte años… Cualquier dato era recuperado al instante; su memoria era infinita.

Estas cualidades no pasaron desapercibidas y, ya en su adolescencia,  Sebastián fue recluido en un laboratorio de investigación experimental de alto secreto. Los científicos soñaban con crear un ejército de notarios de la historia: seres dedicados a la recopilación de todas los hechos históricos, todos los conocimientos científicos, todas las manifestaciones del arte. Todo ello recogido en un soporte biológico sin límite.

Para probar la continuidad de esta anomalía, se le extrajo esperma y, mediante una fecundación in vitro (no le dieron ni el gusto de utilizar los medios naturales de fecundación),  se llegó a crear una nueva generación de hijos de Sebastián T. Curiosamente, ninguno de ellos nació con el cerebro de biografeno. 

Sebastián T. era realmente un caso único, pero saberlo no lo hacía feliz. No podía cerrar las celdas de los malos recuerdos, ni evitar caminos de pensamientos y acontecimientos que, revividos, le producían auténticos ataques de pánico.

Sebastián T. alcanzó la edad de los cien años. Su cerebro había acumulado toda su vida, desde el alumbramiento hasta el momento justo antes de soplar el cirio encendido en la tarta de su centenario. ¡Viejo, cierra los ojos y piensa en un deseo! Sebastián deseó que la muerte se lo llevara en ese mismo instante.

En aquella época ya se sabía que, como parte del proceso de morir, pasamos por un túnel en el que al final aparece una luz cuyo signficado nadie conoce: podía ser Dios, la revelación del sentido de la vida, una novia despechada que espera a ver tu final, la bombilla de una nevera mal cerrada, ¡quién sabe! Durante el trayecto, las imagenes de nuestra vida pasan delante de nosotros como en una película. Esta película dura lo que uno puede recordar y no suele pasar de unos minutos o unas pocas horas. Pero, para Sebastián T., suponía liberar todas las celdas de su cerebro de biografeno, por lo que el viaje duró exactamente cien años, todo lo que recordaba y mantenía acumulado. Cuando llegó al final del tunel, la luz se había apagado  (¡ni las pilas del cielo duran cien años!). Sebastián T. solo encontró oscuridad y silencio, la nada, y un cerebro totalmente descargado. Tuvo que esperar a entrar en una nueva caverna uterina, y vuelta a empezar. 

Sebastián T. es infinito, pero no lo sabe; solo es consciente de lo vivido en su última vida, hasta llegar a los cien años,  cuando se resetea.  Pobre hombre.