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El armario | Iñaki Rangil

El armario | Iñaki Rangil

El ambiente lo notaba denso, quizá lo habían enrarecido los sucesos acaecidos no hacía tanto. Todavía latentes en la memoria de todos, de forma muy especial en la nuestra como protagonistas involuntarios de las recientes portadas de no pocos rotativos. Menos mal  que esas noticias se han trasladado a otras páginas más discretas. A mí, me resultaba casi  imposible salir de casa sin ser señalado. Muchos lo hacían de manera velada, pero siempre  había algún intrépido con descaro. 

Total, es imposible regresar al pasado y rectificar. O, mejor no, no me arrepiento de nada,  no hicimos nada. Me conformaría con modificar algún que otro escenario. Por lo demás,  ni fui quien desató los truenos, ni abrí la caja de Pandora. La loca se fue. En resumen, eso  era lo que buscábamos, ¡qué más da los medios utilizados! ¿Ahora le vamos a hacer ascos 

al agua que viene del cielo? 

En fin, hace tres meses nos hicimos con un armario adquirido a través de un anticuario.  Cuando nos lo trajeron a casa, al atardecer, tenía las puertas cerradas. No descubrimos ninguna llave ni escondida, ni mucho menos a la vista. Al principio llegué a pensar que  se trataba de algún desajuste por el traslado, pero, tras un breve lapso de observación, llegamos a la conclusión de que las cerraduras cumplían muy bien su función. En  definitiva, a primera hora de la mañana siguiente me presenté en la tienda de  antigüedades. 

—Disculpe, ese mueble nunca tuvo llave, sus cierres siempre estuvieron abiertos —me  dijo con extrañeza el encargado—. Así nos llegó hace dos meses tras comprárselo a su  dueña. 

El anticuario, muy amable, la llamó para ponernos en contacto con ella. Al siguiente día  se presentó en casa. Ni que decir tiene, trajo consigo la pieza para abrir las cerraduras.  Hasta entonces, todo parecía llevar su curso normal, exceptuando la salvedad que nos  había llevado hasta ese punto. A partir de aquel instante, todo se asemeja a un mal sueño.  Una pesadilla de manual.  

—Este abridor nunca lo vendí, solo el armario. Si desean abrirlo, me avisan, vengo. Lo  abro. Después, lo cierro y nos vamos de nuevo la llave y yo —nos soltó como si tal cosa la trastornada aquella. 

Abrió, mostró su interior, tal como lo vimos expuesto en el comercio de antigüedades  antes de comprarlo. Muy cuidados todos los detalles. Con un gran espejo incrustado en 

Iñaki Rangil — EL ARMARIO — RETO 257-3 PALABRAS 

una de las hojas centrales por dentro. De seguido, lo volvió a cerrar en base a no sé qué  dragones o fantasmas. Con las mismas, se fue por donde vino. Laura y yo nos  pellizcábamos para asegurarnos de estar viviendo aquel episodio de verdad. 

—Cariño, cambio las cerraduras y se acabó el problema —fue mi aporte a la solución.  

Ella no lo tenía tan claro. Igual que yo nada más que me enfrenté a aquella tarea. No sabía  cómo diantres las habían incrustado. No había manera de soltarlas sin romper los paneles.  Al amanecer, al fijarnos por debajo, el suelo estaba cubierto de ceniza. Sin terminar de  barrerla, ya caía de nuevo. Tuvimos que volver a llamar a aquella pirada. 

—El dragón está enfurecido y lo quema todo. Es la ceniza —dio como explicación.  

Abrió la puerta. El vidrio reflectante quemaba, todo estaba lleno de ceniza. Lo dejamos  como la patena. Le hicimos que se replantease dar, dejar o vendernos la susodicha pieza. La misma evasiva como respuesta y lo mismo que la vez anterior, la llave con la dueña  se despidieron después de asegurar las puertas. Más tarde, regresó proponiéndonos pasar  ella la noche dentro del mueble. Argumentó que apaciguaría al dragón para que dejase de aparecer más ceniza. 

A aquellas alturas, como si se lo llevaba a cuestas, con el espejo, el dragón… Al día  siguiente, abrimos la puerta, no había ceniza por ningún sitio, la luna estaba opaca y de  la loca no había ni rastro. Por cierto, la cerradura mantenía su útil de apertura. Se investigó la desaparición. Primero, nos tildaron de asesinos. Después, debieron considerar que ella  se había esfumado voluntariamente. ¡Cómo si fue a por tabaco! Devolvimos a la tienda el armario, con espejo, también con la llave, pero sin ceniza.

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