El amor de una madre

Pedro Muelas

Miré el reloj del móvil; si el ensayo de la coreografía iba bien, podía llegar a tiempo a recoger a mi madre a la estación de autobuses. El director nos llamó desde el escenario del teatro para continuar donde lo habíamos dejado. Me estaba levantando cuando escuché su voz.

—¡Milagros! —Era la voz de mi madre, que venía andando por el pasillo central del patio de butacas—. Niña, que he llegado antes. 

—Debiste avisarme; para eso te compré el móvil —dije dándole dos besos.

—Sí, sí, hija el viaje bien. No sabía yo que Barcelona estaba tan lejos.

—Pero ¿quién es esta señora tan guapa? —preguntó el director, que se había acercado a nosotras.

—Soy Enriqueta, la madre de Milagros.

—Uy, ¿pero no decías que te llamabas Candy?

—Sí, hijo, sí. Candy era la perra; anda, que no era buena ni na.

—¿Por qué no me esperas en el bar de la esquina? —le dije un poco tensa.

—¡Ay, hija, que sosa eres! —intervino el director de escena—. Señora, véngase conmigo y vemos juntos el ensayo, que ya estamos terminando.

Cuando fui a hablar, ya iba camino de la primera fila de butacas del brazo de mi jefe. No podía ir a peor. Me puse en mi marca sobre el escenario; la música empezó a sonar. Me zambullí en el ritmo; el mundo a mi alrededor se redujo al escenario y a los otros bailarines. En uno de los giros, miré al director. Mi madre tenía un objeto entre las manos; casi podía olerlo: un táper de berenjenas del pueblo.

Me desconcentré; me salí del ritmo. Hice que los demás se equivocaran, y la música paró. El director nos dijo que ya habíamos ensayado bastante y que continuaríamos el próximo día. Fui a cambiarme enfadada conmigo misma. Al principio me sorprendió que nadie más fuera a los vestuarios. Cuando regresé, mi madre estaba hablando con mis compañeros. Era una pesadilla; había llevado fotos.

—Sí, y esta es la Milagros con las cabras.

—Mamá, será mejor que vayamos al apartamento a descansar.

—No, hija, ya he ido al baño en la estación de autobuses. Vamos a ver la playa, que la carnicera dice que es muy bonita.

—¿¡Por qué tienes que ser tan paleta!?

Mi madre me miró con gesto triste. Los otros compañeros dejaron las fotos en una butaca cercana y se alejaron en silencio en dirección al vestuario.

—Yo no quería avergonzarte.

—Pues lo has conseguido —le contesté con tono de reproche—. Vamos al apartamento.

El trayecto en taxi lo hicimos en silencio. Cuando llegamos, se sentó en el sofá y sacó una foto. En esta aparecíamos mi padre, mi madre y yo construyendo un castillo de arena. Recordaba ese día; la playa estaba a rebasar de turistas. Fue la última foto que nos tomamos juntos. 

—Tu padre y yo intentamos tantos años tenerte que, cuando ocurrió, ya éramos mayores. No podíamos creerlo —dijo mi madre sin mirarme—; eras nuestro milagro. Cuando tu padre faltó, me pediste ir a las clases de baile. Yo me saqué el carné de conducir solo para llevarte todas las semanas a la academia. A veces olvido que esta es tu vida, la ciudad, gente moderna. Mañana me vuelvo al pueblo; no quiero que nadie se ría de ti por mi culpa.

—No digas eso —le contesté sentándome a su lado—. Fui yo la que te dijo que vinieras a pasar unos días conmigo. Mañana tengo la tarde libre, podemos ir a la playa y te presentaré a mis amigos.

Nos abrazamos; estaba muy contenta de que mi madre estuviera allí. La ayudé a instalarse y cenamos juntas. Estaba recogiendo la cocina cuando mi madre se empeñó en guardarme la ropa limpia en el armario. Entonces, salió del dormitorio con un objeto en la mano.

—Hija, tienes un masajeador como la Casimira.

—No sé lo que tiene la Casimira, pero eso no es un masajeador. Es de uso íntimo; es personal, mamá.

—Hija, no te entiendo.

Me llevé la mano a la cara; iba a ser un mes muy largo…