Roy Carvajal

Doscientos

El viejo daba golpecitos al tejado con el bastón. Un gato negro con la cola erizada, bajó la tapia arañando la jacaranda. Los maullidos le ablandaban el corazón. Le acercaba trocitos de pan. Migajas era lo que recibía, pues el viejo guardaba en el banco hasta el último centavo de su pensión. Lo miraba comer. Prendía un cigarrillo y fumaba hasta pisarlo en el césped antes de entrar a la casa con el gato.

Don Lelo dedicaba su tiempo a chats de citas. Sus amigas virtuales eran una o dos señoras de su edad. La selfie del perfil mostraba vestigios de cabello gris en las sienes y una calva coronaba su frente arrugada. Los anteojos fotosensibles salieron oscurecidos. La boca desdentada emulaba una sonrisa lamentable. Su internet era lentísima y se le apagaba el PC. Se quejaba, maldecía al cielo… pero no soltaba billete para invertir en otro ordenador. Pedía con desdén al cielo que su soledad terminase.

Chisporroteos. Tufillo a hule. El cable Ethernet fundido. Alzó al gato y se lo puso en el regazo. Le pasó la mano desde la cabeza hasta la punta de la cola, que se irguió como antena. Ronroneaba. Electricidad estática. Le haló los bigotes y el Windows reinició con su sonido característico.

—Ya se arregló. ¿Viste, Micifuz? No hace falta otra. ¡Esta enciende!



Los del cielo miraban al avaro. Pasaba los ochenta y faltaban años para reclamar su alma. Decidieron enviarle un angelillo, quizá por compasión, o para acabar con aquellos ruegos quejumbrosos.

Las alas del angelillo reaparecieron impresas como logotipo en una gorra celeste. Se la embutió en sus rizos. Un resplandor emanó de su túnica y se transformó en un overol azul eléctrico. Flotando entre nubes, descendió hasta la casa. Su cuerpo etéreo atravesó la puerta del jardín.

—¿Es usted don Lelo? Me envían para hacerle un upgrade a su conexión.

El viejo chateaba y se sobresaltó. Se tocó el brazo izquierdo. Taquicardia. Volteó a ver al aparecido.

—¡Aaah!… soy yo, pero… ¿quién es usted? ¿Cómo demonios entró aquí? ¿Es de la compañía de luz?  

«Este quejicas pregunta demasiado» pensó el angelillo.

—Espere, ya entiendo… a fin de mes retiraré mi cheque. Les pagaré, lo juro… ¡no me desconecten!

—¿Compañía de luz? Jaaa, jaa —y tomó su lugar halándolo por el codo. Lo apartó de un manazo. El viejo se apoyó en su bastón. Salió al jardín a fumarse un cigarrillo mientras le reparaba el PC

«A como sea gratis, me vale un comino» pensó, dando una bocanada. 

El técnico no portaba dispositivos de medición ni alicates. Chequeaba la velocidad de internet en el monitor. Subía con una lentitud agónica: 2 Mbps… 3 Mbps…

Dos y tres gatos bajaron al jardín. Conforme subía la velocidad, bajaban otros, saltando por la jacaranda.

Al viejo le agradó verlos. A una gata de manchas de colores la llamó Campanita, pues traía un collar. Al otro, Garfield, por su pelaje anaranjado. Al tercero, Manchitas. 

Chocolate… Michi… Pelusa… Rayitas… Simba…

32 Mbps… 46 Mbps… Los gatos bajaban con sus colas erguidas como antenas. El viejo regresó a la casa dando un portazo. El técnico angelillo hipnotizaba el monitor: 78 Mbps… setenta y ocho gatos entraron por las ventanas, la ventila del sótano y el desván. 199 Mbps… rompieron sillones y cortinas. Pelearon. Emigraron sus pulgas. Se lamieron el trasero. Vomitaron pelo. Hicieron la siesta sobre el monitor. Marcaron territorio en la cama a vista y paciencia de don Lelo.

—¡Ya está! —gritó el angelillo saliendo de su trance, entre cientos de maullidos y mierda de gato. En seguida sacó una factura del bolsillo de su overol, tan larga como un rollo de papel higiénico.

—Debe ir al banco a pagar. Cuando lo haga, los gatos antena regresarán a los tejados y su internet correrá veloz. Se desvaneció agitando la gorra con su mano.

—¡Es un abuso! —dijo mirando el precio exorbitante, sin incluir los impuestos. 

Rompió la factura y maldijo al cielo. Se arrancó los pelos de las sienes. Haló los cables con todas sus fuerzas. El ordenador sacó chispas. Circuitos por un lado, carcasa por el otro. Los vidrios del monitor estallaron en el piso.

Don Lelo decidió compartir su casa con doscientos gatos. Hace un año que no quiere conocer señoras ni tomarse selfies. En el cielo deben de estar satisfechos por el trabajo del angelillo.