Distintas miradas | LeMo
No es la primera vez que viene a la tienda; ya me he fijado en su mirada perdida… cándida… triste. Nunca está sola: siempre aparece con ese hombre, que debe de tener como treinta años más. Cuando empuja el carro la toma firmemente del brazo. Siento pena por ella… hoy ha venido con gafas de sol, a pesar de que llueve afuera. Puedo observar una marca de color carmín cerca de su pómulo derecho (lo que las gafas no cubren). Mi corazón bombea rabia al comprender la situación. Cuando empecé en este lugar, lo hice por necesidad. No soy guardia jurado de vocación: soy carpintero, pero de ello ya no se come. No he recibido ninguna formación en cómo reaccionar ante estos casos; mi instinto me pide coger a ese tipejo por el hombro y darle una buena ostia, en el medio de su faz, para que sepa lo que es recibir de su propia cosecha. Decido seguirlos en la distancia, una distancia prudente que permite, a la vez, escuchar su conversación y no ser desenmascarado… “Tampoco tengo pruebas de un maltrato como tal”, pienso.
Entre pasillo y pasillo, puedo ver lo que va metiendo en el carro (cuerdas, cinta aislante, pala para cavar…), pero no consigo oír lo que le dice: le susurra cosas al oído, y ella contesta con monosílabos. No puedo más; si los dejo salir de aquí, no me lo perdonaré jamás… su compra está gritando sepultura.
***
Este chaval siempre se queda mirando a mi hija ensimismado, y ahora nos persigue por los pasillos… se cree que no me he dado cuenta… hoy no disimula e insiste con su mirada. Menos mal que ella no se ha percatado… nunca lo hace… Odio esas miradas curiosas de los que se creen invisibles: por eso le he dicho que se pusiera las gafas de sol. Ayer se tropezó en casa y se dio con el canto de la puerta en la ceja. Ahora tiene un cardenal que le baja hasta la mejilla; se van a pensar que la maltrato (lo que me faltaba). Desde que nos mudamos, algunos han insinuado que es mi mujer… tengo que aguantar preguntas incómodas, sin sustancia, de gente sin vergüenza: “¿Cuántos años os lleváis?, ¿dónde la conociste?, ¡qué suerte, una veinteañera…!”.
Nos mudamos para empezar una nueva vida. Desde el accidente (en el que mi mujer falleció y mi hija perdió la vista), hemos tenido que reinventarnos y vinimos a este pueblito, donde las casas son baratas y, además, tienen jardín. Hoy hemos venido aquí, como cada sábado, para seguir arreglando la casa. Nos apetecía plantar un árbol en la memoria de Carmen, y me faltaban los utensilios necesarios.
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