Iñaki Rangil

¡DIOS SANTO!

Me encuentro en un estado desesperado. Esta locura me ha llevado a pedir socorro, ¿qué otra cosa podía hacer? No es fácil subir, el esfuerzo es inmenso, amén de las preparaciones y sinsabores que debes padecer. Pasar de la gloria al olvido, solo está a un paso. Para eso no es preciso ningún quebranto, más bien lo contrario, la dejadez es suficiente para encontrarte en lo más hondo. Una vez llegado al sitio que te corresponde por tu lucha, mantenerse en él requiere un aporte extra de pelea, de otro modo, enseguida caemos en desidia obligándonos a regresar al punto de partida.

Es cierto que encumbrarnos exige una gran motivación para impulsarnos, ¿en qué no? Dar un paso hacia arriba nos muestra el nivel de ambición de cada cual, muy proporcional al aliciente. Yo creo haber alcanzado mi cota más alta. De ahí mi temor, exigirse demasiado genera frustración en nuestras expectativas. Ahora no me atrevo a contárselo a mi amadísima esposa. Siento en lo más profundo de mí ser que soy un fraude. Ella espera mucho de mí, yo, sin embargo, he acabado mi repertorio. De ahí mi anuncio en el periódico solicitando sugerencias. A día de hoy, todavía no he obtenido respuesta. Lo peor es que el plazo va menguando a pasos de gigante. No veo una clara salida.

Pese a la risa de mis amigos, se lo he comentado. Imaginaos hasta dónde llega mi tormento. A uno se le ha ocurrido darme dos pastillitas. Va y me suelta eso de “mano de santo”. Pero ese, ¿qué se cree? Todo lo reduce a una simple botica. ¡Que no, hombre! Mi ansiedad crece y lo soluciona con una minúscula masa de polvo compactado. Se lo hago saber. Risas por respuesta, que esté tranquilo, son de la última generación y su resultado está garantizado. ¿Garantizado para qué? ¿Me va a tranquilizar lo suficiente para olvidarme? ¿Me va a proporcionar una fuente de recursos nuevos? Dice que tome una un rato antes y que deje actuar. No sé yo, muy desesperado me tengo que ver.

—Cariñito, te recuerdo que hoy tenemos una cita —me aparece en el WhatsApp del móvil ese mensaje de mi mujer. No puedo evitar que me tiemblen las canillas. Sé a qué se refiere. Para empezar, mi fin. Después, mi desenmascaramiento y el ostracismo. Vamos, mi declive.

Ahora me veo morder el polvo, protagonista involuntario de la canción de Queen. Sin embargo, dos días atrás llegué a la cumbre. Nada, si hay que pasar por esas dichosas pastillitas… ¡ea pues! Todo sea por mantener el éxito. Mi mujer espera mucho de mí y no quiero defraudarla.

Cuando llego a casa, me tranquilizo, la luz está apagada. Todavía no ha llegado. ¿Qué es eso? Oigo una música muy suave salir de mi habitación. Ahora ya no hay marcha atrás. Yo sigo esperando el mágico efecto de la botica. Mientras tanto avanzo, nada silente, hacia mi destino. Tras la puerta me encuentro esperando a mi media costillita.

—¿Qué haces? —me atrevo a aventurar la pregunta, cuando de sobra sé la respuesta. Solo hay que verla, vestida con una falda poco más ancha que un cinturón, parte de los ligueros le asoman para sujetar esas largas medias de malla. Por encima de la falda, nada, hasta un mini top que le tapa lo justo el pecho, se entrevé un sostén de encaje. Rematando unas coletas a lo Pipi Calzaslargas. Por añadidura, la postura tampoco deja dudas, tumbada cual maja de Goya.

—Ya ves, esperando la ración. El último día me generaste tales expectativas que me ha costado mucho esperar hasta hoy.

Mientras tanto, no sé si es el efecto correcto, pero, o sí, o es lo que veo delante. Mi entrepierna comienza a pedir sitio dentro de los pantalones. A duras penas el cinturón puede mantener a raya al animal que surge de esas profundidades. Mi colega tenía razón al indicar que eran de última generación. Hasta ahora no me habían hecho falta, pero, a las anteriores, les costaría obtener el mismo resultado. No sé si mañana me caeré como el de las alas que voló hasta el sol, pero, hoy, no solo llego hasta él… lo atravieso.