Destino a Vietnam

Tamara Acosta

Aquel día, a las cinco de la tarde, Madeleine se acercó al cuarto del bebé. Hacía un rato que no lo escuchaba llorar, y eso le despertó cierta inquietud. Cuando se asomó, tardó unos segundos en ser consciente de que la cuna estaba vacía. Sintió que iba a desmayarse, pero hizo un esfuerzo sobrenatural por llegar hasta el teléfono y llamar a su marido.

Al descolgar el teléfono Santiago escuchó la desesperación de Madeleine, que le contó lo ocurrido. Se lamentó. Maldita la hora en la que había decidido hacer “negocios” con Pablo. Se dejó impresionar por su traje caro, su Rolex, su Ferrari y, en definitiva, su estatus social. El sueldo de Santiago como Juez de lo Penal era muy elevado, pero no podía compararse con el sueldo de un político importante, y menos si se trataba de un político corrupto. Su peor defecto siempre había sido la codicia y, en el fondo, sabía que esa acabaría siendo su perdición. Desde el primer momento le pareció bien el acuerdo que Pablo le había ofrecido. Solicitaba un trato de favor por su parte a cambio de cantidades de dinero desorbitadas. En resumidas cuentas, si hacía la vista gorda sobre algunos asuntos y era “flexible” con las condenas por las que pudieran verse afectados en el futuro Pablo, o cualquiera de su partido político, Santiago se forraba. Además de su avaricia, se movía por el deseo de satisfacer a su querida mujer y a su hijo recién llegado al mundo. Quería darles la mejor vida posible. Al principio fue capaz de soportarlo: nunca había sido una de esas personas llenas de valores y principios, por lo que no le costaba ningún esfuerzo dejar en libertad a políticos que robaban y extorsionaban. No le parecía algo grave. Sin embargo, lo de aquella noche fue demasiado: había límites que no se podían cruzar ni por todo el oro del mundo. La noche en cuestión, cuando sonó el móvil a las cinco de la mañana y vio el nombre de Pablo en la pantalla, supo que nada bueno le esperaba.

—Santiago, tienes que ayudarme. Se me ha ido de las manos. Me ha entrado el pánico y he salido corriendo dejando mi ADN por todas partes. En el hotel tienen mi  nombre y hay un montón de testigos que me vieron en el bar con ella.

—¿De qué me estás hablando?

—Mañana te enterarás de todo; yo no quería hacerle daño: fue un accidente. No puedes dejar que me condenen por la cuenta que te trae.

Pablo le colgó el teléfono, y el juez se quedó estupefacto. El niño lloraba en la cuna, y su mujer se quejaba por las horas. ¿Cómo había llegado hasta ese punto? Y lo más importante: ¿qué había hecho ahora ese desgraciado?

En efecto, a la mañana siguiente, se enteró de que había aparecido el cadáver de una prostituta asfixiada en una habitación de hotel. Principal sospechoso: Pablo Segura. Ni siquiera se sorprendió: una persona como él, que se creía Dios, era capaz de cualquier cosa por sentirse poderoso. Pero esta vez no podía hacer la vista gorda. Santiago era un juez que aceptaba sobornos, pero no era un cómplice de homicidio. No podía cargar sobre su conciencia un asesinato. Si no lo ayudaba, se le cerraría el grifo, pero ya encontraría algún otro político desesperado por librarse de las consecuencias de sus inmoralidades. Se vendería al mejor postor.

 

La primera llamada que Pablo hizo desde la cárcel fue a Candela, su secretaria.

—Candela, ya sabes lo que tienes que hacer. Lo que hablamos aquella mañana.

—¿Y mi dinero?

—Si cumples con el plan, el millón de euros será todo tuyo, prometido.

Pablo no podía consentir que Santiago se fuera de rositas después de la jugada que le había hecho. Se merecía un buen castigo y quería llevarlo a la ruina familiar y económica. Le había fallado cuando más lo necesitaba, y no le había creído al decirle que solo había sido un pequeño accidente.

Después de haber recibido la llamada de Pablo, Candela pensó en que no le gustaba la idea de que lo que estuviese en juego fuese un bebé, pero le tranquilizaba saber que solo iban a ser dos días y que ella se iba a encargar de cuidarlo bien. Había sido la secretaria de Pablo durante más de veinte años, pero también su socia en negocios más turbios. El plan era darle un buen susto al juez y de paso arruinarlo. Se lo merecía por no haber cumplido con su parte del acuerdo. Después de unos días sin saber dónde estaba su hijo, Santiago recibiría una llamada, y ella misma haría el intercambio. Su hijo a cambio de un millón de euros.

Cuando otro socio de Pablo secuestró y llevó el bebé a casa de Candela, ella lo cogió en brazos, y su corazón dio un vuelco. Fue un flechazo. Siempre le había interesado el dinero: amasarlo de forma legal o ilegal… tanto le daba. El único deseo que superaba su obsesión de ser millonaria era el de ser madre. Pero la vida no se lo había puesto fácil y ahora, con cuarenta y cinco años, ya había perdido toda esperanza.

 

Al colgar el teléfono, justo después de que Madeleine le dijo que su hijo había desaparecido, Santiago no dejó que el pánico se apoderara de él. Se paró a pensar y adivinó al momento que era cosa de Pablo. Pablo tenía muchos contactos y mucha gente que lo idolatraba, a él o a su dinero, mejor dicho. Así que no se asustó. Sabía que se trataba de una venganza. Un ajuste de cuentas en toda regla. Salió del despacho camino a casa y habló con Madeleine. Le explicó la situación. Sabía que seguramente eso le costaría el divorcio, pero no podía permitir que su mujer llamase a la policía. Bajo ningún concepto podía salir a la luz todo ese entramado. El secreto del poder consiste en ser capaz de mantener la sangre fría. La convenció de que esperasen pacientemente noticias de Pablo. Fueron dos días difíciles, pero como él ya suponía, acabaron citándolo en un descampado y le exigieron llevar consigo un millón de euros. Lo que más le dolió fue tener que desembolsar tal cantidad de dinero: lo suyo le costaba ganarlo. Sin embargo, le consolaba la idea de que siempre habría políticos dispuestos a sobornarlo y podría recuperar lo perdido.

Aquello con lo que Santiago no contaba era lo que sucedió el día de la entrega. Nadie apareció. Estaba en el lugar y hora indicados, y no pasó nada. Eso lo descolocó. Concertó una visita a la cárcel ese mismo día para pedir explicaciones y,  para su sorpresa, Pablo estaba tan desconcertado como él.

 

—Señora, tiene usted un bebé precioso.

La azafata sonreía mientras observaba al precioso niño que la pasajera sostenía en sus brazos. Candela se sentía emocionada; quería dejar atrás toda una vida de ilegalidades y comenzar una mejor, llena de un amor con el que poder redimirse. Había encontrado una nueva ilusión que la llenaba de felicidad y por primera vez sentía que le importaba alguien mucho más que el dinero y el poder. Abrazó a su pequeño mientras escuchaba una voz lejana:

Buenas tardes señores pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo con destino a Vietnam…