Después de que murió papá

Ramiro de Dios

Mi papá fue mi héroe; mis recuerdos más vívidos de él son de cuando me llevaba a los concursos de oratoria del pueblo. Mi padre sabía que yo era un pelmazo con tintes de tartamudez y que a mis doce años de edad aún mojaba la cama, pero eso no le importaba. Él estuvo ahí para mí; siempre me daba ánimos y me convencía de que tenía oportunidad de ganar. Por eso lo admiraba. 

 

El año pasado, mi padre murió; un paro cardiaco le arrebató el aliento y, como si fuera poco, ese mismo año encontré a mi esposa en la cama con mi mejor amigo, perdí mi empleo en el Ayuntamiento, y mi perro se escapó. A la fecha sigo sin padre, sin esposa, sin trabajo y sin perro.

 

El año pasado fue desgarrador; para cuando murió papá, yo ya lo había perdido todo, así que asistí a su funeral absolutamente destrozado y absorto. Lloré más que mi madre y mis dos hermanos juntos.  Le lloraba a él y me lloraba a mí; sentía que mi vida se iba por la coladera conforme el ataúd descendía en la tierra. ¿Qué haría sin papá?, él había estado en las buenas y, sobre todo, en las malas. Ahora que ya no está, no he sabido afrontar los infortunios del destino; ya no tengo a mi padre para consolarme. 

 

El funeral de papá me marcó; la experiencia fue brutal: pérdida de equilibrio, ronroneo en los tímpanos provocado por la gesta de llantos, pecho helado, falta de oxígeno, mareos, cánticos preludios al entierro, desvanecimiento de los sentidos, mentadas de madre a Dios y a su embajadora la rezandera, y falta de apetito. 

 

Después del entierro, las sensaciones me persiguieron; las acarreaba en mis sueños, durante la ducha y en los pequeños bocados que mi madre me obligaba a ingerir. A la semana mataron a mi tío: el lugar donde vivo es tierra caliente. Mi tío miró mal al mañoso del pueblo, y ahí concluyó su vida. Asistí al entierro, donde también fui yo el que más lloró, más que mi primo y que su madre. Nadie me respingó porque sabían que me identificaba con el difunto.  

 

Durante el entierro de mi tío, caí en la cuenta de que necesitaba seguir asistiendo a funerales para continuar llorando mi desgracia, así que desde ese entonces comencé a buscar en el periódico a los muertos del pueblo.  Era un pueblo chico; me era bastante fácil hacerme pasar como conocido de los difuntos durante los entierros. Con el tiempo la gente del pueblo se acostumbró a verme llorándole a todo el mundo; algunos me compadecían, otros me criticaban y veían mi acto como burla pero, gracias a mi presencia zombificada, nunca se me prohibió la entrada al cementerio. 

 

En el pueblo mataban gente a menudo, lo que me permitió asistir a doscientos seis entierros de corrido, doscientos seis días de lloriqueo y perpetuación de mi delirio; la matanza aminoró el día en que el mañoso del pueblo tuvo una revelación de la mismísima Virgencita de Guadalupe. Ese día decretó que quien se atreviese a matar sería ejecutado por orden divina. 

 

Hace una semana que no ha muerto nadie; pareciese que vivimos en el libro Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, solo que en este pueblo pichurriento nadie se preocupa, ni se alborota.

 

Desde que no asisto a funerales, me he sentido desorbitado, ansioso, preocupado y con la garganta y con los ojos secos. Me había acostumbrado a llorar y, ahora que no hay a quien llorarle, me advierto desarraigado. Dicen que se requiere de veintiún días  para desarrollar un hábito; yo rebasé por creces esa cifra: me declaro adicto a la desgracia. 

 

No he podido dormir en estos días; la cabeza me explota. Necesito forzosamente asistir a un funeral, ver a la gente llorar, el desconsuelo, la pérdida de piso; me urge revivir la pena, tengo que hacer algo o, de lo contrario, esta ansiedad me robará el aliento. 

 

Hoy el día amaneció lindo; me pongo mi mejor traje negro. Me preparo para ir al funeral de mi exesposa; anoche la acuchillaron en innumerables ocasiones. Afuera se escuchan las hordas con machetes buscando al responsable. Hoy tendré que llorar como nunca.