Descanse en paz | Sergio Llamas
Todo ha cambiado. El mundo se ha vuelto de plata, la gente desprende calor y sobre los rostros que me rodean brilla ahora una aureola dorada. Lo veo en la mujer que sostiene mi mano. Sus rasgos se desenfocan, la piel se le aclara. Sobre ella crece una capa de escarcha que la otorga una imagen seráfica. Transmite la serenidad que cobija la vida.
Es una desconocida, pero sus manos todavía sostienen la mía. Un hombre uniformado a su lado le dice que no con la cabeza. Ella me mira y comprende. Suelta mis dedos que ahora reposan sobre un charco de sangre, mi sangre, en el asfalto.
La paz de la vida me rodea. Estoy en un cruce, al lado de un parque. Siento que puedo ver, pero que no lo hago a través de mis ojos. Soy una figura que flota sobre mi cuerpo, ahora convertido en despojo. Parezco las agujas de un reloj. Mi tronco marca las doce. Las piernas quebradas apuntan a menos cuarto.
El baile de luces que despide el coche de policía arranca sombras a mi alrededor. Veo las huellas de caucho y rozaduras que mi moto ha dibujado en el asfalto. Parece un río macabro que desemboca en un amasijo de hierros clavados como puñales sobre la corteza de un árbol. En algún punto de su cauce, yo he debido salir volando.
Alguien viene con una manta. Sus zapatos crujen al pisar los trozos de cristales espolvoreados por el suelo. Va arrojarla sobre mí y ya casi siento su calor de mortaja envolviendo mis restos cuando llega volando una ambulancia.
Al frenar sus ruedas trituran el casco que hace un rato tenía colgado del brazo. Rompen un huevo sin yema y saltan pedazos de plástico. Dos tipos salen del vehículo y corren enloquecidos. Me miran. Parecen acelerados. Uno de ellos se agacha y coloca dos dedos sobre mi cuello. Si busca un latido no lo encuentra, pero yo creo percibir el correr de su sangre a través de los dedos enfundados en látex.
Se dan señales entre ellos. Transmiten un nerviosismo que irrumpe la tranquilidad de mi descanso. Uno corre y abre las puertas traseras de la ambulancia. Se adentra en ella y, cuando sale, regresa con un maletín pesado. Piden a todos que se alejen de mí. Quisiera lo contrario, pero obedecen y abren el círculo que forman como si fueran virutas de hierro expulsadas por un imán.
Los enfermeros desnudan mi pecho y colocan dos placas adhesivas sobre mi piel. Cuentan hacia atrás y me dan una descarga. El calor huye del mundo. La plata se tiñe de cobre. La luz de los ángeles se apaga.
—¡Otra, dale! —son voces lejanas. Parecen el eco de un barco naufragando en la niebla.
Noto una nueva sacudida.
Mi anatomía inmóvil se estremece. La sensación dura un segundo, pero es como un escalofrío que electrificara mis músculos. Vuelve la parálisis. El túnel se cierra.
—¡Una más!
De nuevo la electricidad atraviesa mis huesos. Me sacude el dolor por todas partes. La calidez se ha ido y ahora estoy tirado entre trozos de vidrio y miembros quebrados. Mi espíritu era un pájaro libre que ha sido enjaulado en una prisión de carne.
—¡Lo tenemos! —se felicitan mientras mis pulmones escupen sangre buscando un aire que hasta hace un momento ni siquiera necesitaban.
La gente aplaude. La mujer que sujetaba mi mano rompe a llorar de emoción. Todos celebran mi vuelta a la vida.
De repente soy el invitado a una fiesta sorpresa. La gente se acerca de nuevo pero solo para dar palmadas en la espalda a los dos sanitarios que inflan sus pechos como gallos de corral. Sonríen y dan las gracias, pero no se detienen. Bajan una camilla de la ambulancia y suben mi esqueleto encima. Al moverme siento llegar el dolor desde todas las extremidades. Es un torrente de agonía que fluye hasta chocar contra la presa que se alza junto a mi cadera quebrada.
Arrancan, encienden las sirenas y me zarandeo de lado a lado. Supongo que en algún momento, de camino al hospital, alguien descubrirá la nota de suicido que llevo guardada en el bolsillo.
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